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Relatos, historias de warhammer 40,000



LA TIGRESA Y EL ESCORPIÓN I

ASTARTES HUMAN EST

Rómulus suspiró lentamente. Estaba en una terma, sumergido hasta la barbilla en agua templada. La estancia no era sino una gigantesca habitación con paredes de una peculiar piedra azul con vetas negras que en Baal sólo se encontraba a gran profundidad, bajo las entrañas de sus arenas de sangre. Se sumergió echándose para atrás su cabello corto y negro como el carbón.

Tras la exitosa campaña de Cralti V, el señor Dante de los Ángeles Sangrientos había recuperado la confianza en Rómulus y la 6º compañía y como primera medida les había hecho volver a la fortaleza-monasterio de Baal para esperar nuevas órdenes.

Rómulus emergió del agua como un coloso y se apoyó de espaldas en el borde de la piscina para seguir contemplando los reflejos del agua en el techo con sus ojos azules. Tras lo ocurrido en el mundo industrial de Cralti V, un descanso era lo que necesitaba pues su poderosa aunque joven mente de marine debía aceptar lo que había experimentado. Aertes; el comandante Aertes Dragmatio de la 6º Compañía, que fue quien encontró a Rómulus y su hermano Remus y los convirtió en marines espaciales, era ahora un siervo del Caos, un traidor de tiempos actuales, y ese era el acto más abominable que un marine podía cometer.

Todo comenzó durante la purga de Malevant II. Aertes lideró a su compañía en un asalto a los túneles mineros infestados de rebeldes y zombis de plaga junto a las tropas del gran inquisidor Nagash. Durante los terribles combates en la oscuridad y cercados por las estrecheces de las grutas, la compañía se escindió. Aquella fue la última vez que vieron a Aertes. Muchos Ángeles Sangrientos cayeron completamente desbordados por los zombies que surgían sin cesar de cada rincón.

Rómulus, al igual que todos, creyó que aquello había ocurrido de modo completamente fortuito, pero ahora lo veía con total claridad. Aertes lo había planeado. Les condujo a ciegas al corazón del complejo minero con la única intención de llegar hasta los caóticos para poder vender su alma a los Poderes Oscuros. Sin embargo, mientras que fue su propio comandante quien les guió hasta la ruina, fue uno a quien la inquisición llamaba traidor quien les salvó de ella. El llamado Gabriel, un bibliotecario de los Ángeles Oscuros tachado de renegado. Gabriel les encontró a tiempo de salvarles de una emboscada justo después de que Aertes desapareciera. Con sus poderes psíquicos les guió hasta el resto de Sangrientos, y permitió a Rómulus encontrar a su hermano y rescatar a su unidad de las hordas de muertos vivientes. La 6º Compañía se lo debía todo a aquel traidor.

Y fue durante la invasión de Cralti V que volvieron a encontrar a Aertes, ya al servicio del dios de la plaga Nurgle, con quien había hecho un trato para liberar su cuerpo de la Rabia Negra que hacía años le atormentaba con más fuerza que a ningún otro Sangriento. Aertes intentó atraer a Rómulus a su lado; le regaló los oídos con promesas de inmortalidad y libertad de las cadenas de la Sed de Sangre, del capítulo y del Imperio. Rómulus recordó aquello con lágrimas en sus ojos de fría piedra. Repudió a Aertes. Siempre había sentido respeto y admiración por su comandante, por su padre, pero aquello despedazó su alma con más contundencia que el más pesado de los martillos. Además, Aertes había sabido herirle en lo más hondo empleando como cebo a un miembro del capítulo matriarcal de los Tigres Nevados, alguien por quien Rómulus sentía mucho más que afecto: la joven Mau. Fue gracias a ella que logró vencer finalmente al traidor, y fue su mutuo amor lo que le salvó de la locura ahora que Aertes le había vociferado su blasfemia a la cara.

Rómulus y Mau se amaban. Dos miembros del adeptus astartes enamorados el uno del otro. Para el capítulo de Mau aquello no era algo ajeno a su idiosincrasia, pero para los Sangrientos estaba completamente prohibido amar a otros que no fuera Sanguinius y el Emperador. Por ello debían mantener su relación en secreto o ambos estarían condenados al exterminio. Sólo otro Sangriento conocía aquella situación, pero Rómulus tenía plena confianza en él ya que se trataba de su hermano de nacimiento, Remus.

Giró la cabeza vio a Remus ensayando prácticas de combate con otros marines del capítulo. Todos en las termas estaban completamente desnudos salvo por un taparrabo. Todos hombres altos, de musculatura bien cincelada y piel brillante por el sudor de la terma y el ejercicio de los combates. El caparazón negro resaltaba como una coraza llena de clavijas y conexiones inertes que perfilaba la caja torácica de cada uno de ellos. Remus trabó el brazo de su oponente, un marine de cabeza rapada y enormes hombros como montañas que debía de ser la mitad más ancho que él, se abalanzó por abajo y lo levantó sobre su espalda antes de enviarle al suelo de piedra lisa. El resto de marines aplaudieron su habilidad mientras el vencido se levantaba exigiendo una revancha.

Algo más allá, en otra de las termas, había un bibliotecario. No era Virgilio, el bibliotecario de la 6º compañía, pero se esforzó de todas formas en maximizar su percepción para saber en todo momento si le estaba leyendo la mente. No parecía que fuera así. El bibliotecario estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el agua. La superficie no se movía a su alrededor a pesar del ocasional chapoteo que otros provocaban en el agua. Tenía los ojos cerrados, y el uso de sus poderes era perceptible por un erizamiento de los cabellos de la nuca. Rómulus pensó en Virgilio.

Tras saber que Aertes era el cabecilla de los ejércitos del Caos que invadieron Cralti V, Virgilio fue a quien informó de ese descubrimiento en primer lugar. Ni siquiera se lo había podido decir a su hermano, que aún guardaba la esperanza de encontrarle, ya que los altos mandos del capítulo ordenaron el máximo secreto en torno a aquel asunto. Si trascendía la noticia de que un Ángel Sangriento había vendido su alma al Caos con el pretexto de liberarse de la Rabia Negra, el capítulo podía enfrentarse a su disolución, incluso al exterminio, por parte de la inquisición. Por ahora, sólo Rómulus, Virgilio y los altos mandos estaban en el secreto, y así debía seguir siendo. Eso que el capítulo supiera porque Mau también lo sabía, para bien o para mal, por boca del propio Aertes.

Tras varias horas salió de la piscina con un salto. Tenía la mente mucho más despejada. Ahora estaba dispuesto para cualquier misión; incluso sintió deseos de entrar en combate cuanto antes mejor. Era un Ángel Sangriento a pleno rendimiento. Alzó los brazos y tensó cada músculo de su cuerpo hasta hacer crujir sus articulaciones. El agua resbaló por su piel con rapidez dejando un reguero en su camino hacia Remus, que ahora estaba solo practicando movimientos de la lucha del fuegorpión.

- ¡Vaya, tienes mucho mejor aspecto, Rómulus! –le dijo cuando le vio acercarse-. ¡Hasta se diría que hay vida en tus ojos!.

Rómulus rió. A pesar de ser prácticamente idéntico a él, su hermano gemelo siempre había tenido un rostro mucho más agradable y expresivo, mientras que él portaba una máscara de rígida tristeza que sólo se quitaba para estar junto a Mau.

- ¿Sabes que ese a quien acabas de dar toda una lección de combate era el sargento veterano Dholia de la 2º Compañía?.

- Sí –ahora fue Remus quien rio mientras proseguía sus lentos ejercicios-. Le falta humildad en su deber.

El bibliotecario se levantó y se dirigió a la salida caminando sobre el agua con toda normalidad. En cuanto sus pies dejaron de estar en contacto con la rígida superficie, el nivel del agua, falto del sustento que el poder del marine le proporcionaba, descendió hasta quedar sólo a la altura de la rodilla del resto de los que estaban en la piscina.

- Remus, ¿porqué no me permites ascenderte de una vez?. Mírate: das lecciones a todos los suboficiales del capítulo.

- ¿Podré emplear armas pesadas como sargento? –le cortó Remus pronunciando la pregunta como si fuera la enésima vez que la hacía.

- Sabes que el Index Astartes no lo permite.

- Exacto, y del mismo modo tú ya sabes mi respuesta.

- Pero Remus, tú podrías ser de un valor incalculable dirigiendo escuadras de armas pesadas.

- Hermano, soy el mejor artillero de la compañía, y eso es todo lo que soy: un artillero. Sin un arma pesada no soy nada; no soy tan genial como tú, capitán.

Rómulus percibió la hostilidad de su hermano aunque éste se esforzaba en disfrazarla en su combate contra un rival invisible. Suspiró, incapaz de elegir sus próximas palabras ya que conocía bien el humor de Remus cuando se ponía a la defensiva.

- ¿Cómo está tu Tigresa?.

- ¿Qué? –a Rómulus le sorprendió la pregunta por lo inapropiado del lugar. Cualquiera podría oirles.

- Ya sabes. Mau. Te pasaste dos días a su lado después de que la rescataras del líder de los marines de plaga. Y, como ésta ha sido la primera ocasión en que hemos coincidido tu y yo desde entonces, no he podido preguntarte.

- ¡Sabes que este no es el lugar, Remus! –rugió Rómulus por lo bajo.

- Me gustaría saber qué es lo que estuviste haciendo durante dos días en la nave orbital mientras el resto de nosotros barríamos la superficie del planeta en busca de los restos del enemigo. Si gozas de esos privilegios por ser el oficial al mando de la compañía, tal vez reconsidere ese ascenso.

Remus tenía una sonrisa maquiavélica. Si quería fastidiarle, había elegido el peor lugar. Rómulus esquivó un repentino puñetazo lanzado directamente a su cara.

- ¡Remus!. ¿Se puede saber qué es lo que te ocurre?. ¡Sabes bien que estuve dirigiendo las operaciones de nuestra fuerza de combate desde la nave!.

- Ocurre que he estado pensando mucho desde entonces y ardo en deseos de saber una cosa.

Remus siguió atacando a su hermano adrede con movimientos predecibles que Rómulus pudo esquivar o bloquear sin mayores problemas. Para su sorpresa, Rómulus le agarró por la muñeca y le dio un tirón a la vez que un codazo en la espalda le obligaba a alejarse varios pasos. Cuando se volvió, también su hermano estaba en posición de combate. Su expresión de medio enfado no había variado.

- ¿Qué es lo que ves en esa marine? –preguntó volviendo al ataque.

- ¿Qué? –inquirió Rómulus desviando su primer puñetazo.

- Ya sabes a qué me refiero. Has caido en la herejía, te has arriesgado a ti y a mí mismo, por no mencionar el peligro en que la has puesto a ella si lo vuestro llegara a saberse. ¿Por qué?.

Rómulus suspiró comprendiendo la pregunta. Acto seguido miró en derrendor.

- Tranquilo –dijo Remus anticipándose a sus temores-. El bibliotecario se ha ido y los demás no prestan atención.

Volvió la vista hacia Remus justo a tiempo de esquivar otro golpe. - ¡Tal vez sea porque sé que ella no me atacará a traición!.

- Hablo en serio, Rómulus. Quiero saber por qué ella es tan importante para ti. Si sigues acudiendo a verla sólo aumentarás las posibilidades de que os descubran. Tus viajes a Galatan no van a engañar al capítulo siempre. Me preocupas, hermano. Quiero saber qué ha sido de tus votos al capítulo y al Emperador.

- ¡Mis votos están intactos! –siseó Rómulus-. ¡No he renunciado a ningún juramento!.

- ¡Lo has hecho, ya que antepones a Mau a la memoria del propio Sanguinius!.

- ¡Yo honraré a Sanguinius y al Emperador hasta el fin de mis días!. ¡Lo que siento por Mau no tiene nada que ver con eso!.

- Hay quien no opina así.

- ¡No me importa lo que...!

Rómulus dejó la frase a medias.

- ¡Exacto! –dijo Remus como si hubiera descubierto un secreto oculto-. ¡No te importa lo que opine nadie acerca de vosotros dos!. ¿Qué clase de locura se ha apoderado de ti para que no te importe tu propia muerte y deshonor?.

Se detuvo al ver que su hermano dejaba de defenderse. Le estaba acuchillando con la mirada; odiándole por hacerle tales preguntas. – Dime Rómulus. ¿Qué es lo que te ha afectado de esa manera?.

- No lo se –el capitán bajó la cabeza un solo instante para luego volver a mirarle a los ojos-. Te aseguro que no lo se. A veces ni siquiera tengo nada que decirla. Sólo se que, cuando estoy a su lado, siento de veras que el Imperio es algo que merece ser protegido.

- ¿Qué estás diciendo? –Remus se acercó a a él para poder gritarle al oido sin alzar la voz-. ¿Acaso la conviertes a ella en tu única razón para luchar?.

- ¡No, claro que no! –negó Rómulus. Remus no le creyó-. Pero es difícil creer que el Imperio es merecedor de nuestra custodia cuando la práctica totalidad de las campañas que hemos realizado han sido contra rebeldes, traidores y renegados. ¡Hay traición por doquier dondequiera que se mire!.

- ¿Incluso aquí, entre las paredes de nuestra fortaleza?. ¿Acaso el capítulo no es un refugio de la traición?, ¿un motivo en sí mismo para luchar?.

Rómulus cayó durante un imperceptible instante. – Si, por supuesto –dijo al fin, pero Remus seguía sintiendo falsedad en sus palabras.

- ¡Entonces contesta de una vez! –Remus volvió a obligarle a defenderse de sus golpes-. ¿Porqué la necesitas a ella si no puede traerte más que la perdición?. ¿Es que te gustaría ser un proscrito como Gabriel?. ¿Te convertirías en proscrito por una...?

Rómulus restalló como una cobra. Su hermano no tuvo tiempo alguno de reaccionar cuando un poderoso brazo detuvo su golpe y otro se alargó hasta agarrarle por la garganta. Remus le miró a los ojos viendo con cierto alivio que no era la Rabia Negra lo que le había hecho reaccionar así.

- Cuidado con cómo te refieres a ella.

La voz de Rómulus era un siseo amenazante que no reconoció lazo de sangre alguno entre ellos. Aquello sólo sirvió para que Remus se convenciera aún más de lo que decía. Había insinuado a su hermano que era un traidor al capítulo, pero no había reaccionado más que para proteger el nombre de la Tigresa Nevada. Desvió la mirada hacia arriba, como si estudiara la sencilla arquitectura de la sala, y volvió a sus ojos.

- ¿No te he hablado de las termas de Tigrit IV?. Hay manantiales termales naturales cerca de la fortaleza de los Tigres Nevados. He visto a más mujeres de las que ninguno de los presentes habrá visto en toda su vida, y con menos ropa de la que ahora llevamos tú y yo. Cierto que resulta estimulante, pero nada que me impulsara a anteponer a ninguna de ellas a mis votos.

Sin previo aviso, Remus le torció la muñeca y le dobló el brazo a la espalda aplastándole de cara contra una columna.

- ¿Es acaso el cuerpo de Mau lo que te ofusca de esa manera?. Si es así no lo comprendo; las he visto mucho más excitantes que ella. Los Lobos Espaciales y los Cicatrices Blancas tienen concubinas pero no por ello olvidan su deber.

Rómulus montó en cólera. Su hermano le estaba llamando traidor, y si era un traidor, entonces era como el despreciable de Aertes. Lanzó un codazo hacia atrás con el otro brazo y, cuando su hermano lo detuvo, giró sobre sí mismo y Remus se vio apresado contra la columna del mismo modo que antes tenía a su hermano.

- ¡No te atrevas a hablar así de ella! –le rugió Rómulus en la oreja-. ¡Y no te atrevas a decirme que he olvidado mi deber!.

Remus empujó con su mera fuerza bruta haciendo retroceder a su hermano lo suficiente para apoyar un pie en la columna y dar un salto mortal por encima de él. Rómulus se volvió lanzando un puñetazo de revés, pero Remus le atrapó por la muñeca y le lanzó al suelo por encima del hombro. Rómulus le asestó un rodillazo en la frente apenas cayó de espaldas y rodó a un lado para levantarse de nuevo. Remus retrocedió por el golpe hasta volver a darse contra la columna.

Esta vez fue Rómulus quien atacó, lanzando una patada que sólo alcanzó la superficie de piedra azul-negra al apartarse Remus con un ágil giro. La tremenda patada había resquebrajado una de las losas aún con el pie desnudo, pero ninguno de los dos reparó en ello. Remus le agarró por los hombros, pero su rodilla fue detenida por las manos de su hermano antes de poder golpearle en el abdomen y Rómulus le respondió con un cabezazo, le tomó por la nuca y le lanzó rodando por el suelo hasta casi caer en una de las piscinas.

Sacó la pierna del agua al que había estado a punto de ir a parar y se levantó. Rómulus estaba realmente furioso con él; podía leerlo en su rostro. Y el único motivo era que había estado en un tris de insultar a Mau ante él. Eso le enfureció a él también. ¿Quién se creía su hermano que era para recibir estoicamente acusaciones de herejía y sin embargo defender a la que no era sino la causa de dicha herejía?. Los dos hermanos lucharon durante largo rato bajo la apariencia de un combate de prácticas a los ojos del resto de Ángeles Sangrientos. Ellos mismos desconocían el motivo de aquella lucha. Si bien ambos sabían que Mau tenía mucho que ver, sólo tenían claro que ya había comenzado y ahora uno de los dos había de imponerse sobre el otro.

El combate terminó de forma repentina e inesperada. Remus atrapó la pierna de su hermano cuando intentaba patearle el costado y giró para arrojarle al agua, pero Rómulus saltó y le pateó en la cara con la otra pierna haciéndole caer a él en su lugar. Remus levantó una explosión de agua con su poderoso cuerpo ante las risitas de los pocos asistentes mientras Rómulus caía casi a gatas en el suelo y se incorporaba en seguida.

Sonrió satisfecho. Aquella era una maniobra que había aprendido de Mau. Su hermano debía de conocerla ya que pasó varios meses de campaña junto a los Tigres Nevados, pero sin duda no se esperaba que él la emplearía. Vio la mancha borrosa de Remus en el fondo de la piscina, burbujeando inmóvil. Justo cuando estaba a punto de saltar en su busca, Remus emergió lentamente. Se aupó en el borde ignorando la mano que su hermano le tendía. Cuando se irguió sus ojos eran completamente rojos.

- ¡Rabia! –gritó Rómulus a dos marines cercanos.

No le dio tiempo de repetirlo. Remus le embistió con ambos puños sacándole el aire de los pulmones con una fuerza inesperada y lanzándolo cinco metros hacia atrás hasta rebotar contra la pared en un violento choque. Casi había caido de rodillas cuando Remus le dio alcance y le estampó el puño en la cara golpeándole la nuca de nuevo contra la pared. Un espumarajo surgió de su boca manchando la cara ensangrentada de su hermano.

- ¡Rabia!, ¡Rabia! –alertaba alguien-. ¡Llamad al capellán!.

