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Relatos, historias de warhammer 40,000



ZHEFON I

Una figura encapuchada caminaba por las mugrientas calles de Armeras, su paso era lento y pausado, como si se distrajese con todo lo que veía. Una rata de doble cola chilló al pasar el extraño por una alcantarilla de la que se desprendía un olor a desecho insoportable. El extraño llegó a un viejo edificio abandonado; medía casi trescientos metros de altura, poco en comparación con los demás edificios que conseguían comunicar el cielo con la tierra. Subió unas polvorientas escaleras hasta llegar a una habitación destartalada. Abrió su túnica para descubrir su pecho en el que había grabada un águila imperial, ahora se podía adivinar que aquel extraño era en realidad un asesino imperial.

Desató de su pecho la parte principal de un rifle y a continuación montó la culata, la mira y el cañón del rifle de francotirador. Rompió con el codo una ventana y pudo así contemplar una vista estupenda de los suburbios de la ciudad. Al fin consiguió distinguir una gran masa de gente arremolinada en torno a una plaza donde una figura daba un discurso. El asesino observó por su mira y apuntó a la cabeza del individuo. Apretó el gatillo y una bala salió del arma y surcó el cielo, rasgándolo con un sonido muy leve. La bala impactó en la cabeza de aquel pobre infeliz, entre ceja y ceja. “Justo en el blanco” pensó para sí el asesino, pero no había tiempo para felicitarse; rápidamente pulsó un botón en la culata del rifle y lo arrojó al suelo. En dos segundos el rifle implosionó sin hacer ningún ruido. Se puso la capucha y bajó las escaleras de tres en tres sin miedo a que estas se desplomasen.

El pánico y la confusión ya se habían formado en la plaza y la gente huía despavorida para ponerse a cubierto. El asesino se dirigía calle arriba y cuando se aseguró que nadie le observaba, accionó un botón en su muñequera y en un momento, este desapareció en las sombras gracias a un moderno camuflaje diseñado por los mejores artífices del adeptus mecanicus. Había cumplido su misión tal y como esperaba su cliente.

Ese mismo día pero a millones de kilómetros de distancia, un acólito deforme caminaba nerviosamente por los pasillos de un majestuoso castillo. Mientras caminaba, se humedecía con una lengua bífida sus ojos amarillentos de aspecto reptilíneo. Tenía que darle una noticia desagradable a su señor y no estaba seguro de sí se atrevería a dársela, su cabeza podría ponerse en juego. ¿Por qué le mandarían a él darle la noticia a su señor? Con lo a gusto que estaba escrutando en sus libros... Al fin llegó a una gran puerta decorada con la escena de un dragón y un caballero luchando. Un tentáculo púrpura surgió de su túnica y entreabrió la puerta, lo justo para pasar él. En la entrada estaba recostada una pequeña figura; Vandegar, el acompañante y asistente de Zhefon, su más eterno compañero.

Este hojeaba un antiguo tomo y cuando el acólito se fijó en él, le pareció observar que la cubierta del libro estaba hecha con piel humana cosida. La sala estaba iluminada gracias a la cúpula de cristal que coronaba la estancia; la luz rojiza del cielo entraba por ella y en el instante en el que el acólito dirigió su mirada hacia la cúpula, observó como una criatura alada sobrevolaba el castillo llevando en su pico los despojos de lo que debía ser algún infeliz. Súbitamente, el acólito se detuvo ya que sabía que si traspasaba el sello que había ante una gran estancia redonda parecida a una arena de combate, recibiría una descarga mortal y al momento empezaría a arder; la primera advertencia que daba su señor a todos sus súbditos. Entonces esperó.