Los dos marines, también quasidesnudos, inmovilizaron a Remus por los brazos. Éste no dejó de retorcerse y mirar a Rómulus con una expresión contraída que le hacía irreconocible. Sus pupilas no eran más que puntos negros entre dos pozos de sangre. Le hicieron retroceder para alejarle del capitán, que ahora sólo permanecía de rodillas porque la pared le impedía desplomarse, pero el rabioso Remus tardó sólo unos momentos en desembrazarse de ellos a cabezazos y patadas. Atrapó al marine de su derecha por el brazo y lo empleó para golpear al de la izquierda, enviándolos a los dos a la piscina de la que acababa de salir. El agudo lamento que surgió de su garganta fue audible en toda aquella zona de la fortaleza-monasterio.

Rómulus sacudió la cabeza alarmado por el aterrador grito e inmediatamente se agachó. El puño de Remus se incrustó en la piedra tras él, cosa que aprovechó para darse impulso y asestarle un cabezazo ascendente en la mandíbula seguido de un puñetazo al vientre. Los músculos de su hermano eran ahora como el metal templado; inmunes a sus golpes. Remus extrajo la mano del agujero que había abierto y rodeó el torso de Rómulus en un aplastante abrazo. Rómulus le puso ambas manos sobre la cara y empujó con toda la fuerza que pudo, pero le tenía firmemente sujeto y no consiguió hacele doblar el cuello ni un milímetro. Sintió cómo su caparazón negro crujía, cediendo poco a poco a la inconmensurable fuerza que la Rabia Negra había dado a un hermano que no parecía reconocerle. No podía respirar; emitir un quejido ahogado fue todo lo que pudo hacer mientras sentía la sangre bullendo en su cabeza, la ira expandiéndose por cada fibra de su cuerpo. Habría de herir a su hermano para quitárselo de encima y ese era un acto que cada vez le costaba menos asumir. La Rabia Negra empezaba a dominarle también a él.

Un capellán ataviado con su barroca armadura negra irrumpió como una exhalación en las termas con un búho de plumaje negro y ardientes ojos anaranjados sobre la hombrera izquierda. Su veterana percepción sólo necesitó un segundo para concienciarse de lo que ocurría y actuar en consecuencia. La calavera alada de su Crozius Arcanum se estrelló contra la nuca de Remus en un poderoso mandoble. Rómulus le agarró por los brazos; la presa había perdido fuerza, pero aún le mantuvo sujeto hasta que un segundo golpe le hizo caer en redondo. Rómulus tosió apoyando las manos en las rodillas, recobrando el aliento con ásperas, dolorosas aspiraciones. Ya había reconocido al capellán sin necesidad siquiera de fijarse en su servoarmadura. Sólo Sagos Tempestos tenía una prótesis biónica en sustitución de su mano derecha y un búho negro que le acompañaba a todas partes; y sólo unos pocos habrían reducido de aquella forma a un afectado por la Rabia Negra aún a riesgo de romperle la base del cráneo.

- Estoy bien –dijo Rómulus carraspeando.

Al alzar la vista comprobó lo que había sospechado: Sagos aún tenía su cetro en alto y estaba preparado para aplicarle el mismo tratamiento que a su hermano. Una mano enguantada le agarró por la mandíbula sin miramientos y le acercó la cara a la máscara mortuoria. Desde su hombrera derecha, el búho pareció colabrorar con el capellán en el exámen de Rómulus taladrándole con sus enormes ojos como brasas. Aquella calavera expresamente diseñada para infundir terror le escrutó durante un solo momento y luego le dejó sin la más leve muestra de respeto por su rango de capitán. El búho desvió la mirada al suelo, al inmóvil Remus que yacía en una postura extraña a los pies de ambos. La figura blindada empequeñecía a Rómulus a pesar de su físico. Los otros dos marines salieron del agua cuando un grupo de sirvientes vestidos con túnicas negras llegaba para llevarse a Remus en volandas. Sagos se fue tras ellos tan silencioso como había aparecido dejando a Rómulus apoyado contra una maltrecha columna. El pájaro no perdía de vista a Remus ni un instante.

Aquello quedó olvidado con rapidez, al igual que los otros muchos similares que se sucedían frecuentemente en la fortaleza-monasterio. Pero Rómulus se sentía culpable de aquel ataque de La Rabia. Se había encrespado por las palabras de su hermano y era tan culpable cómo él de dar comienzo a aquella pelea absurda. Durante las semanas siguientes Remus sólo se dirigió a Rómulus por obligación, y siempre tratándole de capitán o señor. Rómulus supo que su hermano culpaba a Mau de todo; creía que ella estaba envenenando su juicio. Él, por el contrario, no podía siquiera imaginar la posibilidad de que Mau fuera culpable de aquel incidente. Remus estaba excesivamente preocupado por él, o quizá por la posibilidad existente de que su honor o su vida también fueran destruidos por conocer la relación entre Rómulus y Mau, y eso le estaba amargando y haciéndole comportarse como un cretino. Eso era lo que le parecía, al menos.

Mau se había sentado sobre la camilla acolchada. Su cuerpo de marine, cubierto tan sólo por una lona azul a rayas blancas, era más fibroso que musculado, pero aún así cada uno de sus músculos tenía la fuerza de tensión de un cable de acero, y una agilidad muy superior a la de cualquier marine corriente. Movía las piernas de modo pendular, atrás y adelante, mientras esperaba jugando a reconocer el contenido de varios frascos que había cerca de ella por su olor. La apotecaria, que lucía su servoarmadura atigrada, se le acercó revisando el soporte de datos que llevaba en las manos.

- Mau –dijo tras un carraspeo inicial-. ¿Qué hiciste durante esa última campaña?.

- ¿La de Cralti V? –Mau sonrió traviesa-. ¿Combatir, quizás?.

La apotecaria frunció el ceño sin dejar de mirar la tablilla. – No hablo de eso. Hablo de cuando fuiste rescatada.

- Eh... estar con quien ya sabes... –respondió ella desviando la mirada y perdiendo de golpe toda su jocosidad.

- ¿Te tomaste lo que te dí?.

- No... en la nave de los Sangrientos no había de eso.

Mau empezó a enredarse nerviosa uno de sus mechones grises con los dedos. La apotecaria resopló negándo con la cabeza.

- Ya no sé para qué os lo damos. Sin embargo es sorprendente que haya sobrevivido.

- ¿Sobrevivido?. ¿Quién?.

Mau se olió lo que la apotecaria quería decir. Ella pareció percibir su mirada y asintió a la vez que pasaba una página de la tablilla, lo cual dejó a Mau completamente estupefacta.

- Pon aquí tu huella.

Cogió la tablilla y la leyó en un microsegundo. - ¡Espera!, ¡esto es una orden de baja!.

- Así es. Lo siento hermana, pero ya conoces las normas a seguir en estos casos.

Dejó el escrito sobre la camilla y sus ojos de gata se perdieron en el infinito. Nada en el universo podría haberla preparado para algo así. Nunca creyó que algo así podría ocurrirle a ella, pero al pasar la hoja anterior y leerla vio que los datos eran irrefutables. Puso el pulgar en la pequeña placa de cristal de la esquina inferior del soporte y lo devolvió a su propietaria aún a sabiendas de lo que ello significaba.

- Por favor, llama a Nekoi. Tengo... un recado que darle...

Mau se llevó las manos al vientre cuando la apotecaria la dejó a solas. Sonrió mordiéndose el labio por puro nerviosismo, casi temerosa de tocar su propio cuerpo. Se abrazó a sus rodillas con lágrimas en los ojos.

El tiempo pasó con lentitud en Baal. El ambiente sosegado de la fortaleza empezó a pesar sobre los hombros de Rómulus del mismo modo que cuando estaba confinado en aquella base de operaciones remota. Sin embargo, el resto de la compañía parecían estar muy ocupados. El que más Virgilio, a quien apenas sí había visto desde que llegaron. Rómulus se sentía inútil, paseando como un fantasma por los interminables corredores y los áridos desiertos del exterior y siendo requerido una y otra vez en el Librarium para amplificar detalles sobre sus batallas. Los bibliotecarios semánticos quería aprovechar la rara ocasión que era tener al oficial al mando de una compañía de combate en la fortaleza para ampliar conocimientos, pero a Rómulus le resultaba exasperante. Era un guerrero y su lugar estaba en el campo de batalla.

Por fortuna, aquellas visitas al Librarium le daban la ocasión de ver a Caronte. Caronte era el niño que Gabriel llevaba en brazos la primera vez que le encontró, durante la limpieza de los túneles de Malevant II. Fue allí donde Gabriel le rogó que protegiera al niño, pues su supervivencia era de vital importancia. Rómulus le debía demasiado para negarse, y eso le costó un disparo accidental de un comando del inquisidor Nagash en pleno corazón secundario. Una vez terminada aquela misión con Aertes desaparecido, Rómulus herido, más de la cuarta parte de la fuerza de combate muerta y un inquisidor vertiendo acusaciones en contra de ellos, Dante destinó a Rómulus y sus hombres a la base remota Sangre de Sanguinius CXII, donde Caronte, habiendo sido ocultado a los ojos de Nagash, había iniciado el proceso para convertirse en un Ángel Sangriento. Todo cuanto hiciera Nagash ahora sería inútil; Caronte era ya parte del capítulo.

Frecuentemente le veía a lo lejos, entre interminables estanterías y escaleras que llevababan a más estanterías, manuscribiendo tomos de pergamino como era el deber de todo bibliotecario semático. Los codiciarios siempre informaban de Caronte con excelencia. Virgilio le había dicho alguna vez que ascendería con rapidez en el Librarium, y al parecer tenía razón. Sin embargo el capitán también fue informado de que se negaba a hablar con nadie; sólo practicaba sus habilidades telepáticas con sus superiores, y Rómulus y Remus eran los únicos a los que se dirigía empleando la verdadera voz de su garganta, los únicos por los que mostraba algún afecto adecuado a su infantil edad.

Una vez compilada gran parte de los escritos de su última campaña, fue llamado a una capilla de reunión en donde se dio parte oficial a los altos mandos de la existencia de un nuevo señor del Caos. Virgilio fue quien hizo toda la exposición. Aqulla fue una de las pocas veces que Rómulus pudo verle, pero ni siquiera cruzaron una sola palabra. Así era mejor, pensó Rómulus.

- Se hace llamar Nephausto, el No Sediento –relató Virgilio desde el cono de luz central de la oscura sala-. No tenemos ningún registro visual claro de él. Los únicos que pudieron verle cara a cara fueron el capitán Rómulus y ciertos miembros del capítulo de los Tigres Nevados, pero ninguna de las unidades de registro de sus armaduras ha podido ser recuperada en buen estado. Lo único que tenemos es esta grabación de la armadura del hermano devastador Doruh.

Virgilio se apartó del rayo luminoso para hacer sitio a la imagen holográfica que instantes después ocupó su lugar. Era un poliedro con múltiles pantallas, cada una mostrando una imagen extraña, parecía un edificio.

- El hermano Doruh cayó durante la última defensa de importancia que llevaron a cabo las fuerzas de la 6º compañía y los Tigres Nevados. En este momento está muerto, pero por mano del Emperador el visor quedó enfocado a la cúpula de la catedral profanada. Si invertimos...

El poliedro giró hasta colocarse boca abajo y la imagen cobró nuevo sentido. En efecto, era la cúpula superior de la catedral mayor de Cralti V, una forma semiesférica gris y verde recortada contra un cielo negruzco.

- La materia verde que recubre la estructura –prosiguió el bibliotecario- es la sustancia de origen demoníaco que, como expliqué anteriormente, aisló por completo toda la catedral cuando el capitán Rómulus se adentró en ella. Lo que nos interesa es esto.

Virgilio hizo una señal al operario de la consola de mando tras él y la imagen estática adquirió movimiento, pero no sonido. Las nubes grisáceas se movieron en el cielo, disipándose cada vez más, y se sucedían estallidos de luz y tierra en el límite del campo visual de la imagen. De repente la cúpula estalló enviando cristales y fragmentos de la costra verde en todas direcciones y algo surgió del interior bratiendo dos grandes alas negras. La imagen era muy deficiente y sólo se podía ver una masa borrosa alejarse por los aires.

- Esta grabación no nos aporta nada por sí misma pero con ella y la descripción del capitán y de los Tigres hemos creado un retrato aproximado de Nephausto.

El polihedro desapareció y dejó paso a la imagen tridimensional de un marine del Caos a tamaño real. Rómulus vio que los visiosiervos habían hecho un gran trabajo reconstruyendo la imagen del traidor Aertes según sus indicaciones. Por supuesto, les había mentido diciéndoles que en ningún momento pudo verle la cara a causa de su casco. El mismo Virgilio fue quien le ordenó mentir a ese respecto, lo cual inquietó a Rómulus ya que se suponía que él era quien daba las órdenes. La imagen era tal y como recordaba; una figura alta, más alta que Virgilio, con una servoarmadura verdosa erizada de cuernos, una capa negra envolviendo su generador dorsal y un báculo de madera tosca y retorcida en la mano.

- Las tres calaveras agrupadas en triángulo sobre su coraza –el bibliotecario señaló en la imagen- y la naturaleza de los marines traidores que están a sus órdenes nos indican que este nuevo enemigo es un devoto servidor del impío demonio Nurgle. Sin embargo escapa a nuestro conocimiento cómo ha podido surgir tan de improviso un señor del Caos del poder de Nephausto sin que se tengan registros anteriores de sus movimientos.

Virgilio siguió hablando durante horas, relatando cada detalle de la batalla por la catedral y haciendo incapié de la importancia de detener lo antes posible aquella nueva amenaza. Hizo escasa mención a la incalculable ayuda que les prestaron los Tigres Nevados, sin la cual era provable que no hubieran salido de aquel lugar con vida. Cuando la reunión terminó Rómulus no había sido requerido para responder a ninguna pregunta; había estado allí sólo como un adorno, a su parecer. Mientras volvía hacia el exterior de la fortaleza, donde se encontraba antes de ser llamado, pensó que los altos mandos quizá habían advertido al resto de los presentes de la reunión que no hicieran ninguna pregunta para mantener el mayor secretismo posible alrededor de Nephausto y de su pasado.

Algunos días más tarde la 6º compañía fue puesta sobre aviso. El capitán fue informado de nuevos ataques por parte de fuerzas el Caos en el sector Cralti. Cuando llegara la próxima nave de suministros a Baal, la 6º compañía al completo se abastecería y esperaría la orden de partir.

El carguero era realmente grande, de unas seis o siete veces del tamaño de una Thunderhawk. Aterrizó en las pistas de ala norte como una ballena posándose en un fondo marino, pesada y torpe.

Rómulus se sintió obligado a acudir a las pistas y observar cómo los siervos y neófitos descargaban contenedores de carga en forma de ataúd y otros del tamaño de Rhinos, ya que su llegada significaba que su marcha era inminente. En poco tiempo se estableció una especie de cadena humana: los mimebros del capítulo iban y venían del rojizo vientre de la nave, sacando su cargamento y volviendo a por más en un ciclo casi mecánico, entrando y saliendo de las sombras de la nave y del muelle de carga adosado a la estructura de la fortaleza. El sol estaba en lo más alto, en la hora en la que el cielo rojo de Baal brillaba con tal intensidad que diríase que el planeta entero estaba cubierto por un manto de fuego.

No hacía viento, y Rómulus no atisbó ninguna señal de tormenta de modo que se encaminó hacia el desierto. Se sentía extrañamente atraido por la profundidad de los desiertos de su mundo. Paseando por ellos encontraba una extraña y cálida paz. El viento acariciaba su rostro cuando a cualquier humano normal se lo habría agrietado en cuestión de minutos. El sol, capaz de resecar incluso los cactus rojos que crecían débiles, le cubría con un agradable manto de calor mientras su piel se oscurecía en respuesta. A lo lejos pudo distinguir las estrañas formas de roca de las montañas Concata que las tormentas de arena habían esculpido a lo largo de miles de años.

Apenas se había alejado cincuenta pasos de las pistas de aterrizaje cuando oyó algo que no había oído desde hacía mucho tiempo, algo que era lo último que esperaba oír en Baal.

- ¡Capitán Rómulus!, ¡Capitán!.

Era una voz femenina. Una voz jovial que Rómulus conocía bien.

- ¡Nekoi! –exclamó al volverse, dejando que su pensamiento fluyera por sus labios.

Nekoi de los Tigres Nevados, en su armadura blanca a rayas azules, que ahora ofrecía un brillante contraste con el entorno rojo del desierto, venía corriendo hacia él. Su cabello rubio se le vino hacia atrás por la sorprendente velocidad que llevaba aunque no daba la impresión de estar dando más que una leve carrera.

- ¿Qué estás haciendo aquí? –inquirió el capitán devolviendo la mirada de sus ojos color miel.

Ella respiró hondo un par de veces. El ambiente tórrido de Baal supuso un contraste que su cuerpo tardó unos momentos en asimilar. Al instante se recuperó por completo, recuperando su aspecto radiante como una de aquellas rosas de las nieves de Tigrit IV.

- Traigo un mensaje para vos –dijo ella apresuradamente-. ¿Podemos hablar aquí?.

Rómulus miró hacia el muelle de carga. Las huellas de Nekoi salían directamente de la pista de rococemento, apuntando directamente a la recien llegada nave. Sería mejor que no permanecieran demasiado tiempo donde demasiada gente pudiera verles.

- Ven conmigo –respondió tras unos momentos encaminándose a la fortaleza-. ¿Cómo vienes en una nave de carga?.

Nekoi le respondió mientras le seguía enseñándole un pergamino con una sonrisa maliciosa. Se parecía a los pasajes que él y Remus habían empleado alguna vez para ir a pasar su semana de descanso en el mundo de recreo de Galatan. – El piloto de la nave no pudo poner reparos para traerme, y un de los neófitos que están sacando la carga me dijo por dónde te había visto.

Ambos entraron por una compuerta lateral en la gran fortaleza-monasterio. Sólo unos ojos les vieron. El capitán no sabía que desde hacía varias semanas alguien le había estado siguiendo como un chacal al acecho durante su constante vagar a la espera de órdenes. Unos ojos azules como los de Rómulus se entrecerraron de rabia.

Apenas entraron en uno de aquellos grandes corredores, Rómulus condujo a Nekoi al interior de una sala de guardia. Era un lugar no muy amplio, pero que sabía que estaría desocupado.

- ¿Y bien?. ¿Qué es lo que ocurre?.

Se temió lo peor. Cada vez que Nekoi contactaba con él solía darle malas noticias, y el presentarse ella misma allí, en Baal, no podía ser nada bueno. Nekoi suspiró mirando a un lado y a otro. La sala era un sencillo centro de monitorización. Había paneles llenos de pantallas por toda una pared y varias consolas con aspecto de ser unidades de control de los sistemas automatizados de defensa, pero allí no había entrado nadie en mucho tiempo. Ni siquiera tenían aspecto de funcionar.