Una silueta enorme aguardaba inmóvil en medio de la habitación, dándole la espalda al acólito. Permanecía en silencio e inmóvil, como si estuviese meditando. De repente, nueve horrores surgieron alrededor del círculo mágico. Entonces su maestro desenfundó rápidamente su espada mágica Asthil. A pesar de que llevaba una armadura de exterminador, se desenvolvía con gran presteza; éste se giró para encarar a uno de los demonios y el acólito pudo apreciar su rostro. Llevaba una cinta alrededor de sus dos ojos pero un tercero que tenía en la frente lo observaba todo. El guerrero cargó contra el demonio, éste pretendió esquivar el ataque pero su intento fracasó, la espada le había partido por la mitad. Pero lo que todavía no sabía el acólito, debido a su estancia constante en la biblioteca y el nunca haber presenciado una batalla, era que el demonio se podía regenerar con suma facilidad dando lugar a una réplica de sí mismo. El guerrero pegó una patada a uno de ellos y salió despedido hacia el acólito.

Cuando abrió los ojos, el mutante observó que el demonio se había detenido a pocos centímetros de él y estaba empezando a consumirse en el fuego mágico de la barrera. La espada de su maestro silbaba cada vez que su portador la movía a diestro y siniestro para acabar con los demonios. Después de un corto período de tiempo, el guerrero se vio rodeado por una veintena de demonios que ansiaban su carne. El acólito ya no se podía contener más, quería traspasar el muro y dar la vida por su maestro pero en esa situación desgraciadamente, era imposible. Su maestro respiró profundamente y se concentró. Justo cuando todos los demonios se disponían a acabar con él, el cuerpo del guerrero desprendió tal cantidad de energía disforme que los demonios se desintegraron.

Por suerte para el monje y Vandegar, el muro mágico había anulado el hechizo al tocar sus paredes invisibles. El guerrero enfundó su espada y por fin miró al acólito con su ojo mágico. A Zhefon siempre le gustaba entrenar con demonios que, gustosamente Tzeentch, enviaba para fortalecer a su mejor hechicero; aunque sus seguidores no aprobaban que arriesgase de esa manera su preciada vida. El acólito tomó aire por su garganta consumida y habló con voz aguda a su amo y señor:

-Señor Zhefon, el político Seramus que teníamos destinado en Armeras ha sido asesinado por un agente imperial.

-Lo sé, lo sé. Me entero mucho antes que tú de cualquier acontecimiento que me concierna; no hace falta que salgas de tu biblioteca para informarme, ahora vete.

-Sí maestro. La gracia de Tzeentch el señor del cambio y de Zhefon el precursor me proteja.

El acólito se alejó de la sala apresuradamente para volver a su refugio entre sus preciados libros. Por esta vez su cabeza estuvo a salvo. Más de un impertinente no había tenido esa suerte.

La perdida de Seramus era un retraso en sus planes. Seramus era un político influyente y al estar bajo la influencia de Tzeentch, sus mentiras se convertían en verdades en la cabeza de la plebe ignorante. Ahora la idea de convertir las almas de la población de Armeras en elixir mágico tendría que esperar hasta que Zhefon consiguiese otro político que convenciese a la población de que el Emperador había muerto y Zhefon era su nuevo dios. Toda la población consagraría su vida a él y se suicidarían en un ritual demoníaco, mucho antes de que la inquisición se pudiese dar cuenta de lo que iba a suceder allí. Por la frente de Zhefon goteaba el sudor y Vandegar se acercó a su maestro con una toalla para que se secase, ahora que Zhefon había desactivado la magia del hechizo protector.

- ¿Cuáles son tus ordenes, maestro?- preguntó Vandegar.

- Prepara al ejercito, manda llamar a los Ancianos y a mi consejo de hechiceros. Despierta al profanador Mortius y manda a todas mis tropas que empiecen a embarcar en el Arcano. Pronto zarparemos.

- Tu ordenas y yo obedezco mi señor.