- Bien. pero ante todo no os alteréis, ¿si?.

La entonación de infantil inocencia no había desaparecido de su voz, lo cual alivió por una parte a Rómulus, pero le inquietó por otra.

- ¿Por qué?, ¿qué es lo que te ha traido hasta aquí?.

- Em... Mau está recluida en Tigrit IV. De hecho, la han internado en la fortaleza principal...

- ¿Qué? –Rómulus se alertó durante un momento, pero luego recordó que en Tigrit IV no había de mantener lo suyo en secreto, por lo que no podía ser que la hubieran descubierto-. ¿Por qué?, ¿qué le ha pasado?.

Nekoi se mostró indecisa. Estaba buscando el modo de decir lo que tenía que decir, pero se sentía apabullada por la misma noticia. Rómulus se impacientó.

- ¡Nekoi, contesta! –la garró por las hombreras de su armadura, mucho más pequeñas que las suyas-. ¿Qué ocurre con Mau?.

En aquel momento Nekoi parecía tan indefensa como una niña en las manos del cada vez más nervioso Rómulus. Desvió la mirada de sus ojos para seguir hablando. – Ehm... es algo relacionado con vos, capitán... relacionado con... ¿recuerda lo que hicieron los dos cuando se llevó a Mau a la nave orbital para dirigir desde allí a vuestro ejército?.

Rómulus se apartó un poco de ella sin soltarla aún. Lo recordaba muy bien. Había sido la última vez que había estado con Mau. Cuando las Thunderhawk se llevaron a los heridos al crucero espacial, después de haber recuperado la catedral, él volvió también a la nave con el pretexto de dirigir desde la órbita los siguientes movimientos de la compañía. En realidad había vuelto porque no quiso separarse de Mau hasta estar seguro de que se recuperaría del combate que ambos sostuvieron con Aertes. Estuvo velándola durante todo el tiempo que estuvo inconsciente y, cuando se recuperó, ya no pudo moverse de su lado.

- Lo recuerdo –contestó bajando la cabeza en una especie de velada advertencia-. ¿Por qué es importante eso?.

- Porque ahora ella lleva en su interior el fruto de vuestra relación –Nekoi sonrió de repente-. ¡Felicidades, capitán!. ¡Váis a ser padre con la bendición de nuestras damas de las nieves!.

Rómulus abrió los ojos como platos. Retrocedió un rápido paso como si hubiera recibido un golpe y se dio de espaldas contra una de las consolas haciendo mucho ruido. Sus labios se movieron, pero ninguna palabra brotó de ellos. Nekoi se sorprendió un poco de su reacción. Se había esperado algo parecido puesto que comprendía que, si bien una noticia como esa era acogida con júbilo entre los Tigres Nevados, para Rómulus debía de ser algo completamente nuevo. La sonrisa se diluyó en su rostro, pero no desapareció. Rómulus estuvo varios minutos llevándose las manos a la cabeza, mirando en todas direcciones y de nuevo aferrándose la frente.

- ¿Dices que ella va a... que está... embarazada? –logró articular.

Ella asintió amplificando su sonrisa de nuevo ante lo irreverente de la pregunta.

- ¡Emperador bendito!. Yo... ¡voy a ser padre...!

Nekoi encogió los hombros y entrelazó las manos esperando a ver la evolución del Capitán. Éste aumentó su nerviosismo de repente.

- ¿Pero cómo está ella?, ¿está bien?.

- Sí, perfectamente. Las apotecarias siguen su evolución de forma constante. Es para eso que la han llevado a la fortaleza principal.

Suspiró aliviado, doblándose sobre sí mismo y casi sentándose en la consola que acababa de aplastar. permaneció con la mirada al suelo como si estuviera perdido y no supiera adónde ir – Por los dioses de Baal, esto me sobrepasa. Ni siqueira me está permitido estar con ella y ahora... un hijo.

- No os preocupéis, capitán. Nosotros cuidaremos de que nada se descubra. Nadie tiene porqué saber que el niño es vuestro –ahora Nekoi adoptó un gesto de traviesa complicidad.

- No me preocupo por eso. Sé que ella... ellos... están a salvo con vosotros. Pero no podía imaginar nada parecido a esto. Yo, padre de un niño.

- Así es –Nekoi le puso una mano sobre el hombro-.Y ahora nos han puesto al corriente de que dentro de poco volveremos al sistema Cralti para volver a luchar juntos. Karakal recomienda que primero la 6º compañía se reúna con nuestras fuerzas en Tigrit IV para planear nuestros siguientes movimientos.

Rómulus sonrió por fin, comprendiendo la buena intención de Karakal al reclamarle en Tigrit IV. – Karakal –repitió riendo entre dientes-, ese viejo tigre...

Nekoi hizo suya la felicidad de Rómulus acompañándole con una risa cantarina. Rómulus alzó la cabeza y la miró a los ojos, como si hubiera recordado que ella también estaba allí con él.

- ¿Has venido hasta aquí solo para decírmelo?.

Ella asintió. Rómulus se levantó de su improvisado asiento y volvió a tomarla por el hombro, pero de un modo mucho más suave que antes. Antes de poder imaginarse la siguiente acción del capitán, Nekoi sintió un beso amistoso en su mejilla.

- Gracias, Nekoi.

Se sorprendió. No se lo esperaba de Rómulus. Pero en aquel momento experimentó un atisbo del amor que el capitán le profesaba a Mau y eso la hizo sentirse muy especial.

- Gracias a ti –respondió sonriendo coqueta. Acto seguido se llevó la mano a la boca- ¡digo... a vos!, que hicísteis feliz a Mau. Ahora iré a la nave de carga para transmitir a Karakal, avisándole de que iremos hacia allí, ¿si?.

- Desde luego –ahora Rómulus sonreía alegremente-. Pero volverás con nosotros, supongo. ¡No quiero ni preguntar cómo has conseguido ese salvoconducto!.

- Eso es secreto. No te preocupes, encontraré el camino hasta la nave.

Nekoi le dedicó una última sonrisa de pícara y desapareció por la puerta. Rómulus se quedó allí solo un rato más, terminando de asimilar todo aquello. Era la primera vez que oía hablar de algo parecido: un Ángel Sangriento padre de una criatura. Un hijo de marines espaciales. Sería un ferviente servidor del imperio, se dijo autoimponiéndose esa misión. Pero ahora debía tener más cuidado que nunca. Supo que no le sería fácil apartar de su mente esa sensación de orgullo que ahora le inundaba y que fácilmente le delataría a ojos de un psíquico hábil. Por el mismo motivo decidió no decírselo a Remus. Había causado demasiados problemas a su hermano como para aumentar la carga que ya tenía que soportar.

El gigantesco crucero estelar surcó silencioso el inmenso y vacío mar del espacio. Atrás quedaba la esfera roja de Baal; por delante, una nueva campaña, la razón de ser de todo marine espacial. Esta vez la 6º compañía contaba con muchos más efectivos. El paladín sangriento Manphred, los exterminadores del sargento Marcus, los motoristas del sargento Messor, los marines de asalto de Duvald y un Predator modelo Baal, el Filo de Arena, se habían unido a la habitual fueza compuesta por las escuadras tácticas Crasso y Méranis, los exploradores de Karpla y Malenko, el Dreadnought Fulventos, el capellán Sagos, el Razorback Puño de Marfil y el Rhino Nefasturris.

Rómulus estaba en los camarotes para oficiales de la cubierta 12, donde había alojado también a Nekoi como huésped de honor de la compañía. El resto de Ángeles Sangrientos se mostraban reservados con Nekoi y evitaban encontrarse con ella, siempre dedicados a sus quehaceres con plena devoción, de modo que la mayoría de sus paseos por los corredores y enormes salas llenas de incomprensible maquinaria y trabajadores mugrientos, la mayoría presos que expiaban así sus delitos contra el imperio, había de darlos sola o en compañía de Rómulus. La única excepción era el paladín Manphred, que se mostraba curioso acerca de los orígenes del capítulo de los Tigres Nevados y mantuvo largas conversaciones con ella al respecto, pero Nekoi no era especialmente ducha en tales conocimientos y las conversaciones solían desviarse a otros campos como estrategia o armamento. Manphred tenía el peculiar hábito de mantenerse siempre alejado de ella aun cuando estaban conversando, pero la única vez que ella se lo hizo notar el paladín rechazó hablar de ello.

Nekoi también pasó mucho tiempo hablando con el capitán acerca de las costumbres de su capítulo, principalmente para los neonatos. Ahora Mau habría de pasar los próximos meses recluida en una celda con la única visita de las apotecarias. No se permitía ningún otro visitante, pero dio a entender que harían una excepción con Rómulus.

Los camarotes en los que Rómulus la había instalado, anexos a los suyos, eran inmensos, muy lejanos de la idea sencilla y espartana que se había hecho de ellos en un principio. Estancias de altísimos techos decorados con frescos de Ángeles Sangrientos en plena batalla, mobiliarios de madera noble finamente trabajados y alfombras de bellos e intrincados diseños. Pero lo más exquisito eran las esculturas que adornaban cada esquina; magníficas reproducciones policromadas que sólo necesitaban hablar para ser confundidas con hombres o ángeles.

Ahora estaba sentada junto al capitán en lo que debía de ser una sala de reuniones con forma esférica. Había una enorme mesa holográfica en el centro con la que Rómulus estaba estudiando planos estelares del sistema Cralti.

La puerta se abrió de golpe y Remus entró en la sala a zancadas sin importarle que fuera un marine raso invadiendo territorio de oficiales.

- ¡Remus! –se sorprendió el capitán levantándose de la mesa.

Nekoi se apartó de la ventana desde la que había estado contemplado las estrellas y se acercó a él con un saludo a punto de salirle de la boca.

- ¿Qué significa esto, hermano? –inquirió Remus con enfado entrecortando a Nekoi-. ¡Dicen que nos dirigimos a Tigrit IV!.

Rómulus pasó por alto toda aquella falta de respeto a un superior y se limitó a responder a la pregunta con el tono aséptico y objetivo de un oficial. – Así es. Nos reuniremos con los Tigres Nevados antes de volver a Cralti.

- ¿De quién ha sido esa idea? –Remus desvió la mirada hacia Nekoi durante un solo instante-. ¿Es que estás loco?, ¿no te basta ya con verla furtivamente que inventas excusas oficiales para visitarla en la propia fortaleza de su capítulo?. ¿Qué crees que hará Virgilio allí sino vigilarte?.

- Virgilio fue reclamado en el Librárium antes de nuestra partida. No está a bordo de esta nave, ni vendrá con nosotros a la campaña.

- ¡Vaya!, ¡te las has arreglado para librarte de él!.

- ¡Hey, Remus, calma! –Nekoi se interpuso entre ellos dos buscando desesperadamente la mirada del artillero-. Rómulus no hace nada malo.

- ¿No hace nada malo? –Remus bajó la vista hasta Nekoi y se encrespó aún más-. ¡Ha puesto su vida y la mía propia en peligro mortal!. ¡Aunque me hiciera caso de una vez y dejara de verla, algún psíquico podría extraerle su recuerdo y condenarnos a todos!. ¡Y ni siquiera harán falta psíquicos!, ¡cualquiera que les vea juntos puede sospechar...!

- ¡No! –negó ella enfadándose a su vez-. ¡No puede ser malo que dos marines, dos paladines de la humanidad, se demuestren el uno al otro su lado humano!. ¡Ni tampoco que den al Imperio una nueva vida que luchará con su misma devoción!.

- ¿Qué?, ¿de qué nueva vida estás hablando?.

Nekoi se tapó la boca con ambas manos consciente de que, en su afán por defender a Rómulus y Mau, acababa de cometer un terrible error. Ante la mirada desconcertada de Remus, su hermano tomó la palabra haciendo a un lado a la chica con suavidad.

- Mau lleva ahora a mi hijo en sus entrañas, hermano –dijo el capitán.

- Tu hijo –Remus bajó la cabeza mirándole justo por debajo de las cejas-. Dices que... que ella... ¡Esto es grandioso!, ¡sencillamente grandioso!. ¡¿Es que estás completamente loco?!.

- No ocurrirá nada –intervino Nekoi con mucha más prudencia-. Nadie que no queramos sabrá que es de Rómulus.

- Espera... espera Rómulus, ¿estás seguro de que es tuyo?. ¡Vete a saber con cuántos más a estado Mau!. ¡Puede...!

Rómulus se plantó ante su hermano de una zancada e hizo chocar su frente contra la de él. Era como ver a alguien pegado a un espejo. – ¡Te he advertido que cuides el modo en que hablas de ella! –le gritó a la cara.

Remus se matuvo firme apretando cada vez más la mandíbula. Más que defender sus palabras, parecía haber estado buscando la excusa para enzarzarse en una nueva pelea con su hermano y estar a punto de encontrarla. El silencio que se hizo a continuación era frío y amenazante como el espacio del exterior de la ventana.

- ¡Ya basta, los dos!.

Los gemelos volvieron la cabeza hacia Nekoi con idéntica expresión, una expresión que la agredía por inmiscuirse. Durante un momento, ella misma se replanteó callarse y salir de allí, pero se decidió a continuar procurando parecer tan furiosa como ellos.

- ¡Remus, Mau le es completamente fiel a Rómulus!. ¡Lo que a ti te pasa es que estás celoso de tu hermano!.

El artillero encogió el ojo izquierdo. – ¿Celoso de él?.

- ¡Sï, estás celoso porque él ha encontrado a alguien y tú no!. ¿Acaso me equivoco?.

Remus se encaró otra vez con el capitán. El argumento de Nekoi le pareció tan infantil y absurdo que casi le hizo gracia que ella fuera una marine espacial. Se vio reflejado en los ojos azules de su hermano y, al ver que su rostro era idéntico al suyo, por primera vez en su vida sintió disgusto. – Estáis todos locos.

Dicho esto se dirigió hacia la puerta.

- ¡No, Remus, por favor! –rogó Nekoi cogiéndole de la mano e impidiéndole salir-. ¡No estamos locos, escúchame!.

Remus se volvió con un puño preparado para estrellarse en la cara de la marine.

- ¡Remus...! –empezó a quejarse su hermano dando un paso hacia él.

- Adelante, hazlo...

Nekoi no hizo ademán alguno de defenderse. Sus ojos ni siquiera parpadearon, ni se desviaron de los del artillero para ver el sólido puño que amenazaba como la cola de un escorpión.

- Vamos, Remus. Golpéame. Libera tu furia.

Remus encogió el puño un instante, pero se detuvo al ver que Nekoi se sobresaltaba. Nekoi no tenía la culpa de aquello, ella, al igual que él, se había visto mezclada sin poder evitarlo. Que ella sí lo aceptara no era motivo para guardarla rencor. Se relajó mirando al verdadero culpable, que permanecía allí de pie a la espera de su reacción. Seguro que se temía que le volviera a afectar la Rabia Negra, un temor que en aquel momento debía de ser la única cosa que compartía con su hermano.

- Remus –Nekoi le acarició la mano con un áspero raspar entre metales-, tu hermano va a tener a su hijo contra los dictámentes de vuestro capítulo. Ahora te necesita más que nunca y así sólo le haces daño.

Separó la mano de las de ella. Sin delicadeza ni brusquedad. Nekoi no intentó retenerle. – El daño ya se lo ha hecho él mismo. Ahora yo sólo puedo intentar que no se lo haga a nadie más de la compañía, ni del capítulo.

Remus se marchó dejando una escasa sensación de culpabilidad sobre la frente de Rómulus. El capitán caminó lentamente y cerró la puerta que había quedado abierta. Al volverse sintió más que vio la desolación de Nekoi y apoyó una mano en su hombro en silencioso agradecimiento por su intento de apaciguar a Remus. Ella asintió y se quedó mirando al suelo.

- A Remus le resulta imposible aceptar esta situación –se disculpó el capitán-. Desde nuestra iniciación en el capítulo mis insubordinaciones nos han costado a ambos más de una absolución. Ahora es mucho más grave. Si me descubrieran sería mi muerte inmediata y los Ángeles Sangrientos podrían entrar en conflicto con los Tigres Nevados acusándoles de hacerme caer en la herejía. Y nada de lo que yo dijera les convencería de lo contrario.

Nekoi se quedó rígida, sin saber qué decir o hacer. Delatar lo del hijo de Rómulus había sido una estupidez y lo sabía. Rómulus se dirigió de vuelta a la holomesa.

- Será mejor evitar a Remus durante un tiempo –recomendó el capitán al sentarse-. Es algo que me hace pensar: me prepararon para enfrentarme a cualquier situación de combate, pero no para enfrentarme a mi propia humanidad. Nuestra humanidad la inhibimos bajo la disciplina y el entrenamiento, pero cuando me plantó cara, no pude sino doblegarme.

- A nosotros nos enseñan a aceptar nuestra humanidad, y a vivir con ella –respondió ella en un susurro.

Rómulus meditó un momento y luego encendió la holopantalla sin mucha predisposición a continuar con su análisis. Tal vez, pensó, lo que percibía en los Tigres Nevados como inocencia no era sino la parte humana que a los Ángeles Sangrientos les era arrancada para endurecer sus mentes ante los peligros que les aguardaban y los envites de la Rabia Negra. Pero esa parte humana que había resurgido en él no podía ser herética ni blasfema; negó por completo esa idea puesto que era parte de él mismo y él nunca sería ningún hereje, ni un traidor al Imperio. Sólo era humano.

La fortaleza de los Tigres Nevados apareció por fin a la vista tras la última de un mar de montañas escarpadas y cubiertas de nieve. La Thunderhawk roja realizó un lento giro de aproximación mientras el piloto se identificaba y solicitaba permiso para aterrizar, dando así tiempo a su pasaje de contemplar la fortaleza a través de los monitores. En comparación con la fortaleza-monasterio de la que había partido aquella misma nave, el complejo era mucho menos extenso. No daba la impresión de ser suficiente para albergar a la totalidad del capítulo, por lo que debían de haber más fortalezas. Se erguía en medio de un inmenso valle blanco, apenas unas pocas estructuras trapezoidales que parecían enormes versiones de las tiendas de tela que habían visto al sobrevolar algunos poblados indígenas. La superficie de los edificios, así como las murallas que los cercaban, tenían un aspecto liso y puro como la misma nieve que lo rodeaba hasta donde alcanzaba la vista. Todo parecía tranquilo; aquel lugar invitaba a los visitantes con su quietud y armonía. Incluso podían distinguirse chimeneas de piedra aflorando de los costados inclinados de los edificios.

La nave aterrizó en una pista situada entre dos de los edificios más grandes. La primera figura que descendió por la rampa fue el mismo Rómulus seguido de cerca por Nekoi. Tras ellos bajó una pequeña comitiva a modo de guardia de honor formada por el capellán Sagos, quien no estaba allí para observar el protocolo precisamente, el paladín Manphred y los sargentos Marcus, Crasso, Duvald y Dálcabo. Remus fue el último en abandonar la nave. Había insistido al capitán en que se le permitiera acompañarle ya que había sostenido más contacto con los Tigres Nevados que ningún otro hombre de la compañía. Rómulus aceptó a regañadientes, dada que su conducta había sido muy cuestionable en los últimos meses. Se reunieron al pie de la rampa, todos llevando sus cascos bajo el brazo.

Crasso bajó la rampa cojeando ligeramente. El implante cibernético respondía con más lentitud de lo que el sargento estaba acostumbrado, pero le servía bien después de que un cuchillo de plaga obligara a los sacerdotes sangrientos a amputarle la pierna derecha. Tras él venía Duvald, con una cresta de cabello castaño cruzándole la cabeza por la mitad. Duvald era sargento de una escuadra de asalto, pero no llevaba los retrorreactores en aquel momento.

Manphred era especialmente alto. Su armadura negra de paladín del Emperador se alzaba media cabeza por encima del resto de Sangrientos y estaba decorada con joyas rojas y relieves de laureles. De su cinto colgaban dos espadas sierra de riquísima factura. Relucían pálidamente como la plata en medio de un aura de antigüedad y poder. Llevaba la cabeza rapada y le faltaba la oreja izquierda a juzgar por el implante en forma de rejilla que ocupaba su lugar. El aire aniñado de su rostro no podría haberse ocultado ni con la más feroz de las expresiones. Caminaba alejado del resto de Sangrientos, manteniendo siempre un par de metros entre él y los demás como si huyera de su proximidad.

Sagos, por el contrario, tenía un aspecto consumido. Los pómulos se marcaban claramente en su cara, sus labios eran escasos y estaban agrietados como si tuviera la manía de mordérselos, y cuando giró la cabeza pudo percibirse una enorme cicatriz entre los canosos mechones de su cabello. Su inseparable búho venía posado sobre su generador dorsal, pero no hizo ningún ademán de alzar el vuelo; su instinto animal parecía no existir, tenía una mirada calculadora e inquietante.

Cuando el grupo alzó la vista, fue consciente del engaño óptico por el que acababan de pasar. Los edificios que desde el aire les habían parecido pequeños se alzaban ante ellos como montañas. Rómulus y Remus ya estaban acostumbrados a aquel efecto y Sagos no prestó la suficiente atención, pero el resto quedaron claramente impresionados.

A su encuentro vino un pequeño comité de recepción de marines en la servoarmadura blanca de los Tigres encabezado por un hombre que rivalizaba en altura con Manphred y cuyo tamaño resultaba tan atemorizante como el de la armadura de exterminador que portaba Marcus. Karakal, el colosal Tigre de Fuego, se mesó su cabello y barba rojizos.

- Karakal... –saludó Rómulus dejando que él dijera las siguientes palabras.

- Hola, muchacho –respondió estrechándole los hombros con su gran fuerza-. Me alegro de volver a verte. Saludos a todos.

La voz de Karakal era un grave y contínuo rugido cargado de afabilidad. Su rostro portaba la misma simpatía, pero era perfectamente capaz de cambiar a un gesto feroz capaz de atemorizar a cualquiera de los presentes. Los Sangrientos, concretamente Manphred, Marcus y Duvald, alzaron las cejas al no estar acostumbrados a un comportamiento tan informal.

- Lamento haber tenido que enviar a Nekoi de un modo tan poco ortodoxo, pero el tiempo apremia ¿no es así?.

Con aquella frase Karakal disipó las dudas que pudieran existir entre los Sangrientos sobre la presencia de la Tigresa Nevada en Baal y a bordo del crucero del capítulo. Una mirada de complicidad cruzó los ojos amarillos del Tigre de Fuego.

- Bien... Karakal, te presento a Manphred Ironblood, paladín del Emperador de la 6º, compañía; el sargento exterminador Marcus Hengsk y el sargento Duvald Maedalus, al mando de nuestra sección de asalto.

- Es un honor –afirmó Manphred estrechándole la mano-. He oído cosas fascinantes de vosotros.

- Sí, supongo que así las llamarían fuera de aquí –Karakal les devolvió el gesto con los carrillos hinchados por una sonrisa-. ¿Dónde está Remus?. ¡Estás ahí!, ¿es que no vas a saludar a tus excamaradas?.

- Hola, Karakal –Remus se adelantó desde el último lugar y recibió el apretón de manos con una sonrisa forzada.

- Tienes buen aspecto. ¿Aún eres tan bueno disparando?.

- Haz la prueba –Remus sonrió por primera vez en muchas semanas.

Con una carcajada que hizo temblar la propia tierra, Karakal cogió el bólter de uno de los Tigres y se lo arrojó a Remus, quien lo atrapó por la empuñadura al vuelo y buscó de inmediato un objetivo. No lo encontró con la vista, sino con el oído. Un halcón de las nieves chilló a setenta metros por encima de sus cabezas. Remus apuntó recitando una plegaria al espíritu del arma para que le permitiera utilizarla. Los Tigres Nevados y la propia Nekoi estuvieron en un tris de impedirle disparar contra el ave, pero Karakal les detuvo con un gesto. Los Sangrientos enseñaron los dientes, confiados de la probada pericia de Remus con las armas de fuego. Tres disparos resonaron por el valle y tres casquillos cayeron fundiendo la nieve a su alrededor. El halcón se alejó ileso tomando cada vez más velocidad, pero los ojos de marine de los presentes distinguieron tres plumas de la cola que descendían empujadas por el viento. Karakal alzó los brazos atronando con sus risotadas, que esta vez fueron acompañadas por las del resto de Tigres y algunos de los Sangrientos.

En la sala de estrategia a la que les hicieron pasar poco después Karakal cambió su semblante amigable por otro mucho más atento y adecuado a las circunstancias. La holomesa, de un diseño distinto a las que Rómulus estaba acostumbrado a manejar, era lo más sofisticado que había en la sala. Había sillones de madera, que nadie empleó, y una crepitante chimenea construida de forma primitiva; con piedras y una especie de argamasa. Toda la fortaleza tenía un aspecto muy hogareño; incluso había una estantería con varios frascos junto a la chimenea cuya función en una sala de estrategia ninguno de los Sangrientos pudo comprender.

Allí se habían reunido con los Sangrientos tres de los oficiales de la 3º compañía de los Tigres nevados que les acompañarían a Cralti. La sargento Cheetah, al mando de la sección de motoristas, estaba allí, con la cara tapada como de costumbre tras un embozo atigrado que únicamente permitía ver sus ojos de esmeralda. A su lado estaban dos de las oficiales que Rómulus sólo conocía de vista, de cuando acompañaban a Mau en Galatan durante su semana de reposo, pero no habían participado en la anterior lucha por Cralti V. La que se presentó como capitana Panter tenía unos ojos verdes que infundían respeto. Se recogía su melena rojiza en una coleta trenzada pero tenía un aspecto mucho menos juvenil que la mayoría de Tigresas Nevadas; por el contrario, su rostro era duro, alargado y poco amistoso y daba la impresión de estar deseando acabar con aquello cuanto antes. La otra era la sargento Tigrit, líder de un grupo de guerreras equipadas para el asalto con retrorreactores. Ella misma llevaba su equipo retrroreactor acoplado a la servoarmadura, dispuesta para entrar en acción en cualquier momento. Tigrit era claramente una veterana de los campos de batalla, una mujer curtida por la experiencia y adiestrada por la misma guerra. Se había cortado su cabello rubio muy corto. Sus ardientes ojos anaranjados pasaban de una proyección holográfica a otra, asimilando rápidamente toda la información expuesta sobre el sistema planetario de Cralti y el mundo de Cralti IX, a donde debían dirigirse.

Conforme pasó el tiempo Rómulus se impacientó más y más. Ardía en deseos de ver a Mau, pero primero habían de salvar las apariencias trazando un primer plan de aproximación a Cralti. Karakal, que sabía bien de aquello, apresuró las planificaciones para darle la oportunidad de visitarla.

Mau pasó otra página del manuscrito y tomó otro sorbo del chocolate tigrino que se había preparado. Estaba tranquila ahora, tarareando una de las muchas caniones que conocía, cada una narrando una historia distinta. La celda en la que llevababa ya varias semanas tenía un aspecto acogedor. Allí no tenía conocimiento alguno de lo que ocurría en el capítulo, aunque una apotecaria le había dicho que posiblemente dentro de poco recibirían a unos oficiales de otro capítulo. Un enorme tisar de dos metros de largo, un cachorro que había constituido su única compañía permanente durante todo ese tiempo, descansaba tumbado en el suelo junto a la chimenea. Mau estaba cerca del tigre de las nieves sentada en un butacón de piel y madera. Estaba ataviada con un sencillo vestido tejido a mano por las tribus de las colinas y botas de cálida piel de tisar atadas con correas ya que no se le permitiría vestir su servoarmadura en mucho tiempo, y dentro de algunos meses, pensó con una sonrisa, ni siquiera podría ponersela.

Oyó ruido al otro lado de la única puerta. Alguien se presentó a las dos Tigresas Nevadas que la custodiaban como el capitán Rómulus Devine de los Ángeles Sangrientos, lo cual activó un resorte en Mau que la hizo levantarse de inmediato.

- ¡Ya está aquí! –le dijo al tisar con ojos chispeantes de impaciencia.

El animal alzó la cabeza perezoso durante un leve momento para luego volverse a acostar. La puerta se abrió girando pesadamente sobre sus goznes y entró un hombre con servoarmadura roja que cerró de inmediato. Se quedó quieta en medio de la sala, esperándole, pero cuando el hombre alzó la mirada reconoció las imperceptibles diferencias en su expresión. No era quien había dicho ser.

- ¿Remus?, ¿eres tú?.

- Así es –Remus dio sólo un par de pasos hacia ella y se quitó los galones de su hombrera-. Son de mi hermano. Él está ocupado con sus planes y estrategias y los tomé prestados para venir a verte. He tenido suerte de que esas marines que montan guardia ahí fuera no me conozcan. ¿Cómo estás?.

El modo en que Remus pronunció la palabra “prestados” fue suficiente para hacerla comprender que se trataba de un eufemismo.

- Vaya... eres muy amable tomándote esa molestia por visitarme, pero sabes que no puedes estar aquí. Si las guardianas se dan cuenta de que les has engañado...

- ¿Prefieres que me vaya?.

- ¡No, no!, ¡por supuesto que no! –negó Mau con la cabeza-. Me agrada mucho que estés aquí. Lamento no poder ofrecerte asiento, pero éstos no están pensados para soportar una servoarmadura.

Remus rió y se acercó un poco más. – Dime, ¿cómo estáis?.

- ¿Nosotros?.

- Tú y el niño –Remus bajó la vista hasta el vientre de Mau, pero miró demasiado arriba al no saber bien dónde se gestan los niños-. Nekoi me lo dijo.

- Oh... estamos bien. Las apotecarias creen que será una niña. ¿Pero cómo estás tú?, ¿nos echas de menos?. Sabes que puedes solicitar cuando te plazca otro periodo para luchar entre nuestras filas.

- Bien, bien...

- ¿Te apetece? –Mau alzó la humenate taza de la mesita.

- No.

Rómulus salió por la puerta en solitario. Ahora sólo restaba esperar a que los Tigres se organizaran para partir, pero mientras tanto iría a verla. Panter había salido por otra puerta con la misma prisa que él apenas se dieron por terminadas las planificaciones, Cheeath y Dálcabo estaban recordando anteriores batallas y Tigrit se había quedado hablando con Manphred acerca de sus magníficas espadas sierra.

Siguiendo las indicaciones que le habían dado, Rómulus giró a la derecha en la segunda bifurcación de aquellos pasillos blancos. Ninguno de sus sentidos aumentados le advirtió del peligro cuando una puerta se abrió a su paso y unas manos tiraron de él hasta el interior de una sala a oscuras sin poder evitarlo.

- Mau, sabes que ese niño supone un nuevo problema para mi hermano. Otra espada pendiendo sobre su cabeza.

Mau pareció avergonzarse al reconocer, sólo en parte, la razón en las palabras de Remus. – No hay por qué preocuparse. El capítulo cuidará de que nada se sepa.

- Oh si. Y desde luego ha hecho un gran trabajo hasta ahora. Pero como sin duda sabes, nuestro capítulo es especialmente receloso en cuanto a la pureza del alma de sus hermanos. Si consideran que el alma de Rómulus está mancillada, tomarán medidas. Y a ojos del capítulo, ese niño supone una mancha tan grave que dudo que exista un castigo para ello. Los Ángeles Sangrientos podrían entrar en guerra con los Tigres Nevados por esto.

- Sí, sí, sé cuáles son los riesgos. Pero los Tigres Nevados llevan muchos siglos manejando asuntos como éste...

- Pero no con los Ángeles Sangrientos por medio. Porque, no se si te lo has preguntado pero, ¿tienes idea de lo que la simiente genética de Sanguinius puede hacerle a ese niño?.

Mau calló. Realmente no se había planteado ninguno de los aspectos negativos de que aquel fuera hijo de Rómulus.

- Suponía que no –se contestó el mismo Remus-. Dime, ¿qué ocurrirá cuando la Rabia Negra le afecte?. ¿crees de verdad que podréis mantener en secreto que un marine ajeno a nuestro capítulo sufra de Rabia Negra?. ¡Ni siquiera es posible saber cómo afectará a su desarrollo!.

- ¡Cállate, Remus! –instó Mau mirando hacia otro sitio-. ¡No me importa nada de todo eso!. ¡Es el hijo de Rómulus, no quiero ni necesito saber nada más!.

Remus, que no había variado su expresión desde que entró, asintió. – Eso es, eso es exactamente lo que cree mi hermano. A él tampoco le importa ninguna consecuencia. Estar a tu lado, ser tu amor, es todo cuanto precisa desde que te conocimos.

Rómulus se revolvió. Las manos le soltaron y se puso en guardia activando la cuchilla relámpago en forma de pinza de su antebrazo. Su agresor estaba allí, podía verle en las sombras como si fuera de día. Más bajo que él, ocultaba su rostro bajo una holgada capucha. Portaba una servoarmadura cubierta por una especie de hábito, pero no parecía dispuesto a atacar.

- Te saludo, Capitán Rómulus –entonó una voz suave y melosa, susurrante como las aguas de un tranquilo río.

- ¿Quién sóis?. ¿Qué significa esto?.

- ¿Ya te has olvidado de mí?.

El intruso alzó un poco la cabeza y dos ojos grises como el acero brillaron en la oscuridad.

- ¿Gabriel?. ¿Eres Gabriel?.

El otro rió. De repente se hizo la luz y Rómulus pudo ver que, en efecto, se trataba de Gabriel, el bibliotecario renegado de los Ángeles Oscuros, con su armadura cubierta de los símbolos eldars que le costaron el exilio y la persecución.

- Sí que te ha costado reconocerme –dijo alzándose la capucha para descubrir su rostro.

- ¡Gabriel!. ¡Proscrito bendito!.

El capitán le abrazó en un efusivo choque mientras las cuchillas volvían a ocultarse en el soporte de su brazo. Ambos rieron mientras Gabriel le tomaba por la nuca con la misma alegría. Se separaron un momento para cruzar sus miradas y se volvieron a abrazar.

- ¿Cómo estás?. Sabía que te aguardaba un gran futuro –dijo el bibliotecario señalando los galones de capitán.

- ¿Cómo estoy?. ¡Eres tú quien debería preocuparme!. ¿Dónde has estado?.

- Huyendo, como parece ser mi destino. Mis visiones me dijeron que Tigrit IV sería un lugar seguro en el que refugiarse durante un tiempo. Conozco a los Tigres Nevados desde hace mucho, pero sólo unos pocos saben que estoy aquí. Así debe ser, por su propio bien. Ya conoces los métodos de la inquisición...

- Sí –Rómulus se palpó el pecho donde, bajo su coraza y la superficie de su caparazón negro, portaba un implante cardiobiónico de cuando interceptó un disparo destinado a Gabriel de las paranoicas tropas del inquisidor Nagash-, los conozco.

- Mau está muy bien. Mis visiones también me hablaron de ella y de ti, de una nueva vida que habría de venir.

- ¡Demonio de hombre! –se carcajeó el capitán-. ¡Como siempre, lo sabes todo antes siquiera de tener intención de decírtelo!.

- Así es –Gabriel soltó otra risa.

Remus empezó a pasear por la celda aumentando con ello la incomodidad de Mau. Tenía una mirada extraña, enajenada, que no había visto antes en ninguno de los dos gemelos. - ¿Recuerdas la primera vez que nos vimos tú y yo, en Galatan?.

Mau asintió. Hacía rato que había dejado de mirarle.

- Me confundiste con Rómulus. Pero aquella fue la primera y única vez que te ocurrió. Después ya fuiste capaz de distinguirnos. Me he preguntado muchas veces: ¿qué es lo que hay entre mi hermano y tú?. ¿Qué es tan importante para vosotros como para ignorar el universo que os rodea y los peligros que comporta que sigáis juntos?. Dímelo, Mau, por favor –La voz acusatoria de Remus se tornó en una petición-. Tengo que saberlo.

La Tigresa le miró al sentir el cambio de actitud. La cara de Remus era un fiel reflejo de lo que su voz expresaba. – Yo no sé explicarlo, Remus –dijo sintiendo un impulso cada vez mayor de pedirle que se marchara-. Es... no se... es algo especial que ambos compartimos...

- Sí, no dudo que es algo muy especial –Remus empezó a acariciarle el cuello con los dedos-. Sabes, hace poco Nekoi me dijo que estaba celoso de Rómulus. Lo negué en aquel momento, pero ahora no estoy tan seguro. Por eso estoy aquí, para averiguarlo. Y esperaba que tú me ayudases. No importa si no sabes explicarlo con palabras.

Siguió acercándose a ella como un doble perverso de Rómulus. Mau no aguantó ni un instante más.

- ¡Ya he oído bastante! –sentenció ella-. ¡Sal de aquí!.

Se volvió de inmediato hacia su escritorio, absteniéndose de forma consciente de llamar a las guardias. Ahora se sentaría, pensó, y le ignoraría hasta que se...

- ¿Qué es lo que ocurre? –Remus la agarró del brazo y la arrastró de nuevo junto a él-. ¿No soy lo bastante bueno para ti?. ¿Acaso mi...?

Mau se deshizo de Remus agarrándole la muñeca. Ambos quedaron allí mirándose en un silencioso desafío. Remus intentó agarrarla de nuevo, pero ella no permitió que su brazo avanzase ni un milímetro a pesar de no disponer de su servoarmadura. Aumentó su esfuerzo sin dejar de mirarla, sin dejar de estudiar aquellos ojos que se habían vuelto salvajes. Sintió también que su propio salvajismo, su rabia, empezaba a desatarse. Mau pudo percibirlo, al tiempo que se percató de que los ojos del artillero empezaban a enrojecerse. Sin previo aviso, Remus alzó un puño. El tisar de la chimenea reaccionó como un rugiente relámpago en defensa de Mau, saltando sobre Remus y aplastándole contra el suelo con su inesperado envite.