Cuando Vandegar cruzó la puerta, Zhefon hizo que apareciese de su arena de combate un trono. Este estaba construido con un material parecido al mármol pero que no poseía color definido ya que estaba en continuo cambio. De él surgían y desaparecían cabezas aullantes pero que no producían sonido alguno. El trono estaba culminado por un ojo de cristal flotante en cuyo interior un fuego verde-azulado ardía sin consumirse. Zhefon se sentó en él y cerró su ojo mágico.

Después de un tiempo de meditación y recapacitación, recuperó un viejo recuerdo ya tiempo olvidado, era su cumpleaños. Hoy cumplía exactamente once mil años. Mucho tiempo incluso para un gran hechicero, éste se había llevado ya parte de él; su verdadera vista, su fuerza jovial, y una pierna que le fue arrebatada por un tirano de enjambre, el mismo tiránido del que aún conserva la cabeza en su asta de trofeos. Entonces recordó. Recordó como había perdido la vista, su familia y su planeta, pero a su vez como había conseguido su nuevo cuerpo, su espada y sobre todo su odio hacia el Emperador y hacia los Lobos Espaciales.

Hace casi diez mil años, Zhefon era uno de los encargados en la Biblioteca Mayor de Prospero, el planeta natal de los Mil Hijos. Las más hermosas torres de diversos colores y materiales e inmensos palacios y bibliotecas cubrían su superficie. Los antiguamente leales soldados de los Mil Hijos se dedicaban al estudio y la búsqueda del saber en las bibliotecas y cuando eran requeridos por el Emperador, marchaban hacia la batalla. El padre de Zhefon ya era demasiado viejo y ocupaba un importante cargo en la Biblioteca Mayor junto con el joven maestro Ahriman. Cuando Zhefon alcanzó la edad de entrar en las filas de guerreros, su padre le entregó a Asthil, el único legado que le podía proporcionar aparte de sabiduría y buenos consejos. Era una hermosa espada mágica que no reflejaba la luz y que rezumaba un aura de fuerza y poder.

La vida de los Mil Hijos transcurría tranquilamente por aquel entonces. Lo que ellos no sospechaban era que la Traición ya se estaba llevando a cabo y su primarca Magnus el Rojo estaba actuando de manera extraña. Un día antes de que Zhefon partiese hacia Terra, los Mil Hijos fueron asaltados por los Lobos Espaciales; eran enviados por el Emperador para exterminarlos. Habían sido acusados de practicar hechicería maligna. Si el Emperador les hubiese dejado tranquilos hubiese descubierto que sus poderes eran muy útiles, quizás gracias a este poder no hubiese sido necesario que fuese insertado en el Trono Dorado de por vida. Los Lobos empezaron a acabar con todos, se apoderaron de las baterías láser y arrasaron Prospero; convirtiendo las torres y los palacios en escombros.

Entonces Magnus dio a conocer sus planes y mostró a sus marines lo que Tzeentch les podía conceder. Después de que Zhefon perdiese a su padre, lo único que le importaba en su vida; el odio y la amargura penetraron en su corazón y por fin el caos se apoderó de él. La batalla contra los Lobos fue sangrienta; cuando consiguieron atravesar sus defensas y por fin llegaron al palacio imperial, la batalla ya estaba a punto de finalizar. No podrían vengarse del Emperador, por ahora... Después de la caída de Horus, todos los supervivientes se refugiaron en el Ojo del Terror. Cuando empezaron a ocupar planetas para habitarlos, los soldados empezaron a mutar horriblemente, tenían que pagar de alguna forma el favor de Tzeentch. Zhefon todavía no era un maestro en hechicería pero cuando La Rúbrica comenzó su purga, éste pudo contrarrestar sus efectos aunque para ello tuvo que pagar un alto precio. El poderoso hechizo había dañado sus ojos y se había quedado totalmente ciego. Sus poderes aumentaron pero de poco le servirían si no se podía defender en la batalla. Entonces fue cuando acudió al Maestro Fargas.

Fargas instruía a todos los soldados de los Mil Hijos en el uso de sus armas de cuerpo a cuerpo. Lo más peculiar de Fargas, aparte de que era un excelente hechicero y le encantaba el cuerpo a cuerpo, era que no tenía brazos. Unos orkos le habían atrapado de muy joven y le habían estado torturando; cuando sus compañeros le salvaron habían llegado demasiado tarde, le habían cortado los brazos. A pesar de su minusvalía, era el mejor espadachín del ejercito; usaba sus poderes psíquicos para controlar su enorme espada. Era capaz de mover la espada alrededor de él a una velocidad increíble como si fuese un escudo protector, lo que sumado a un poderoso asalto lo convertía en un torbellino de muerte. Además usaba su espada para parar las balas y arrojar su arma como una lanza contra sus enemigos; nunca erraba en sus blancos.

Ahora estaba muy desocupado ya que todos los soldados rasos se habían convertido en armaduras-tumba debido a la Rúbrica de Ahriman. Fargas enseñó a Zhefon a usar todos sus sentidos y alcanzar una concentración plena, ya fuese para sus hechizos o para el asalto. En poco tiempo Zhefon consiguió convertirse en un gran espadachín y hechicero. Pero un acontecimiento trágico ocurrió tiempo después de acabar su aprendizaje: Fargas se embarcó en una nave para ir a una batalla pero debido a las corrientes disformes, se perdió en el infinito con toda la tripulación de la nave. Zhefon tuvo que seguir practicando solo y cuando estuvo por fin preparado para la batalla, demostró una gran habilidad y destreza. Ver a aquel guerrero ciego descuartizar a sus enemigos con su espada y volatilizar de un hechizo a los que sobrevivían era una visión digna de contemplar. En poco tiempo alcanzó una buena reputación en el ejercito de Magnus, de paladín de una escuadra pasó a elegido de un poderoso hechicero, Darthemus; después se le fue concedida la armadura de exterminador y cuando por fin alcanzó el grado de Gran Hechicero, Tzeentch le concedió el mayor regalo que se le podía ser otorgado, un ojo mágico.

Por fin Zhefon podía ver aunque no fuese con su vista real. Ahora que Zhefon poseía los mejores reflejos y sentidos además de recuperar la vista, le convirtió en uno de los mayores guerreros que nunca antes habían pertenecido al caos. Y no solo le permitía ver el plano físico sino que también podía ver el plano espectral ,atravesar con su mirada los objetos y escrutar en la mente de los demás. Después de largas batallas, había conseguido formar un poderoso ejercito y era dueño de un planeta entero. Había establecido un enorme castillo fortaleza que se imponía ante la tierra maldita del planeta Dartalor.

Un ruido sacó de sus recuerdos a Zhefon; los Ancianos, su escolta personal, estaban esperando a que su señor les diese ordenes. Entonces el paladín de la escuadra preguntó:

-Mi señor, ¿nos has hecho llamar?

-Así es, partimos dentro de poco y quiero que os preparéis para el largo viaje.

-Siempre estamos preparados para todo mi señor. Solo debes darnos ordenes y nosotros obedeceremos inmediatamente.

-Excelente, en ese caso, abandonad la sala y decid a mi consejo de hechiceros que aguarda afuera que entren.

-Tus ordenes serán cumplidas mi señor.

Los ocho enormes exterminadores cruzaron la puerta y al momento otros nueve hechiceros les reemplazaron. Entre ellos se encontraba Darthemus que irónicamente, era él ahora el que recibía ordenes de Zhefon.

-Mis queridos compañeros, hoy embarcaremos en el Arcano y partiremos hacia Altus Bon. Según me han informado, uno de los Señores Lobo que dirigieron el ataque a Prospero, Mordekai Torh, se encuentra emplazado allí junto con sus huestes. Tu Darthemus, junto con los demás del consejo, llevaréis a cabo el ataque desde afuera de su fortaleza. Mientras sus guerreros luchan contra los nuestros, yo y mi escolta irrumpiremos en el salón de la fortaleza para enfrentarme cara a cara con él.