Remus maldijo al animal y bregó por sacárselo de encima, pero el tisar le sostuvo contra el suelo con una enorme zarpa y le golpeó con la otra al tiempo que le lanzanba dentelladas a la cara. Sostuvo al tisar por el cuello evitando por poco que le alcanzaran aquellos dientes de sable. Cuando el primer zarpazo se estrelló en su hombrera, alzó la otra mano para agarrarle la pata libre. Antes de que Mau pudiera intervenir las dos guardianas entraron alarmadas por los rugidos y encañonaron a Remus con sus bólters.

- ¡No te muevas! –gritó una de ellas.

El tisar siguió en su empeño obligando a una Tigresa Nevada a agarrarle por el morrillo, pero no logró refrenarle. Remus le cruzó el antebrazo en la boca y la bestia sacudió la cabeza violentamente.

- ¡Rash, quieto! –ordenaba la marine sin éxito.

Los ojos de aquel animal se fijaron en los suyos. Fue mucho más que una furia salvaje lo que vio en ellos. Vio una advertencia, un aviso de que no volviera a intentar hacerla daño o le despedazaría como a un cervatillo. Casi pudo oír aquellas mismas palabras en su mente.

La guardiana siguió tirando del tisar para quitárselo de encima y, de pronto, el mismo animal saltó y salió corriendo por la puerta como si su instinto le hubiera advertido del peligro. El sangriento seguía en el suelo. Se retorcía de un lado a otro y se agarraba la cara defendiéndose aún del tisar. Arqueó la espalda soltando un gemido entrecortado y se relajó, yaciendo como un cadáver entre los objetos que habían caído de mesas y estantes durante la lucha.

- ¿Remus? –llamó Mau temerosa de que el tisar le hubiera herido gravemente.

No hubo respuesta.

- ¿Cómo está Caronte? –preguntó Gabriel sentado sobre una mesa metálica.

Hasta hacía un momento Rómulus no se había dado cuenta de que aquella sala era un almacén de algún tipo lleno de cajas de ceramita firmemente selladas.

- Está muy bien. Los bibliotecarios dicen que tienen un gran potencial, tal y como dijiste –Rómulus le dio un golpe en la hombera-. Dijeron que lo retendrían por poco tiempo en el rango de semántico para facilitar el desarrollo de sus habilidades.

El bibliotecario se llevó las manos a las sienes en un respingo. Abrió los ojos al máximo, desvelando unas pupilas tan contraídas que apenas eran meros puntos en el centro de sus iris acerados. Su frente se perló de sudor y el cabello empezó a erizársele levemente. - ¡Mau...! –balbuceó-. ¡Salid de ahí ahora!.

- ¿Mau?. Gabriel, ¿qué...?.

- ¡Están en peligro! –gritó Gabriel saliendo al pasillo.

Rómulus no necesitó oír nada más. Siguió a Gabriel en una desesperada carrera por los corredores. Recordando en un microsegundo el camino que le habían indicado para llegar a la celda de Mau, comprobó alarmado que Gabriel se dirigía directamente hacia allí.

- ¿Qué ha pasado, Mau? –preguntó la Tigre Nevada mientras su compañera se arrodillaba junto al inerte Remus para comprobar las heridas de su cara-. ¿Qué es lo que ha hecho?, ¿por qué le ha atacado Rash?.

- ¡Eso no importa ahora! –gritó Mau mientras su camarada la alejaba de él-. ¡Remus!, ¿puedes oírme?.

- ¿Remus? –la otra Tigresa miró a Mau-. ¡Se identificó como el Capitán Rómulus!.

- ¡No, vosotras no le conocéis pero éste es el Ángel Sangriento que estuvo trasladado aquí con nosotros durante algunos meses!. ¡Es hermano del capitán Rómulus!.

La mano de Remus se alzó con vida propia y atrapó a la Tigresa por el cuello, aplastándole el collar que fijaba el casco de la armadura y cortándole en seco la respiración. Cuando abrió los ojos sólo pudieron verse dos orbes de sangre en sus cuencas. Encogió las piernas y se puso en pie en un extraño ejercicio levantando a la marine, que aún vivía a juzgar por los espasmos de sus piernas, hasta que sus botas blindadas no tocaron el suelo.

- ¡Emperador! –exclamó la otra marine apuntando directamente a la cabeza de Remus-. ¡Soltadla ahora mismo o disparo!.

Gabriel alcanzó la puerta de la celda de Mau y vio cómo Remus, tal y como le indicaron sus poderes, había caido en la Rabia Negra y estaba estrangulando a una de las guardianas. Remus reaccionó lanzando a la marine contra él. El bibliotecario se agachó fugazmente a la vez que entraba en la sala provocando, sin poder evitarlo, que fuera Rómulus quien recibiera el golpe y cayera de espaldas.

Mau vio cómo el rostro de Remus se desfiguraba bajo un gesto de infinito odio y salvajismo. Empezó a convulsionarse otra vez y su altura pareció aumentar levemente, aunque no sabía si era real o se trataba de algún extraño espasmo. Sus ojos rojos le daban un aspecto monstruoso e irreconocible. La otra Tigresa empleó su bólter para estrangularle por detrás en un intento de refrenarle. Mau le inmovilizó el brazo derecho con una complicada traba.

- ¡No, Mau! –gritó Gabriel al tiempo que llegaba para atraparle el otro brazo-. ¡Fuera!, ¡vete!.

Al sentirse atrapado, Remus gritó histérico aún cuando la Tigresa le estaba aplastando la garganta. Alzó el brazo derecho hasta que Mau tuvo que permanecer de puntillas y entonces la impulsó contra el bibliotecario.

- ¡No!.

La súplica de Gabriel no sirvió de nada. Remus utilizó a Mau como arma y la estampó contra Gabriel lanzándoles a los dos hacia atrás. El Ángel Oscuro se golpeó de espaldas contra la pared, abollando ligeramente su superficie, pero protegiendo a la Tigresa del impacto.

Tras haber depositado a la marine inconsciente en el suelo, Rómulus entró sólo para ver cómo Remus agarraba a la otra guardiana por las muñecas y la hacía abrirse de brazos de golpe, arrancando los brazales de su armadura y descoyuntándole los brazos. Acto seguido se volvió, levantó a la Tigresa por encima de su cabeza y la estrelló contra el macizo escritorio de la pared partiéndolo en dos.

- ¡Remus, detente!.

A pesar de que su voz era un ruego, el primer movimiento de Rómulus fue un puñetazo lanzado a la cara de su hermano. Remus reaccionó mucho más rápidamente que él; detuvo el puño con una mano y deslizó la otra tras la nuca de Rómulus hasta agarrarle por la mandíbula. Rómulus sintió que su hermano intentaba retorcerle la cabeza y su fuerza no le bastaba para impedírselo. Los músculos de su cuello se vieron más y más forzados a una postura imposible y la vista empezó a llenársele de puntos luminosos. Todos sus gruñidos y forcejeos fueron inútiles cuando sus vértebras empezaron a crujir.

Mau se encaramó de un salto al generador dorsal de Remus y le hincó las uñas en la cara como un tisar furibundo. Remus sólo reaccionó cuando ella le hundió los índices en los ojos, soltando a Rómulus y quitándose las manos de Mau de la cara con tal velocidad que su fuerza parecía insignificante en comparación.

Gabriel se recuperó del golpe que se había dado en la cabeza y vio a Rómulus de rodillas en el suelo y a Remus corriendo hacia atrás para aplastar a Mau, subida a su espalda, contra la pared. Mau ejecutó una voltereta por encima del rabioso permitiendo que el golpe se lo diera él solo. En cuanto tomó tierra Remus alargó las manos para atraparla, pero ella se revolcó por el suelo escapando fácilmente gracias a su agilidad felina, máxime ahora que su servoarmadura no le restaba movilidad. Tras esquivar otro golpe Mau vio que Rómulus seguía de rodillas, apoyado con las manos en el suelo y respirando con hondos jadeos.

- ¡Rómulus! –le llamó. Cualquier reacción la habría interpretado con alivio, pero el capitán no pareció oírla.

- ¡Mau, te he dicho que salgas de aquí! –gritó Gabriel poniéndose junto a ella.

- ¡No pienso irme!.

Viendo que, siendo inicialmente cinco contra uno, Remus había dejado fuera de combate a su hermano y a las dos Tigresas Nevadas, era posible que no pudieran con él sin ayuda, pero Gabriel ya conocía el modus operandi de los Sangrientos cuando uno de ellos caía presa de la Rabia en un lugar fuera de los dominios de su capítulo.

- Las encontramos durante el registro de una barcaza espacial a la deriva –explicó Manphred a Tigrit sostendiendo en alto una de sus espadas sierra mientras ella examinaba la otra-. La barcaza resultó ser la última nave de los Guadañas del Emperador.

- ¿Los Guadañas? –se extrañó la sargento-. ¡Pero si fueron aniquilados por los tiránidos hace siglos!.

- Así es. La nave no tenía capacidad de propulsión y no hallamos rastro de la sección de proa, pero estaba siendo empleada por orkos como medio de transporte de modo que la abordamos para exorcizarla de la presencia alienígena. Encontramos la armería, también devastada, pero logramos recuperar algunas de sus armas más reverenciadas.

- ¿Éstas son armas de los Guadañas del Emperador?.

Manphred asintió. A pesar de estar hablando con Tigrit se mantenía alejado de ella.. – Cuando las encontré decidí que merecían un fin más digno que el de su capítulo y reclamé derechos de rescate sobre ellas.

El paladín giró la espada que empuñaba para mostrarle una leyenda en la base de la hoja.

- Ésta es Mercuria –dijo repitiendo lo que Tigrit leyó-. Creemos que era otorgada al comandante de la 1º compañía del capítulo. En las manos tenéis a su hermana Plutonia, como podéis leer en ella. Estamos seguros de que ambas fueron fabricadas por el maestro armero Absóluton a juzgar por las inscripciones que recuperamos de los mamparos de la armería. Este diseño dorado tan complejo tiene algún significado que también nos es desconocido. Ahora fijáos en esto.

Manphred activó a Mercuria. Los dientes de su filo empezaron a chispear con diminutos rayos azules saltando de uno a otro en cadena. Cuando pulsó la runa de la empuñadura, el filo se convirtió en un ondulante relámpago. El paladín siguió hablando con su rostro iluminado desde abajo por el resplandor azulado. Su voz adquirió un tono dramático y atemporal.

- Cada uno de los dientes de estas espadas es una diminuta arma de energía. Al activarse, el filo se convierte en un verdadero vórtice de destrucción. Los tecnomagos de mi capítulo aún no han podido comprender cómo fueron construidas, y es muy probable que nunca lo sepamos. Es otro de los secretos que los Guadañas se llevaron a la tumba.

Tigrit se mostró muy impresionada aún después de que Manphred hubiera desactivado el arma. Le devolvió a Plutonia manipulándola de forma reverente en señal de respeto a su hacedor. Manphred la tomó alargando el brazo lo más posible, procurando no acercarse en demasía a la Tigresa.

Se oyó una especie de aleteo en la sala de estrategia. El búho del capellán Sagos había levantado el vuelo y estaba volando en círculos por encima de su cabeza.

- ¿Qué hace? –preguntó Cheetah.

Todos los Ángeles Sangrientos de la 6º compañía sabían reconocer aquel comportamiento en la mascota del capellán Sagos. Se decía que aquel animal era una especie de mutante psíquico similar a los empleados por los inquisidores del Ordo Malleus, pero había pasado una tras otra todas las inspecciones y exámenes a que había sido sometido sin dar muestra alguna de ser otra cosa que un búho oxa. Cuando salió volando por una entrada, todos los Sangrientos lo siguieron de inmediato sin pronunciar una palabra.

- ¡Eh! –gruñó Karakal persiguiéndoles-. ¿Qué es lo que ocurre con ese animal?. ¿He de dar la alarma?.

- ¡No! –respondieron Crasso y Manphred a la vez.

- ¡Nada de alarmas! –puntualizó Dálcabo.

Todos abandonaron la sala exceto Marcus, quien se llevó la mano al comunicador de su oreja y dijo algo en la lengua de Baal dirigiéndose al piloto de la nave que aguardaba en las pistas de aterrizaje.

Remus se acercó con sus ojos de demonio fijos en ella, Gabriel se interpuso y el rabioso le atacó de inmediato. Gabriel detuvo su primer puñetazo, pero el segundo le azotó la cara como un relámpago. Mau impidió que le asestase un tercero. Remus retorció el brazo hasta atrapar el de Mau bajo el suyo y tiró de Gabriel con la otra mano hasta estrellarle contra su frente. Gabriel trastabilló hasta caer sentado y Mau volvió a clavar las uñas en la cara del artillero. Remus extendió los dedos de su mano libre como una punta de lanza dispuesta a enterrarse en el vientre de ella. Mau vio su intención y preparó el brazo para defenderse, pero era consciente de que incluso con su armadura habría sido casi imposible detenerle.

- ¡Remus... Remus, no! –Mau le miró a los ojos cabeceando en una súplica.

No fue un gesto salvaje que no la reconociera lo que la asustó. Fue precisamente que sus ojos llenos de sangre la reconocieron y no por ello se detuvo. Una detonación y un súbito destello les sorprendió a ambos. Bajaron la vista, pues habían sentido algo, y vieron que la armadura de Remus tenía un agujero en el costado.

Rómulus se levantó sin dejar de apuntar a su hermano con el bólter de la Tigresa Nevada que ahora yacía entre los restos del escritorio. El cañón humeante tembló en su mano, pero permaneció fijo en la coraza de Remus. El capitán había activado la cuchilla relámpago de su otro brazo; las hojas se habían desplegado y lanzaban impacientes descargas energéticas al aire. Mau aprovechó la confusión para zafarse de él y corrió a encontrarse con Rómulus. Ambos se abrazaron ante los ojos atónitos de Remus, que no parecía dar crédito a la sangre que empezaba a resbalar por su pierna hasta el suelo. Una lágrima se deslizó por la mejilla de Rómulus a la vez que una gota de sangre la imitó brotando del ojo rojo de Remus.

- ¡Gabriel...! –empezó a decir Rómulus al ver que Gabriel volvía a levantarse ignorando la brecha de su frente.

- ¡Rómulus, Mau, salid de aquí!.

- ¡No te dejaré solo con él!. ¡Mau, ve a...!

- ¡¿Es que no me has oído?!. ¡Dejadnos!.

El capitán desplazó a Mau tras él con un brazo, pero ella se negaba a soltarle. Remus había vuelto a perder el control y ahora no podrían contenerle. Sintió el bólter mucho más pesado de lo normal. Si quería detener a su hermano sólo podría hacerlo disparando, sin embargo recordó que Gabriel tenía una mayor posibilidad gracias a sus poderes. El bibliotecario proscrito estaba herido en la cabeza, pero su determinación no había menguado ni un ápice.

- ¡Fuera!.

Remus no se movió del sitio cuando Rómulus asintió y retrocedió hasta salir de la celda. No se movió cuando su hermano cerró la puerta, ni cuando se oyó el complicado y repiqueteante mecanismo de cierre. Estaba sorprendido, triste. Lloraba lágrimas rojas por un motivo que su mente destrozada por la Sed no comprendió en aquel momento.

- Ahora estamos tú y yo solos, Remus –oyó tras él.

Mau abrazó a Rómulus con todas sus fuerzas.

- ¿Estás bien? –quiso saber Rómulus tras arrojar el arma la suelo-. ¿Estás bien?.

Mau asintió, pero el capitán la examinó de todas formas para comprobar que su vestido no estuviera manchado de sangre. Mau desdeñó aquello y le volvió a abrazar.

- ¡Gracias al Emperador! –susurró el capitán cerrando sus ojos llorosos.

Unos ruidos guturales les hicieron volverse hacia la Tigresa Nevada con la que Remus había golpeado a Rómulus. Se estaba convulsionando en el suelo del corredor, pero le faltaban fuerzas incluso para tener espasmos. Se ahogaba. Ambos se arrodillaron a su lado.

- ¡Hay que pedir ayuda! –se preocupó Mau quitándola el casco.

- ¡No! –se negó Rómulus para su sorpresa-. ¡No llames a nadie!, ¡nada de alarmas!.

- ¡Morirá si no lo hacemos!.

- No morirá.

Rómulus arrancó el collarín destrozado de la armadura de la chica. Su cuello estaba amoratado y la carne torcida extrañamente.

Gabriel se matuvo impertérrito ante el aterrador rugido de Remus. Los pergaminos caídos y las astillas de madera empezaron a arremolinarse en torno al bibliotecario empujadas por un remolino. Remus alzó la cabeza sorprendido. El vaho de ambos se hizo visible por un brusco bajón de la temperatura de la celda conforme Gabriel desplegaba sus poderes. El tiempo se ralentizó cuando Remus emprendió una corta carrera hacia él con las manos encogidas de furia dirigiéndose a su cuello. Gabriel se agachó y, apoyándole el hombro en el estómago, lo catapultó contra la pared.

Remus se levantó sin ser consciente de los desperfectos causados a su generador dorsal por el impacto y volvió a cargar como una bestia salvaje. De nuevo todo pareció suceder más despacio cuando Gabriel pasó por encima de él con un salto de altura imposible y le pateó la nuca. Remus bajó la cabeza para rodar por el suelo en vez de caer de bruces. Se levantó llevando una silla en la mano y la blandió en un arco horizontal. Gabriel se cubrió dejando que la silla de madera se desintegrara prácticamente contra sus puños, pero no contaba con que su oponente aprovecharía su movimiento de defensa para agarrarle por los brazos. Quedaron cara a cara, debatiéndose por toda la estancia, pisando los pocos frascos intactos que quedaban esparcidos por el suelo. De repente Remus fue incapaz de hacerle retroceder otro paso. Gabriel aumentó su masa hasta tal punto que resultó inamovible para el artillero. Remus intentó levantarle del suelo, pero era como si su armadura estuviera soldada a él.

Gabriel se concentró para lanzar un ataque psíquico contra Remus en un afán de dejarle inconsciente sin tener que recurrir a medidas mayores, pero en aquel momento el joven bibliotecario descubrió porqué eran los capellanes y no los bibliotecarios de los Ángeles Sangrientos los encargados de custoriar a los que caían bajo la Rabia Negra. La mente de Remus era un caótico torbellino de furia, angustia y dolor incapaz de verse afectado por sus poderes psíquicos. Quedó atónito cuando sus pies empezaron a elevarse. Ahora su cuerpo pesaba como una tonelada, pero la Rabia parecía dar fuerza ilimitada a su víctima, que chillaba sin parar taladrándole con aquellos ojos aterradores. Había cometido un grave error al creer que podría detenerle él solo.