-¿Creéis que es lo más razonable?

-Por supuesto, obligaremos a Torh a utilizar todos sus efectivos y así dejar a ese viejo lobo solo, es demasiado viejo como para cargar junto con sus tropas en la batalla. Quiero enfrentarme a él en persona, a solas.

-Muchos soldados y hechiceros aparte de nuestros vehículos podrían ser destruidos. Me parece un plan descabellado.

-¿Acaso he pedido tu opinión?-Zhefon se puso de pie; su cuerpo despedía tal cantidad de energía que Darthemus creyó que su señor le desintegraría. Todos los hechiceros creyeron que había llegado su final.-¿Te crees que soy tan estúpido como para dar la vida de todas mis huestes por un simple ajuste de cuentas?

-No mi señor, yo solo...

-¡Cierra la boca insensato! No se como he podido nombrarte lugarteniente mío, quizás si usases tu raciocinio podrías demostrar que eres merecedor de tu puesto.

-Perdonadme mi señor. He sido un estúpido. Ahora mismo embarcaremos en el Arcano y daré la orden a los psíquicos de dirigirnos a Altus Bon.

-Bien. Espero que esto no se vuelva a repetir Darthemus. No soporto a los considerados. ¿No querrás volver a dirigir una de esas escuadras de hechiceros novatos, verdad?

-No mi señor. Te ruego que me perdones.- Pero en el rostro de Darthemus no parecía que hubiese arrepentimiento, más bien odio hacia su señor.

Cuando los hechiceros salieron por la puerta, Zhefon se levantó de su trono y lo hizo desaparecer de la misma forma de la que lo hizo aparecer. Mientras iba caminando hacia la salida para encontrarse con su escolta, una sonrisa se dibujó en la demacrada cara de Zhefon. “Por fin podré vengarme de tu asesino, padre”.

Los ancianos dirigieron sus miradas a la puerta en cuanto se abrió. La majestuosa figura de Zhefon se dirigió hacia ellos y éstos no pudieron reprimir su mirada de asombro. A pesar de haber servido a su maestro durante cinco mil quinientos años todavía quedaban embelesados al mirarle. Zhefon irradiaba un aura de poder, magia y demonicidad que dejaba a la gente maravillada; ver aquel guerrero de más de dos metros y medio caminar tan majestuosamente era una visión digna de contemplar.

La espada Asthil sostenida en su cintura por magia no brillaba ni reflejaba la luz si no que la oscuridad perpetua que poseía engullía toda la luz. Una gigantesca armadura de exterminador azul llena de ribetes, grabados y marcas doradas y coronada por dos filas de astas en las que permanecían clavadas las cabezas de sus mejores adversarios; aportaba asistencia vital y dotaba de una inconmensurable fuerza a su portador. Aunque no la necesitase, ya que le era inservible, siempre llevaba una cinta alrededor de sus ojos invidentes; su ojo mágico le aportaba todo lo que él quería ver, un ojo reptilíneo de color anaranjado surcado por una recta y oscura pupila lo observaba todo a pesar de que permanecía inmóvil, como si de una joya se tratase.

-Vámonos- musitó Zhefon a su escolta.

Los nueve enormes guerreros atravesaron los oscuros pasillos del castillo de Zhefon hasta llegar al espacio-puerto. Allí aguardaba el Arcano, una nave colosal cubierta de refulgentes runas otorgadas por Tzeentch para salvaguardarla así como a sus ocupantes. Se embarcaron en ella y Darthemus dio la orden de despegar. Todos los psíquicos al unísono lograron que la nave se alejase del castillo y se dirigiese al espacio. Vandegar, que ya se había reunido con su señor, miró por una de las escotillas y pudo contemplar el castillo en todo su esplendor.

Estaba edificado sobre un gigantesco montículo de tierra invertido acabado en pico. Flotaba sobre un vórtice oscuro que daba la impresión que de un momento a otro se tragaría el castillo. Este había sido construido con un material parecido al del trono de Zhefon, lo único que le diferenciaba era que no cambiaba de color sino que poseía una oscuridad imperturbable. Grandes vidrieras y cúpulas permitían que la luz entrase en el lúgubre castillo. La plataforma donde se alzaba el castillo estaba cubierta por un frondoso bosque donde las más horrendas y mortíferas criaturas lo habitaban siempre aguardando la aparición de nuevas presas; algunas de estas criaturas, antiguamente, habían sido siervos de Zhefon pero debido a algún error que habían cometido, fueron transformadas por su señor. Otros no tenían tanta suerte y se convertían en pasto de estas criaturas.

Cuando la nave se alejó lo suficiente, una tormenta disforme de color rojizo cubrió el castillo formando una escudo sobre él y sus alrededores. Instantes después, el castillo y la tormenta se volvieron incorpóreos hasta desaparecer de la zona gracias a la magia de la tormenta.

Después de largas horas viajando por el espacio, consiguieron avistar Altus Bon. Era un gran planeta helado y desierto, a excepción de la base de Mordekai. Los ordenadores de la base no reaccionaron ante el acercamiento de naves ya que un hechizo de Zhefon había omitido esa orden. Todo el ejercito se embarco en lanzaderas y al momento, el ejercito de Zhefon caía sobre la superficie del planeta como gotas de lluvia que portaban muerte y destrucción. Cuando los vigías lobo se percataron del peligro, Mortius, el profanador, ya estaba disparando andanadas de artillería sobre los guerreros.

Aunque en el pasado, los Lobos Espaciales habían masacrado a los Mil Hijos, ahora les era imposible acabar con ellos. Hacía falta que diez Lobos muriesen para acabar con un guerrero de Zhefon. Los impactos de los bolters rebotaban en las gruesas armaduras de los Mil Hijos y si alguno conseguía atravesarlas, el guerrero ni se inmutaba y seguía avanzando a la vez que disparaba su bolter. Pocos Lobos llegaban al asalto ya que eran incapaces de acercarse lo suficiente al enemigo sin recibir una lluvia de proyectiles. Cuando llegaron los rhinos, land raiders y predators, la masacre se triplicó. Los Lobos no podían repeler el asedio y sabían que se les acababa el tiempo. Además, los hechiceros empezaban a sembrar el pánico entre las líneas enemigas, sus hechizos acababan con decenas de guerreros de una sola vez; incluso algunos Lobos mutaban por los hechizos y luego, convertidos en engendros, se unían a los Mil Hijos en su labor asesina.

Zhefon estaba satisfecho, gracias a su ojo mágico observaba el desarrollo de la batalla desde el Arcano, el ejercito de Mordekai estaba siendo doblegado. Luego observó a Mordekai y decidió que ya había llegado su momento; viejo, debilitado y desesperado, era presa fácil. Antes de partir ordenó a Vandegar que permaneciese en la nave; debía prepararla para realizar un bombardeo masivo sobre el planeta en cuanto volviesen. Zhefon creó un hechizo teleportador y al instante, apareció en medio del salón del trono acompañado por los Ancianos. Era hora de consumar su venganza:

-Has cambiado mucho desde que acabe con tu padre. Todavía recuerdo tu mirada antes de huir de Prospero en aquella barcaza. Que pena que ya no puedas volver a mirar así.- dijo Mordekai con una sonrisa perversa en sus labios.

-Tu también has cambiado Mordekai. Te has vuelto viejo y cobarde. Nunca pensé que aquel “valeroso” guerrero que servía como un perrito faldero al falso emperador acabase así. Aquí escondido, refugiándote entre tu escolta, con temor a enfrentarte a mis guerreros y dejando que mueran los tuyos. Me has decepcionado...