Remus le zarandeó hasta golpearle de cabeza contra la chimenea. Acto seguido lo martilleó contra la pared y lo volvió a lanzar contra la hueca columna de piedra desparramando pavesas y cascotes por todo el suelo. Gabriel rodó sin sentido hasta quedar a sus pies, pero no era él a quien quería destripar. No. Era a ella. Ella era quien había de morir a sus manos. Era su sangre la que quería degustar, sus huesos los que quería destruir.

- Apoya las manos así –instruyó Rómulus apresuradamente colocando las manos de Mau a los lados del cuello de la Tigresa.

- Pero tú decías que las curas de combate no se te daban bien –dijo Mau obedeciendo.

Rómulus no la hizo caso. Devolvió la mirada a la Tigresa, que parecía asustada. Su respiración no era más que un esforzado susurro y los labios habían empezado a ponérsele azules.

- Ahora resiste –advirtió-. Esto te dolerá.

Colocó un puño sobre su garganta y presionó con fuerza. Hubo un chasquido cuando la tráquea de la marine volvió a su posición y ella se contrajo por no gritar. Empezó a respirar muy rápidamente, luego tosió, pero debio de serle muy doloroso a juzgar por su cara.

- ¡Está bien! –se alegró Mau.

- Lo estará. Ahora ve a la sala de estrategia 2 y trae a Sagos.

La puerta de la celda salió despedida, arrancada de sus goznes de golpe por la carga feroz de Remus. Rómulus temió por las vidas de Gabriel y la otra Tigresa Nevada.

- ¡Mau, ve! –chilló Rómulus activando su cuchilla relámpago.

No dio tiempo a Remus de asimilar el cambio de estancia. Le placó por bajo, abrazándole la cintura a la vez que empujaba con el hombro, pero sólo logró hacerle retroceder un par de pasos. Remus descargó sus manos enlazadas sobre su generador dorsal, inconsciente debido a su locura que aquel era el punto menos vulnerable de la servoarmadura. Sin embargo Rómulus cayó de rodillas debido a la fuerza del impacto y sintió que el espíritu de su armadura se debilitaba, herido por el daño causado a su unidad de alimentación. Negándose a darse por vencido, Rómulus se aferró a sus piernas decidido a inmovilizarle como fuera. Sólo emplearía su arma como último recurso; no mataría a su hermano a menos que no hubiera otra salida. Remus le golpeó una y otra vez en la cabeza, los hombros, cualquier parte que pudiera alcanzar con los puños. Mau llegó inesperadamente a la carrera; se propulsó sobre la espalda de Rómulus y dio un salto mortal hacia atrás propinando a Remus una tremenda patada en la barbilla que, junto a la presa de su hermano, lo derribó de espaldas. Rómulus saltó de inmediato sobre él frustrando su intento de agarrar a Mau cuando pasó junto a ellos a toda velocidad en dirección a la sala de estrategia 2.

Mau corrió todo cuanto pudo con el ruido de la pelea entre hermanos persiguiéndola por los pasillos. Rómulus nunca le había hablado demasiado respecto a la Rabia Negra. Sólo sabía que era una especie de maldición, una penitencia que los Ángeles Sangrientos debían soportar. Había visto a los Sangrientos luchar en Cralti V, los había visto descargar un odio exacerbado contra los herejes que habían invadido aquel mundo, pero no había podido imaginar que aquella brutalidad pudiera dominarles a ellos hasta aquel extremo. ¿Habría sido la Rabia lo que hizo a Remus comportarse de aquel modo tan extraño?. En el fondo de su alma, Mau sabía que no. Al doblar una esquina se cruzó con un gran pájaro negro con grandes ojos como ascuas. Acto seguido apareció Sagos seguido por un grupo de oficiales de ambos capítulos. Los Tigres se detuvieron junto a ella mientras que los Sangrientos pasaron de largo.

- ¡Mau! –suspiró Tigrit deteniéndola por los hombros-. ¿Qué estás haciendo aquí?.

- ¡En mi celda! –respondió ella tirando de las manos de Tigrit-. ¡Rápido, necesita ayuda!.

- Un momento. Tigrit, quédate con ella –ordenó Karakal.

Karakal y Cheetah reemprendieron su carrera. Llegaron al corredor en el que se encontraba la celda de Mau y vieron a una de las guardianas tumbada y luchando por respirar. Los Sangrientos estaban sujetando a otro de sus propios camaradas contra el suelo con la ayuda de Rómulus, y aún entre los cinco tenían dificultades para contenerle. A quien contenían, según pudieron ver, era al mismo Remus.

- ¡No os hacercéis! –clamó Rómulus alzando la vista.

Uno de los de armadura negra, Sagos, empuñó su Crozius Arcanum con lentitud y descargó un golpe tras otro sobre la cara de Remus. Se ensañó torciendo cada vez más su afilada cara mientras los demás, Rómulus incusive, no hacían más que facilitarle aquel siniestro trabajo.

- ¡Ya basta, Sagos! –gritó Dálcabo, pero no hizo nada por impedirle seguir-. ¡Váis a matarle!.

Sagos no se detuvo. Siguió golpeándole hasta que su Crozius estuvo rojo de sangre. El búho se había posado en el suelo cerca de ellos mirando con inconsciente curiosidad hasta que el capellán decidió parar, momento en el que voló en un rápido giro para subirse a su hombrera.

Los Tigres se limitaron a contemplar cómo los Sangrientos se levantaban y se apartaban del capellán y de Remus. La cara del artillero era ahora un amasijo irreconocible que derramaba sangre en cantidad alarmante por todo el suelo. Sagos dedicó un solo instante para comprobar su pulso, luego le agarró por el collar de la armadura y se lo llevó a rastras en dirección opuesta a la que habían llegado. Llevaba la cara manchada con salpicaduras de la sangre de Remus y su torva mirada parecía poco consciente, o quizá demasiado, de lo que acababa de hacer. Pasó entre los Tigres, que le abrieron paso de inmediato, dejando un reguero rojo a su paso.

Cheetah acudió a socorrer a la Tigresa, que aún respiraba con dificultad, pero respiraba. Manphred y Crasso entraron en la celda y al poco sacaron a otra Tigresa Nevada completamente aturdida.

- Cuidado –advirtió Manphred cuando Cheetah se acercó a ayudarles-. Tiene los brazos dislocados.

Karakal entró en la celda de Mau para echar un vistazo. Estaba completamente destrozada; no había un solo mueble entero; algunas de las paredes blindadas tenían abolladuras; incluso la chimenea estaba hecha pedazos. – ¡Por todos los demonios!. ¿Quiere alguien explicarme qué ha pasado aquí?.

Rómulus entró también, pero se quedó en el umbral. No había ni rastro de Gabriel. Cuando Karakal se volvió hacia él, Rómulus vio su gesto de disgusto y temió que su amistad pudiera haber quedado destruida junto con todo lo demás en aquella celda.

Custodiado por dos Tigres Nevados, el capitán Sangriento avanzó por un corredor cuyo aspecto le parecía ahora menos acogedor. Karakal le había pedido que esperara en los aposentos que le habían asignado mientras la Señora del Capítulo Bastet era informada de aquel incidente, aunque su voz no había sonado como ningún ruego. Manphred se había quejado de que aquello era una velada insinuación de que Rómulus sería puesto bajo arresto, pero el capitán accedió por propia voluntad.

Uno de los Tigres le abrió la puerta mientras la otra permanecía tras él. Ninguno de los dos sabía porqué les habían ordenado escoltar al capitán a sus habitaciones. El suceso se conservaba en secreto por ahora y así debía seguir siendo. Entró. La puerta se cerró y no oyó el mecanismo de cierre. La habitación estaba a oscuras, pero no necesitó las luces para ver que había alguien más allí, en pie, entre las sombras, apoyado contra una esquina con los brazos cruzados y la cabeza baja. Se alegró de reconocer a Gabriel, pero no dijo nada.

- ¿Cómo te encuentras? –preguntó el bibliotecario.

La respuesta de Rómulus fue arrojar su casco a un rincón y quedarse allí de pie mirando al oscuro techo. Negó con la cabeza a la vez que soltaba un largo suspiro. – ¿Tú estás bien?.

- ¿Yó?. He sufrido heridas peores –Gabriel se pasó un dedo por la herida de su frente, que ya había cicatrizado- pero nunca me habían vapuleado de esta manera. Bueno sí, mi maestro eldar... pero esa es otra historia.

Gabriel sonrió, pero Rómulus no tuvo ánimo de imitarle. Su hermano estaba a punto de sucumbir a la Rabia Negra de forma irremisible, si no lo había hecho ya, y se sentía culpable. El encapuchado se acercó en respuesta a sus pensamientos y le puso una mano amiga en la nuca. Ambos eran de la misma altura y sus rostros, aunque diferentes, compartían su aspecto .juvenil

- No va a sucumbir –susurró-. Quizá le pierdas durante algún tiempo, pero volverá a tí.

Rómulus sonrió levemente, confiado la predicción de Gabriel. Gabriel nunca le había dicho nada que no se hubiera cumplido, por ello recibía sus palabras con respeto y recelo a partes iguales. Sin embargo otra preocupación saltó a la mente del Sangriento. Una duda que le había perseguido ya durante demasiado tiempo; y era posible que Gabriel tuviera la respuesta.

- ¿Es una maldición para un marine ser consciente de su propia humanidad? –preguntó directamente como si viniera al caso.

Gabriel respondió rápido y seguro revolviéndole suavemente el cabello; sin duda sabía que iba a hacerle aquella pregunta. – No, Rómulus. Lo que es una maldición es convertirse en una máquina de matar sin sentimientos ni compasión. Nuestra humanidad es lo que nos diferencia de nuestras pesadillas y enemigos. Perder nuestra humanidad... sería perder las fronteras entre ellos y nosotros.

- Pero es desde que mi humanidad me encontró que he sufrido más que en toda mi vida. Hablas de perder nuestra compasión pero se supone que los marines espaciales no tenemos compasión; que no tenemos miedo, porque somos su misma encarnación. Yo tengo miedo, Gabriel. ¡Yo, un Ángel Sangriento!. Miedo de perder a Mau, de perder a mi hermano... miedo de...

- Escucha –Gabriel le interrumpió poniéndole su otra mano sobre el hombro y hablando en susurros. Sus ojos se fijaron en los de Rómulus-. Sé por lo que estas pasando. Y creo que soy uno de los que mejor pueden saberlo. Todos tenemos un monstruo en nuestro interior al que debemos enfrentarnos. Pero no para conquistarlo, sino para vivir en comunión con él. Porque rechazarlo y encerrarlo es negar una parte de nosotros mismos. Una parte importante, Rómulus.

Gabriel vio que Rómulus se sorprendía. Reconoció aquel cambio en sus pensamientos que indicaba que había recordado algo.

Rómulus pensó cuán cerca estaba Gabriel de sus propias conclusiones. Cuando Aertes se vendió al Caos... Aertes había renegado de la herencia de Sanguinius y pactó con los Poderes Oscuros para librarse de ella... había negado una parte de él mismo, y eso le llevó a la traición al capítulo.

Viendo que su amigo quedaba por un momento absorto en ancianos pensamientos, Gabriel intentó ayudarle a disipar más dudas. – Negarse uno mismo es vender el alma –dijo con un tono de rectitud y sabiduría incompatible con su joven aspecto-. Aprender a convivir con la bestia que habita en nosotros, de un modo simbiótico, como hermanos, es mantenerse puro. No la rechazes, Rómulus, sé uno con ella. No la domines, no intentes controlarla; pacta, colabora con ella.

Sabía que lo que el Ángel Oscuro aconsejaba era prácticamente imposible. Sólo un Sangriento, Mephiston, había logrado una proeza así en toda la historia del capítulo. Entonces vio que quizá era en ese modo que Mehpiston había logrado superar a la Rabia. La Rabia era incontrolable, pero era posible canalizarla, conducirla... pactar con ella.

Rómulus asintió repetidamente. – Tienes razón –dijo, y luego sonrió otro poco-. Siempre la tienes.

Lo haría. Por Mau, por Remus, por sí mismo. Haría cuanto fuera necesario, y ayudaría a su hermano a superar aquello. No tendría miedo porque aceptaría esa parte de su alma. Temer la pérdida de alguien demostraba el afecto que le tenía. No era una debilidad, era una prueba de que no era sino un hombre.

- No –Gabriel se sonrojó y desvió la vista-, no siempre tengo razón. Hay muchos que creen que debería estar muerto y enterrado por mis palabras... pero son pocos los que las escuchan...

De pronto el bibliotecario sintió las manos de Rómulus en sus hombros. Enlazados ambos en un fraternal abrazo.

- Sabes que siempre podrás contar conmigo, Gabriel –le dijo con plena convicción-. Te debo demasiado. Toda la 6º compañía te lo debe aunque no lo sepan. Nunca serás un extraño para mí.

- Gracias –susurró Gabriel agradecido-. Tus palabras siempre alientan mi espíritu.

De repente Gabriel perdió pie debido a su débil estado tras la lucha con Remus. Había logrado ocultarlo con tal eficacia a Rómulus hasta ahora que el Sangriento se alarmó y le sostuvo con fuerza.

- Eres un verdadero pilar sobre el que apoyarme –sonrió Gabriel.

Al poco el Ángel Oscuro empezó a reír, una risa lángida al principio que empezó a descontrolarse alegremente. Rómulus no pudo evitar que su boca es arqueara y de pronto pensó que no tenía porqué resisitirse; era una parte de él mismo.

Ambos rieron a mandíbula batiente durante varios minutos en la soledad de la oscura estancia. Cuando empezó a faltarle el aliento, Rómulus se percató de que se encontraba mucho mejor. Ya no se sentía apabullado por todos los desgraciados sucesos de habían acontecido en su vida, y algunos, como conocer a Mau, ya no le parecían desgraciados en absoluto.

- Ahora será mejor que te marches –sugirió con pesar-. Tendré que dar explicaciones por lo ocurrido.

- Sin duda, pero te agradecería que no me mencionaras, por tu bien y el de los Tigres.

- Por supuesto. Por lo que a los demás concierne, nunca te he visto... pero nunca te podría olvidar, Gabriel.

Gabriel estrechó su mano alrededor de la nuca de Rómulus sin dejar de sonreir. – Nos volveremos a ver, pero me temo que pasará algún tiempo. ¡Remus ha sido un adversario temible!.

Recordando el motivo por el que ahora estaban en esa habitación, Rómulus se puso más serio para mayor énfasis de sus siguientes palabras. – Gracias por protegerla, Gabriel. Mi deuda contigo se redobla ahora.

- Escúchame, amigo mío. No tienes más deuda conmigo que la de una amistad más allá de las inflexibles leyes de nuestro Imperio.

El capitán asintió de nuevo. Gabriel pudo sentir que se sentía orgulloso de tener el privilegio de su amistad, aunque fuera un proscrito. – Puedo leer esos pensamientos en ti –le dijo agradeciéndoselos.

Rómulus rió de nuevo. – Me aseguraré de que otros no tengan la misma facilidad. Pero me alegro de que tú puedas sentir lo que yo siento.

- Ten cuidado, Rómulus. Que sepan de nuestra amistad te relegaría a ti también a la condición de proscrito y perseguido, y aún no estás preparado para la vida que yo llevo.

Ahora la risa de Rómulus fue larga y divertida como no lo había sido en toda su vida. Gabriel se extrañó un poco; no le parecía tan divertida la idea de que Rómulus pudiera acabar perseguido como él.

- Gabriel... ¿crees que no sé lo que es tener que ocultar una amistad a ojos de los demás?. ¿Acaso no debo ocultar mi amor por Mau, una marine?.

Gabriel pasó la mano a su cabeza en gesto ignorante. – A veces parezco un crío.

- No, Gabriel. Ya no eres aquel joven bibliotecario con el que me encontré en Malevant II. Eres todo un marine espacial, alguien junto a quien combatiría con pleno orgullo. Tu brazo es fuerte, tu palabra sabia y tu criterio justo. Eres un digno sirviente del imperio que te rechaza, y por eso siempre me tendrás de tu parte. Ya n...

Ambos volvieron la cabeza hacia la puerta; el Ángel Oscuro primero y el Ángel Sangriento inmediatamente después. Alguien se acercaba por el pasillo de fuera.

- Nos volveremos a ver, amigo mio –se despidió Gabriel-. Y no te preocupes por tu hermano; tarde o temprano sabrá qué es lo que ocurre en su mente. Confía en mí.

Antes de que Gabriel se separara de él, Rómulus le tomó del brazo y le juntó la muñeca con la suya; el saludo entre los miembros de La Sangre, hermanados por la voluntad de Sanguinius. – Cuídate, proscrito. No permitas que nadie te capture nunca.

Gabriel sustuvo su brazo con fuerza en el choque de muñecas. – Mi alma es libre –afirmó- y siempre será libre. Cuídate, y cuida de Mau y de tu descendiente.

Acto seguido el proscrito retrocedió hacia el rincón del que había salido sin dejar que sus ojos acerados perdieran de vista los azules iris de Rómulus. La oscuridad le envolvió como un manto hasta hacerle desaparecer como si nunca hubiera estado allí. Rómulus aspiró el aire enfriado y soltó una nube de vaho que se disipó instantáneamente.

La puerta se abrió sin previo aviso. Karakal encontró a Rómulus allí, en pie en medio de la sala. Ni siquiera había encendido las luces.

- Vamos –dijo con un gesto de cabeza-. Nuestra señora Bastet quiere verte.

Rómulus recogió su casco y le siguió sin más.

Tras un largo paseo por los blancos corredores llegaron a las puertas más grandes que Rómulus había visto en la fortaleza. Parecían diseñadas para permitir el paso de vehículos a juzgar por su tamaño, y estaba decoradas con las figuras de dos marines del capítulo que Rómulus no supo reconocer, pero que identificó enseguida con las historias que Mau le había contado alguna vez. Los Tigres que guardaban aquellas puertas las abrieron a su paso. Sólo Karakal le acompañó al interior. La sala era inmensa y vacía. Ambos esperaron en la entrada el oportuno permiso para continuar.

- Mi señora Bastet –anunció Karakal-. Está aquí.

- Puedes retirarte, Karakal. Vos acercáos.

Si la misma autoridad tuviera voz, no se podría hallar una imitación más fiel. Rómulus avanzó hacia la lejana figura erguida al tiempo que los portones se cerraban tras él. Caminó sobre una alfombra tan mullida que se hundía bajo sus pisadas, pero no dejaba huella alguna. Las paredes estaban adornadas con largos tapices que relataban antiguas batallas y gloriosas victorias. Conforme seguía caminando, el capitán viajó por la historia del capítulo. Traidores derrotados, alienígenas exterminados, herejes derrocados... todos bajo la garra justiciera de los Tigres.