-Insolente. Acabad con ellos.- musitó con desprecio a su escolta.

Rápidamente los Ancianos se pusieron delante de su señor y como un solo ser, cargaron contra los exterminadores de la guardia del lobo. No duraron ni un instante, los supuestamente poderosos guerreros Lobo yacían en el suelo inertes. Mientras que a uno le faltaba un brazo y la cabeza, la mitad de otro permanecía separada de su otra parte. Los Ancianos regresaron tranquilamente a su posición detrás de su señor y aguardaron.

-Vaya, vaya – dijo Mordekai a la vez que retiraba un trozo de carne sanguinolenta de su pierna – pensaba que durarían más. ¿Cómo he podido escoger a estos novatos como guardianes de mi vida?

-Me repugnas. Incluso alardeas de tus guerreros muertos. Pero no he venido a reprimirte. He venido a acabar contigo. Quiero que pagues con sangre lo que tu me has hecho sufrir.

-Si te refieres a lo de tu padre- dijo con una sonrisa maligna- no has de preocuparte. Dentro de poco te reunirás con él.

De repente Zhefon sintió como algo surcaba velozmente el aire y se dirigía hacia él. Rápidamente, Asthil se interpuso delante de la trayectoria de un proyectil y lo paró justo a tiempo, luego, regresó a la mano de su portador.

-¡Lobo necio! ¿Crees que así vas a poder matarme? ¡Morgoth! ¡Sal de donde te escondas! ¡No te valió con acabar con Seramus como para que frenes más mis planes! Estúpido vindicare...

Aunque la mayoría no se hubiese percatado, Zhefon pudo ver como una silueta cubierta con un traje de camuflaje se escurría entre las sombras mientras se maldecía por haber fallado. “He fallado. Morgoth nunca falla. ¿Cómo ha interceptado mi bala? ¿Cómo? Juro acabar contigo, hechicero.”

-Ya te cazaré luego, alimaña de pacotilla. Ahora tengo que acabar con un asunto, ¿no es así Mordekai?

-Mordekai, me dijiste que era el mejor asesino de este sector planetario.- una figura había aparecido entre llamas carmesíes al lado del trono de Mordekai. Era Darthemus, parecía que estaba disgustado. - Inútil. Te dejé contratarlo pero ya te había advertido que no sería lo mismo que eliminar a un político.

A pesar que los Ancianos estaban perplejos por la traición que acababa de ser revelada, Zhefon permanecía imperturbable.

-Para ser un traidor no lo disimulabas nada mal, Darthemus. Siempre detrás de mí como una sabandija... ¿Y ahora, después de tanto tiempo como para conocerme a fondo, crees que puedes matarme? Solo eres un hechicero débil y fanfarrón. Lo primero que se conoce de mí es que puedo leer los pensamientos de la gente. Sabía que me ibas a traicionar y siempre dificultaste mis planes, nunca te detuve para que te confiases. Bueno, ahora podré acabar con dos problemas de una sola vez. Lo que todavía desconozco es el porqué de tu traición.

-Pues tendrías que ser el primero en saberlo. Yo era alguien poderoso, alguien influyente, hubiese conquistado media; no, todo el Ojo del Terror. Pero entonces Magnus ordenó que aceptase a un guerrero ciego en mi ejercito, tenía que haberte mandado a una misión sin salida. Entonces contemplé como fuiste subiendo de puestos hasta que llegó un día en el que te pusiste por encima de mí. He estado aguantando tus insultos y humillaciones durante años pero esto se acabó. Muerto Zhefon, yo Darthemus, seré el general del mejor ejercito de los Mil Hijos. Por eso he tenido que aliarme con este Lobo. Sabía que había matado a tu padre, yo lo presencié. Supuse que estaría complacido en hacerte la vida imposible y luego acabar contigo.