En el fondo de la sala había una enorme chimenea y dos tisares acurrucados delante de su hogar. Había también una especie de escritorio que debía de ser la obra cumbre del más grande de los ebanistas. Las patas de la mesa eran dos magníficas reproducciones de tisar y la acompañaba un trono que Rómulus no pudo apreciar en aquel momento, pues la imponente figura de la Señora de los Tigres Nevados estaba en pie ante él. No era mucho más alta que Rómulus, pero su fiereza y severidad resultaban alarmantes aún cuando ni siquiera había hecho ningún gesto de amenaza. Dos mechones de su larga melena pelirroja le enmarcaban la cara y velaban parcialmente sus facciones, pero bastaba para ver que era una mujer robusta. Rómulus no pudo ver si tenía los ojos abiertos o cerrados. Se puso firme, pero pasó un rato hasta que ella decidió hablar.

- De modo que vos sóis Rómulus, capitán de la 6º compañía de los Ángeles Sangrientos, hermano de nuestro antiguo camarada Remus –Bastet pareció dar más importancia al hecho de que fuera hermano de Remus que el que fuera capitán de una compañía.

- A vuestro servicio. Es un honor para mí, señora.

- Ahorradme gentilezas inútiles –interrumpió ella poniendo los brazos en jarras-. Me informan de que Remus ha atacado a varias de nuestras hermanas y herido a dos de ellas.

El modo en que el tono respetuoso pareció irritar a Bastet le recordó a Aertes. Él tampoco soportaba refinamientos de ningún tipo. Realmente, pensó, Aertes fue un gran comandante hasta su fatídica caida a las simas de la condenación. Pero ahora lo importante era que sabía cómo lidiar con esa clase de temperamentos.

- Así ha sido, mi señora –dijo sin ampliar detalles hasta que ella lo ordenara.

- Me informan también de que se identificó con falsedad para entrar en una celda de confinamiento.

- Es cierto.

- La celda en la que era aislada Mau, la que será madre de vuestro hijo.

Bastet se apaciguó sólo para decir esta última frase. Rómulus no se sorprendió de que ella lo supiera, pero sí de su repentina delicadeza al hablar de ello.

- Remus nos prestó una gran ayuda durante su servicio con el capítulo. Enseñó muchas cosas a nuestros artilleros y nos cubrió con su fuego de apoyo. Que ahora nos ataque de este modo me resulta muy desconcertante y, unido a los rumores que circulan sobre los Ángeles Sangrientos, me hace replantearme el enviar tropas a Cralti para luchar junto a vos. No lucharemos contra quienes pueden convertirse en una amenaza aparte del propio enemigo. ¿Porqué Remus hizo eso?.

Rómulus se irguió un poco más para denotar su enfado, pero siguió escogiendo con cautela sus palabras. – Mi señora, esos temores son completamente infundados. Remus es un caso aislado, no podéis juzgar a todo el capítulo por él. Nosotros nunca atacaríamos a nadie que no fuera nuestro enemigo. Remus sólo quiso visitar a Mau...

- En contra de nuestras normas.

- En contra de vuestras normas. Mau también significa mucho para él. Pero la desgracia quiso que ocurriera esto.

- ¿Y qué pasará cuando la desgracia quiera que un suceso parecido ocurra en el campo de batalla?.

- No sucederá. Tenéis mi palabra.

Bastet se apartó el cabello de la cara descubriendo unos grandes ojos ambarinos. Al igual que el resto de miembros del capítulo, sus pupilas eran alargadas como las de un felino pero las de ella irradiaban un aura especial de sabiduría y madurez. Dio un par de pasos intimidantes hasta quedar cara a cara con él. La frente de Rómulus apenas le llegaba a la nariz.

- Eso espero –espetó con dureza-. También espero que Remus sea convenientemente reprendido por esto.

- Lo será, no os quepa duda.

- Bien. Ahora marcháos y esperad en la órbita. Vuestra estancia aquí ha terminado.

- Como ordenéis, señora.

Mientras deshacía el camino hacia los portones, Rómulus deseó que su estancia en Tigrit IV no hubiera terminado para siempre.

El capitán salió al exterior de la fortaleza acompañado por Manphred, quien había exigido esperarle fuera de la nave. Los demás Sangrientos estaban en la Thunderhawk como si fueran prisioneros a la espera de que su transporte les llevara al crucero en órbita. Rómulus ni siquiera había tenido otra oportunidad de ver a Mau. Karakal había planificado aquel encuentro para permitirle estar con ella antes de su partida y la única vez que la había visto había sido para salvarla de su propio hermano. Subió la rampa de la nave a la carrera.

No habló con nadie. Se dirigió de inmediato al compartimento de carga y cerró la compuerta tras de sí. Allí, en la oscuridad y rodeado de maquinaria y tuberías humeantes, Remus permanecía arrodillado. Sagos le había desnudado hasta la cintura, le había encadenado a unas argollas que estaban allí para ese mismo propósito y había seguido golpeándole hasta hacerle perder el sentido otra vez. Remus alzó la cabeza, pero todo parecido con su hermano había sido borrado a fuerza de golpes; pasarían dias hasta que su cara recuperase la normalidad. Sólo uno de sus ojos tuvo fuerzas para mirarle.

- Hola, hermano –Remus parecía agotado y la hinchazón de sus carrillos no le permitía hablar con claridad-. ¿Has venido a interesarte por mí?.

Rómulus le cruzó la cara sin contemplaciones y sin que él hiciera nada por intentar impedirlo ni por tomar represalias. Sólo se quedó allí, colgando de sus cadenas.

- ¡Has puesto en entredicho la fiabilidad de toda la compañía a ojos de los Tigres!. ¡Tú eres conocido por ellos!, ¡te tenían en muy alta estima, pero ahora recelan de nosotros porque quien una vez fue su aliado ha intentado matar a tres de los suyos!.

- Oh, seguro que es por eso que te enfureces tanto conmigo –dijo Remus irónico-. El hecho de que Mau fuera una de esos tres no tiene nada que ver.

Rómulus alzó la mano para sacudirle la cara con otro revés, pero se contuvo en el último momento. Remus no se inmutó.

- ¿Por qué, Remus?. ¿Por qué fuiste a verla?. He tenido que mentir a la Señora del Capítulo para encubrirte. Ambos sabemos bien que no tienes nada que decir a Mau, la has odiado desde que yo empecé a amarla. ¿Qué hacías en esa celda?.

- Vaya. Entonces ahora sabes lo que es tener que encubrir las faltas de tu hermano.

- ¿Qué hacías en esa celda? –repitió Rómulus apretando los dientes.

Remus trazó lo más parecido a una sonrisa que fue capaz. – ¿Recuerdas lo que dijo Nekoi durante el viaje hasta aquí?.

El capitán esperó.

- Tenía razón, Rómulus. Te envidio. He visto una luz nueva en ti desde que conociste a esa mujer. No sé si te has dado cuenta, pero eres el miembro de la 6º compañía que menos ataques de Rabia Negra ha sufrido desde entonces. Envidio lo que hay entre tú y Mau porque, aunque es algo prohibido, también es algo que te hace ser mejor capitán, mejor marine.

Remus tuvo que detenerse y tomar aire. – Pero es algo que yo no tengo, y que nunca comprenderé. Me equivoqué al intentar averiguarlo por mí mismo.

- Responde a mi pregunta. ¿Por qué fuiste a su celda?.

- Para intentar averiguarlo –sonrió de nuevo-. Yo sólo quería ser como tú. Quería aprender qué es esa locura que llamáis amor. Pero Mau no quiso enseñarme.

Rómulus le abofeteó de nuevo. – ¡Si vuelves a acercarte a ella te mataré con mis propias manos!.

- Rómulus... ella no es ninguna doncella en apuros, ¿recuerdas?. Es una marine, sabe cuidar de sí misma. Comprendo que es dificil caer en la cuenta al verlas. Ellas parecen tan frágiles, tan inocentes comparadas con nosotros.

- Permanecerás confinado hasta que llegemos al sistema Cralti –Rómulus le dio la espalda y se encaminó a la entrada.

- Sé que lo harías.

El capitán se detuvo, pero no se volvió.

- Ahora sé que lo harías realmente –insistió Remus-. Me has disparado por salvarla, y me matarías si fuera necesario, ¿no es así?.

- Gabriel dijo que tarde o temprano comprenderías lo que ocurre en tu mente. Y espero que así sea, hermano. Espero que así sea.

La Thunderhawk despegó con el habitual coro de quejidos mecánicos y gemidos hiráulicos. Ganó altura lentamente al principio para inmediatamente después emprender un fugaz vuelo directamente hacia el sol.

Poco después la actividad creció exponencialmente en torno al resto de las pistas de aterrizaje. Los siervos del capítulo ataviados con sus túnicas azules iban de aquí para allá transportando material o simplemente llevando órdenes. Thunderhawks y otras naves más pesadas empezaron a salir de los hangares y a iniciar los preparativos de despegue. Karakal y Panter aparecieron desde el edificio principal ladrando órdenes a diestro y siniestro. Ambos llevaban ya todo su equipo de combate como si esperaran entrar en acción nada más bajar aquellas escaleras. Las escuadras de Tigres Nevados empezaron a formar delante de cada nave en perfecto y estudiado orden. Los sargentos al frente; tras ellos los marines equipados con armas especiales o pesadas; luego aquellos que portaban los santificados bólters; y por último los cachorros, neófitos en armadura de caparazón esperando poder emular a sus maestros acompañándoles a la batalla.

En lugar de formar escuadras de exploradores como era habitual en la mayoría de capítulos astartes, los neófitos combatían como parte de las escuadras tácticas ya que cada uno de ellos había sido adoptado por un Tigre y debía acompañarle en todo momento, incluso en la batalla. Formaron tres escuadras tácticas, dos de ellas contando con varios cachorros que portaban escopetas y rifles de francotirador. Karakal formó ante una de ellas en la que faltaba el sargento. Un Predator Annihilator, el Gran Zaiverino, que compartía el mismo esquema de color con las armaduras de los Tigres, maniobró hasta encarar frontalmente la bodega de carga de una de las naves más grandes. Por detrás del tanque, Cheetah y sus motoristas, dos escuadrones en total, se detuvieron junto a las escuadras tácticas. Las tisarinas salieron de los hangares en una ceremoniosa procesión. Iban todas armadas con las célebres Garras Tisarinas salvo una o dos marines con armas de asalto antitanque. Una de las escuadras de asalto marchaba con más orgullo si cabía que las tisarinas bajo el mando de Tigrit.

Las Damas de las Nieves cubiertas por mantos de piel de tisar empezaron a pasear entre las filas de sus hermanos y hermanas para darles la bendición del Emperador. Los Tigres recibían sus palabras con fuego en sus ojos felinos.

- ¡Sargento mayor! –llamó Panter a Karakal.

- ¡Capitana Panter...! –respondió este atento.

- ¿Dónde están Nekoi y...?

Panter se calló al ver a los dos solicitados, Nekoi y Ocelot, aparecer y colocarse rápidamente en formación con la escuadra de Karakal. La capitana se plantó delante de la chica hecha un basilisco. – ¡Nekoi!. ¡Me permito recordarte que tenemos misión de combate!.

- ¡Sí, señora!, ¡lo sé, señora! –Nekoi contestó con la vista al frente y la frente alta.

- ¡Muy bien!. ¡Sargento, ya se quién pasará el viaje hasta el sistema Cralti limpiando el armamento de toda nuestra fuerza de combate!.

- ¡Sí, señora! –dijo Karakal aceptando la reprimenda como si le hubiera sido impuesta a él.

Cuando Panter se alejó hacia las tisarinas, Karakal lanzó un gruñido hacia Nekoi enseñándle los dientes. Nekoi se volvió hacia Ocelot y le sacudió un codazo de protesta. El chico sólo bajó la vista avergonzado.

La capitana caminó ante las filas de atigradas armaduras blancas con aire exigente, pero no encontró ninguna irregularidad, como de costumbre. Todos ellos eran orgullosos guerreros por el Imperio y se esforzarían hasta el último aliento en no deshonrar al capítulo. Combatirían con la cabeza bien alta, estaba segura de ello si bien no exteriorizó su orgullo de ninguna forma.

- ¡Muy bien, Tigres! –gritó Panter a través del amplificador de voz de su armadura-. ¡Parece que esos traidores no aprendieron la lección la última vez y esta vez tendré que ir yo en persona para aplastarlos!. ¡El sistema Cralti pertenece al Emperador!, ¡todo el que ose amenazarlo tendrá que enfrentarse a la furia de los Tigres Nevados!.

Todo el ejército convino con ella alzando sus voces en un rugido. Se oyeron muchas más voces femeninas que masculinas.

- ¡Sargentos!, ¡inicien el embarque!. ¡Tenemos un cometido que cumplir!.

La orden fue obedecida sin un instante de dilación.

- ¡Ya lo habéis oído! –dijo Karakal a su escuadra, al igual que el resto de sargentos-. ¡Todos a bordo antes de que os meta en la nave de una patada!. ¡Nekoi y Ocelot, venid aquí!, ¡quiero hablar con vosotros!.

- ¡Adelante! –Tigrit alzó una de sus garras sobre su escuadra de asalto-. ¡Embarcamos hacia la gloria!.

- ¡Sección Guepardina en marcha! –ordenó Cheetah encauzando su motocicleta hacia la rampa de embarque.

Las maniobras de embarque se llevaron a cabo con orden y disciplina insuperables exceptuando el leve retraso inicial de Nekoi y Ocelot. Formando en columna de a dos, cada escuadra subió a las naves marcando el paso, provocando un estruendo con cada pisada colectiva. Portaban sus armas con firmeza, como amigas y aliadas en la batalla que eran. Las motocicletas de la sección Guepardina, cada una de ellas luciendo una gran cola mecánica autoequilibrante en la parte posterior, embarcaron con acelerones bien calculados. El Gran Zaiverino hizo rodar sus cadenas por la rampa de una de las naves más grandes sin apenas périda de velocidad con los cañones láser de sus barquillas pegados a los costados para evitar daños accidentales.

Cinco naves en total, tres Thunderhawks y dos naves de transporte pesado, despegaron sobre columnas de humo y fuego. Partieron de una en una siguiendo la dirección de la nave de los Sangrientos dejando cada una una estela vaporosa. Sus motores rugían de un modo diferente; más parecían los bramidos de una bestia.

Rómulus vio a través del ventanal cómo las naves de los Tigres entraban en las bahías de una cercana fragata de ataque blanca y azul, con la gran masa de Tigrit IV y las estrellas como telón de fondo. La nave de los Tigres era más pequeña que el crucero de los Sangrientos, pero eso no marcaría diferencia alguna en los campos de batalla. Al poco recibió un comunicado del capitán de la nave. Informaba que los Tigres estaban preparados para partir a la espera de su señal de confirmación. Rómulus dio orden de partir apretando un mechón de cabello gris entre los dedos. En aquel momento, lo que menos le preocupaba eran los ataques a Cralti IX; por fortuna aún tenía seis días por delante para reordenar sus pensamientos. Lo necesitaba.

El Leman Russ, el tanque insignia de la guardia imperial, un tanque cuyo arcaico y resistente diseño había sobrevivido a los milenios, uno de los mejores carros de combate que la humanidad podía construir, se volatilizó en microsegundos devorado y despedazado por la explosión de sus propios proyectiles de artillería. La bola de fuego se extendió como una llameante pompa e incineró a decenas de hombres cercanos antes de elevarse hacia el cielo despejado.

- Es un día precioso. Me encanta el cielo de este planeta. Ni una sola nube; todo azul.

La voz era lánguida y pronunciaba con lentitud en contraste con la feroz batalla que se libraba a poca distancia.

Los Esclavos de Calipso ganaban posiciones. Avanzaban metro a metro sirviéndose de los escombros de los edificios y los restos de vehículos militares y civiles para cubrirse. Sus armaduras de oro y plata relucían bajo el sol como si de ángeles se tratara, pero eran marines del Caos; traidores a todas luces, despreciables siervos de lo demoníaco que el Imperio repudiaba y aniquilaba a la primera ocasión. Aquella tarde, sin embargo, era el Imperio quien estaba siendo aniquilado. Las FDP de Cralti IX, diezmadas de antemano por la aparición de una extraña enfermedad pandémica cuando el vecino planeta Cralti V fue atacado por otros marines del Caos hacía pocos meses, perdían un búnker tras otro, una ciudad tras otra ante el arrollador avance de sus enemigos.

- Es muy monótono, todo azul. Tendré que arreglarlo.

- No entiendo porqué te entretienes en arreglar todos los planetas por los que pasamos. Sólo nos quedaremos aquí hasta que hayamos reunido suficientes esclavos, ¿a qué esa pérdida de tiempo?. Además, ¿qué tiene de malo el cielo azul?.

Una conversación irreverente, compaginada con una lucha atroz.

Un marine del Caos que enarbolaba a dos manos un estandarte se parapetó en primera línea. El pendón era de tejido de oro y tenía bordada la marca de Slaanesh. Otro marine se unió a él con un arma erizada de tubos que salían y entraban de nuevo en ella sin orden si propósito aparente. El cañón era un complicado entramado de rejillas concéntricas.

- ¡Ya sóis nuestros! –gritó el marine del arma.

Inmediatamente después emergió de la cobertura y disparó. Los soldados imperiales a los que apuntaba sólo vieron cómo la onda sónica levantaba el polvo de la calle marcando un camino en su dirección. La onda les alcanzó antes de que el marine hubiera apretado el disparardor hasta el fondo, desgajándoles los brazos y orejas de cuerpo y reventándoles los ojos como una leve muestra del destrozo causado en su interior. Ni siquieran pudieron oír el agudo zumbido que produjo el arma y que reververó en los oídos de los marines como música celestial. El portaestandarte se situó tras los restos del Leman Russ que acababa de estallar momentos antes y el resto le siguieron en un avance que parecía imparable.

- Esto perdió todo interés hace rato. Mira cómo retroceden.

- Estúpidos. ¿Por qué no huyen de una vez?, ¿creen que van a conseguir algo retirándose de posición en posición?.

Por la retaguardia de las fuerzas del Caos, tres voluminosas figuras avanzaban con paso lento. Sus armaduras eran enormes, varias veces más grandes que las de los Esclavos de Calipso que pasaban a la carrera entre ellos ansiosos por llegar a la primera fila de combate, pero no eran doradas como las de ellos, sino negras. Una de las figuras alzó una garra del tamaño de un torso humano, pero al poco su forma ya no era tal. El metal se suavizó como si se licuara tomando el aspecto semilíquido y brillante del petróleo pero, en lugar de deslizarse hasta caer al suelo, se encogió y luego se alargó en un largo cañón. En lo que debía de ser el codo de la criatura se formó algo parecido a un cargador de proyectiles mientras el resto de la garra asumía nuevas configuraciones. Cuando el brazo se solidificó de nuevo tenía la forma de un cañón automático, y la criatura lo hizo entrar en acción enviando una ráfaga tras otra contra las lejanas tropas imperiales. A pesar del extraño modo en que había surgido, el cañón era completamente funcional; así pudo comprobarlo el primer soldado que cayó debido a sus proyectiles. Otro de aquellos colosos realizó un proceso similar con sus brazos hasta que cada uno tuvo la forma de un rifle de plasma, y no sólo la forma sino también la letalidad de unos disparos que calcinaban por completo las endebles armaduras enemigas.