De repente, una fuerte explosión sacudió la fortaleza e hizo que hasta los cimientos temblasen.

-Siento tener que interrumpiros pero el ejercito de Zhefon va a acabar demoliendo la fortaleza. Será mejor que acabemos con esto.- dijo apresuradamente Mordekai.

Cuando los Ancianos se prepararon para la batalla, Zhefon les detuvo.

-No, son míos. Aunque pueda acabar con ellos de un simple hechizo prefiero sentir como Asthil se hunde en la carne de estos infelices. Ordenad al ejercito que se detenga, si ya han acabado con el ejercito de Mordekai, iros del planeta y preparad un bombardeo masivo. Si no han acabado, ayudadles hasta que no quede un solo Lobo con vida.

Cuando los Ancianos desaparecieron, Mordekai se levantó de su trono y cogió un enorme hacha que descansaba sobre su trono. A pesar de estar avanzado en años, todavía era diestro con el arma y era bastante fuerte y ágil. Darthemus se le unió y desenvainó su espada que empezó a crepitar energía disforme. Zhefon les miró con una mueca socarrona y un instante después se lanzaron al combate. El hacha de Mordekai pasó rozando la zona donde se suponía que estaba la cabeza de Zhefon, ya se había agachado y dirigía un mandoble al traidor de Darthemus, pero éste había reculado para esquivarle. Cuando Mordekai consiguió desincrustar el hacha de la pared, la cogió con ambas manos y se dispuso a cortar a Zhefon de arriba abajo; éste rodó por el suelo y se tuvo que volver a tirar a un lado cuando se levantó para poder evitar una estocada de Darthemus. Por un instante se quedaron mirando cara a cara, Zhefon y el hechicero traidor. Zhefon aprovechó la ocasión para despedir un fuerte haz de luz por su ojo mágico y así cegar al hechicero por unos instantes.

El señor lobo volvió otra vez a la carga intentando sesgar las piernas de Zhefon con una barrida. La pierna biónica y la verdadera consiguieron que Zhefon saltase a tiempo para esquivarle. De repente, un grito inundó la estancia. Darthemus yacía en el suelo cegado y sin piernas. No había podido evitar el ataque. Mordekai se dio cuenta de su error y cuando se dispuso a vengar a su aliado, recibió un corte limpio que le abrió el abdomen. Mordekai cayó de rodillas y su vísceras se desparramaron por el suelo ensangrentado de la anterior matanza. Zhefon se acercó al señor lobo, cogió a Asthil con las dos manos y aprovechando que el Lobo Espacial estaba de rodillas y dejaba su cuello al descubierto, alzó su espada y la dejó caer con fuerza sobre el Lobo. Al instante, la cabeza de Mordekai se separó del tronco y cayó rodando por el suelo. Zhefon la recogió, miró con su único ojo a los del Lobo y sonrió:

-Al fin, padre. Ya puedes descansar en paz- musitó Zhefon a la vez que clavaba la cabeza del Lobo en una de sus astas de trofeos. Podía estar muy orgulloso de mostrarla.

Luego, se acercó al agonizante cuerpo de Darthemus y se jactó de él:

-¿Qué tal me ves desde ese nivel Darthemus? ¿No me ves más grandioso? Insolente, este es el castigo de los que se atreven a insultarme. Y este, es el castigo de los traidores

Acto seguido, un vórtice espectral apareció debajo de Darthemus y unos brazos demoníacos surgieron de él, le apresaron y le arrastraron hasta las profundidades infinitas del vórtice. El grito de terror de Darthemus se fue apagando a medida que se cerraba el vórtice hasta que por fin se extinguió al cerrarse. Después de haber solucionado todo lo pendiente, solo le quedaba volver con su ejercito, regresar a la nave, bombardear el planeta hasta desintegrarlo y nombrar a un nuevo lugarteniente; tarea fácil en comparación con todo lo que acababa de realizar.

 

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