- Lo más molesto es que son como las moscas. Fáciles de aplastar, pero nunca se acaban.

- Tienes razón, Calipso.

Una escuadra de aniquiladores levantó al mismo tiempo unas extrañas e irreconocibles armas de cañón largo diseñadas para ser empuñadas por arriba en vez de por debajo. Antes de que pudieran disparar, sus camaradas de vanguardia alcanzaron a las tropas imperiales.

- ¡Eh! –gritó el paladín de la escuadra bajando su destructor sónico-. ¡Apartáos de ellos!, ¡son nuestros!.

Los marines irrumpieron entre los soldados acribillando con sus pistolas bólter a todo ser viviente. Saltaron las barricadas como una marea de cuerpos blindados con metales preciosos y obscenas insignias. Un marine con un exagerado vococuerno integrado en el casco deslizó su espada sierra por la garganta de un enemigo disfrutando con el quejido del motor del arma al topar con la leve resistencia de la carne y el hueso. Otro guardia que estaba a tres metros de él le disparó con su rifle láser, pero el rayo murió en su hombrera de forma decepcionante incluso para el marine.

- No es así como se hace –le dijo con una voz metálica y llena de interferencias a la vez que negaba con su pistola.

Cuando el Esclavo de Calipso gritó, el vococuerno amplificó su voz hasta convertirla en una fuerza palpable que incluso distorsionó la visión entre él y su aterrorizado adversario lanzándolo hacia atrás con la boca convertida en un surtidor de sangre. Su armadura antifrag se desmenuzó al caer al suelo como un saco de carne en medio de otros FDP que salieron corriendo despavoridos. La mayoría cayeron con la espalda destrozada por los proyectiles bólter tras recorrer unos pocos metros.

- ¡Eso es! –se alegró el paladín aniquilador viendo cómo los guardias rehuían el combate y se alejaban de sus tropas-. ¡Abrid fuego!.

Las armas como tubos de órgano emitieron un sonido grave y contínuo, siendo su único efecto perceptible varios guardias explotando sin más entre las filas enemigas como si llevaran una bomba en su interior. Los Esclavos de vanguardia pasaron sobre la alfombra de tripas y despojos resultante intentando dar caza a sus presas en fuga. Algunos incluso rogaban, suplicaban a los guardias que no huyeran a la vez que se esforzaban en abatirles. Hubo un sonido diferente, un creciente zumbido agudo que hacía presagiar una hecatombe como si se tratara del propio chillido de la muerte. El proyectil llegó desde el cielo, impactando justo sobre uno de los pocos búnkers que quedaban enteros y que al instante siguiente se había convertido en un cráter humeante de ocho metros de diámetro. El ensordecedor estampido obligó a los marines del Caos a detenerse como un hombre culto se detiene a escuchar una deliciosa melodía.

El Profanador bajó su cañón de artillería hasta la posición de recarga y avanzó propulsado por sus patas de araña mecánicas. Por detrás de aquella aberración blindada, Calipso y su fiel hechicero Herófocles contemplaban el ataque con curiosidad rodeados por su escolta de elegidos. Calipso estaba sentada en un trono confeccionado íntegramente con armaduras de los marines imperiales más poderosos a los que había derrotado y que dos de sus escoltas se encargaban de transportar de un lado a otro según sus deseos. Era una mujer de extraordinaria belleza. Sus ojos sensuales y agresivos resaltaban en su tez pálida y suave. Su frondosa melena, lustrosa como el terciopelo, era de un peculiar tono verde oscuro y ondeaba al viento de un modo tentador. Su armadura, de oro y plata como la del resto de los marines, se ajustaba al milímetro a su cuerpo y resaltaba sus atributos femeninos con ribetes y adornos rojos.

Herófocles llevaba una especie de faldón rojo que le cubría de cintura para abajo. Ocultaba sus ojos tras un antifaz con brillantes lentes como de rubí y mantenía las manos sobre las empuñaduras de sus espadas. Enseñaba sus dientes de plata en todo momento con una brillante y maquiavélica sonrisa.

- Creo que ya no queda mucho que ver –dijo Calipso apoyando la barbilla en una mano con cara aburrida.

La señora del Caos chasqueó los dedos y sus porteadores se echaron su trono a los hombros levantándola por encima de todos los demás. El profanador volvió a disparar su cañón de batalla pero, aunque aquel estruendo la hizo cerrar lentamente los ojos y enseñar los dientes con avidez, no consiguió animar a Calipso y volvió a interesarse más por el cielo azul.

Desde la torre de control aéreo, sobre la estructura hexagonal que no era sino una enorme pista de aterrizaje, el comandante de las FDP tuvo que asistir al pavoroso espectáculo de los marines dorados avanzando prácticamente a la carrera por entre las defensas mientras sus hombres las abandonaban a su paso. De vez en cuando se le vaciaba el estómago y los cristales de la torre temblaban a causa de las ondas de choque sónicas. Aún a aquella distancia eran perceptibles sus efectos; no quiso ni imaginar cómo quedarían los que eran impactados de lleno por armas tan escabrosas. Alzando sus macrobinoculares pudo ver con nitidez a tres Arrasadores negros; abominaciones en las que era completamente imposible distinguir entre carne y metal. Los vio mientras sus brazos mutaban hasta convertirse en armas diferentes cada vez, como si les divirtiera demostrar aquella capacidad. Mirando más atrás vio a un Profanador caminando sobre sus patas como pinzas gigantescas; un gran engendro mecánico de oro, una efigie demoníaca que caminaba y escupía muerte por todas sus bocas. Volviendo a la primera línea, llegó a tiempo de ver cómo uno de aquellos traidores partía en dos a un soldado con su espada y seguía avanzando. Poco después cayó víctima de un disparo láser, pero dos más saltaron sobre su cuerpo y devolvieron el fuego con sus armas salidas del infierno.

- ¡Dios mío, comandante!. ¡Nuestras tropas les dejan vía libre!.

- ¿Cree que no lo veo, Muthilis? –replicó irritado.

- ¡Señor, sugiero que cerremos el complejo principal ahora mismo!. ¡Si esos cobardes quieren vivir tendrán que rechazar al enemigo!, ¡no les permitamos refugiarse aquí, no lo merecen!.

- Magnífica idea, Muthilis. Dé la orden.

- ¿Estás viendo eso, ama? –preguntó uno de los elegidos.

- ¿El que? –Calipso se levantó en su trono.

- Están cerrando las compuertas –respondió Herófocles casi sin separar los dientes-. Se dejan a todos sus hombres fuera del búnker principal.

- Podremos recogerlos como al ganado disperso –Calipso volvió a apoyarse en la mano-. ¿Es así como creeen que vamos a divertirnos?.

Herófocles y los elegidos rieron por bajo para no molestarla. La señora del Caos activó su comunicador y dio orden de que se capturara con vida a los guardias que quedaran fuera del búnker. También enumeró algunos nombres de difícil pronunciación y les ordenó prepararse para entrar en el complejo cuando la puerta hubiera sido destruida.

En el lateral de la estructura, la única entrada empezó a cerrarse. Los guardias se horrorizaron al oír el gemido de las pesadas compuertas en movimiento, deslizándose sober sus raíles de varios metros de anchura como crueles custodios que sellaban su sentencia de muerte. Cuando aquellos labios se cerraron, los FDP aún siguieron agolpándose ante ellos, aporreándolos con sus puños y profiriendo ruegos en insultos inútiles. Cuando vieron que aquella no era la escapatoria, huyeron en todas direcciones a campo abierto, hacia cualquier lugar lejos de los marines de oro. Sólo unos pocos decidieron parapetarse en las últimas barricadas y seguir disparando. Éstos fueron los que más rápidamente encontraron su fin a manos del enemigo, pero ninguno murió rápidamente. El último de los guardias abatió a tres enemigos de una sola ráfaga de bólter pesado y siguió disparando y gritando sin cesar negando su destino inevitable. Obligó al enemigo a permanecer a cubierto; les detuvo en seco delante mismo de su objetivo. Fue el que más sufrió una vez se acabó la cinta de munición.

Justo detrás de las compuertas, al final de un largo corredor descendente por el que cabría un Land Raider, los últimos FDP se preparaban para contener a los marines del Caos cuando lograran entrar. Y todos estaban convencidos de que lograrían entrar. Se apilaron cajas, sacos terreros y cualquier cosa que pudiera servir de protección, incluso paneles arrancados de los mamparos internos. Estaban decididos a vender caras sus vidas puesto que aquella era la única entrada; no podrían huir de allí. Las compuertas se quejaron y abombaron de repente como golpeadas por el monstruoso puño de un dios.

El profanador volvió a disparar, estrellando otro proyectil en la lejana compuerta y cubriéndola momentáneamente con una pared de humo y fuego. Mientras el engendro mecánico recargaba el cañón, los aniquiladores ajustaron sus armas a máxima potencia y abrieron fuego. Herófocles pudo ver cómo las compuertas se deformaban aún más por la acción de los impulsos megasónicos y sonrió aún más mientras se frotaba las manos. Poco después el cañón de batalla volvía a entrar en acción.

- ¿Por qué no vas, Herófocles? –preguntó la señora del Caos en una clara oferta.

- Si das tu permiso, me encantaría.

- Y llévate a Khaldar, creo que le aburre estar aquí. Al menos que alguien se divierta con esto.

Tras una reverencia, el hechicero empezó a caminar. No se movía especialmente deprisa, pero a cada paso cubría varios metros inexplicablemente. El faldón que le cubría las piernas se movía como si estuviera caminando, pero no dejaba huellas tras de sí. – ¡Khaldar! –llamó al paladín de los aniquiladores al pasar junto a su escuadra-. ¡Estás de suerte, ven conmigo!.

Los aniquiladores vitorearon alegres y siguieron a Herófocles a la carrera. Calipso se quedó allí, viendo cómo sus motoristas perseguían a los humanos y los capturaban uno a uno con garfios y cadenas espinosas. Siempre disfrutaba contemplado las batallas desde la distancia, pero aquello había sido como pasear por un jardín; el enemigo apenas había ofrecido resistencia y ella estaba desilusionada.

Las puertas se abombaron otro poco más y los sonidos del exterior ya no sonaban tan amortiguados. Los hombres empezaron a ponerse realmente nerviosos. La mayoría de los rifles láser estaban temblando y nadie decía una palabra. Otro impacto. Las luces del túnel se apagaron al quedar estropeado su suministro de energía, sin embargo la zona en la que ellos estaban aún permanecía iluminada. Alguien empezó a rezar al Dios-Emperador, pero el siguiente impacto sobre las puertas le hizo callar. La luz del día se filtró entre las compuertas como un haz dorado.

- ¡Preparaos! –dijo un sargento con los ojos abiertos como platos por el pánico.

Dos bólters pesados aguardaban el momento de convertir aquel túnel en una zona de muerte. Las compuertas vomitaron una llamarada y se doblaron hasta quedar abiertas de par en par.

- Fue... ¡fuego, fuego, fuego!.

Las descargas láser y los proyectiles de bólter pesado hendieron el aire como flechas luminosas de distintos colores cuarteando las paredes y el suelo del corredor. No hirireon a nadie, porque no había nadie a quien herir. Ni uno solo de los marines del Caos asomó a la gran abertura.

- ¡Alto el fuego, alto el fuego!, ¡reservad la munición!. ¡Hijos de grox!, ¿se burlan de nosotros?.

Apareció una figura oscurecida por la contraluz. Sus ojos brillaban redondos y rojos como linternas. Caminó despacio por el túnel sin que nadie hiciera un solo disparo.

- ¡Dios-Emperador!, ¡es el comandante!.

- ¡Dhalu!, ¡hijo mío!. ¡Estás vivo!.

- ¿Saraih?, ¿eres tú?.

Cada soldado empezó a hablar como si reconociera a algún ser querido o respetado en aquella figura sin parecer consciente de lo que decía el que tenía al lado a pesar de ser comentarios completamente opuestos. Herófocles siguió caminando, dejando que su aura de sirena confundiera las mentes de los soldados.

Los Esclavos de Calipso empezaron a entrar en el túnel encabezados por los aniquiladores, cuyas armas empezaron a hacer los habituales estragos en el enemigo, reventándolos desde dentro y obligando a los demás a taparse los oídos para protegerlos de aquellos tonos cacofónicos. Tres guardias saltaron las barricadas dispuestos a salvar a Herófocles, quien quiera que fuese la persona con la que lo estaban confundiendo. El hechicero les recibió con los brazos abiertos; rompió el cuello del primero, degolló al segundo al desenvainar sus dos espadas y atravesó al tercero, que pareció darse cuenta del engaño demasiado tarde, con sus hojas anchas y curvadas. Se deshizo del cadáver y lanzó un cegador estallido de luz multicolor por los lentes de sus ojos que desorientó al resto de guardias parapetados, lo que junto al efecto desconcertante de los amplificadores sónicos de sus tropas provocó que apenas un puñado de armas imperiales siguieran disparando.

Cuando los guardias se recuperaron de aquel golpe de mano inicial los marines dorados ya habían llegado a la mitad del túnel con el portaestandarte a la cabeza. Todo cuanto hicieron por detenerles fue inútil. Los disparos ya no les detuvieron. Las defensas caían por un profundo pozo y no podían detenerse por muy enconados que fueran sus esfuerzos. Herófocles paseó entre los guerreros enzarzados en combate cerrado haciendo suyo el gozo y satisfacción de los Esclavos. Decapitó a algún que otro humanillo que se cruzó en su camino, sólo para divertirse un poco.

Llegaron más guardias por las entradas al complejo.

- ¡Éstos son míos! –se dijo el hechicero lamiéndose sus relucientes dientes.

Herófocles cayó entre ellos de un salto de más de quince metros aplastando al primer enemigo bajo sus botas. Acabó con cuatro más girando sobre sí mismo con graciosos malabarismos de sus espadas y se quedó quieto aguardando la reacción de los demás. Otro le disparó y él hizo rebotar el láser en la hoja de su espada devolviéndole el disparo entre ceja y ceja. Una bayoneta falló su intento de hundirse en su pecho; Herófocles obligó al guardia a caer de rodillas pateándole en una pierna y le hirió repetidas veces procurando no causar un daño mortal hasta el momento en que le cercenó la cabeza. Manejaba ambas espadas con una habilidad que sus propios enemigos se vieron forzados a reconocer en sus adentros. Las hojas giraban, bailaban en sus manos cortado la carne que encontraban con limpieza y precisión mientras que él seguía mostrando su sonrisa de loco.

Las fuerzas del Caos avanzaron por el interior del búnker haciendo retroceder a los guardias imperiales con la misma facilidad que en el exterior. El hechicero encabezaba a sus fuerzas sin que nadie dirigiera un sólo disparo contra él. Llegaron a otro túnel con una compuerta al fondo. Algunos FDP se habían apostado allí con armamento pesado; debía de haber algo importante tras aquellas puertas.

Agazapados en el enorme almacén, cientos de civiles temblaban presas del pánico. Habían sido reunidos allí por el comandante de las FDP bajo la promesa de que estarían a salvo en el búnker principal, pero desde hacía un rato los pocos guardias que les acompañaban para mantener el orden entre ellos sólo recibían mensajes de auxilio por sus comunicadores. Se oyó de pronto un chirrido tan agudo que todos los que estaban cerca de la compuerta tuvieron que alejarse con las manos en los oídos. Varios cayeron al suelo desangrándose por las orejas justo antes de que las compuertas se abrieran como torturadas por un espasmo y un enorme hombre con armadura de oro y plata entrara. Sonreía ávidamente y sus lentes redondos le daban un aspecto aún más desquiciado a ojos de aquella gente.

- ¡Hola! –dijo pareciendo realmente amigable.

Nekoi tomó otro bólter, lo bendijo recitando distraídamente las letanías, comprobó que estaba descargado y empezó a limpiarlo con la ayuda de una gamuza. Reconocío aquel bólter por el diseño de su marca; aquella era la quinta vez que lo limpiaba.

Tanto Nekoi como Ocelot habían pasado los días que duraba el viaje en la armería de la nave, hora tras hora, sin descanso, recorriendo las taquillas y limpiando todas las armas correspondientes a la 3º compañía. Cuando terminaban el recorrido volvían atrás y comenzaban de nuevo tal y como se les había ordenado. El primer día Nekoi se pasó todo el tiempo culpando en voz alta a Ocelot; “si no te hubieras retrasado no tendríamos que estar aquí”, repetía. Pero conforme pasó el tiempo fue distanciándose hasta ser absorvida por la monótona tarea.

Ocelot empezó a repasar por enésima vez las garras tisarinas de alguien. Luego tomó unas cuchillas relámpago, bastante más largas, y abrió el panel de uno de los brazales para comprobar los generadores de campo disruptor. Estaban en perfecto orden, tal y como los había dejado las cuatro veces anteriores. Se sabía culpable y merecedor de aquel castigo y por eso no se había quejado ni una sola vez, pero su mentora no tenía culpa alguna y eso le reconcomía cada vez que Nekoi pagaba su frustración con él. Sin embargo, cuando al segundo día ya no farfulló más, se sintió intranquilo.

Los sargentos y capitanes de la fuerza de combate de los Tigres se habían reunido para estudiar la táctica propuesta por los Sangrientos y revisar la suya propia. Cralti IX, tal y como exponía una de las holopantallas mediante imágenes y sucesivos textos rúnicos, era un mundo clase-alfa: un planeta destinado mayoritariamente al cultivo de plantas y animales para consumo en otros planetas imperiales. Según los últimos informes, el ataque de las fuerzas enemigas se centraba en un complejo militar antibombardeo cuya guarnición se suponía suficiente para defender los vastos terrenos circundantes. No se tenían noticias del estado de las FDP de la zona, lo cual hacía a todos los presentes presagiar lo peor.

- El búnker principal es subterráneo –dijo Tigrit explicando la imagen que se mostraba en otro de los paneles hololíticos-. Lo único visible en la superficie es esta estructura hexagonal, la pista de aterrizaje para las naves de suministro, y esta compuerta de entrada en el lateral. La pista está elevada setenta metros sobre el suelo y sólo se desciende de ella mediante estas dos rampas a cada lado que llevan ante la entrada. Puesto que desconocemos la situación actual, cualquier punto de aterrizaje debería ser inspeccionado previamente.

- Dudo que haya mucho tiempo para inspecciones –advirtió Karakal negando con la cabeza-. Primero tendremos que lidiar con sus naves en la órbita y lo más seguro es que debamos entrar en la atmósfera en medio del combate, atrapados entre la lucha orbital y la de superficie. No será recomendable permanecer en el aire más tiempo del necesario o unos u otros podrían derribar nuestras naves. Tal y como convenimos en Tigrit IV, lo mejor es aterrizar en estos campos de cultivo y aproximarnos por tierra al búnker principal.

Nekoi dejó el bólter y tomó la siguiente arma: otro bólter. Lo bendijo y lo limpió y pasó al siguiente. Viéndola así durante días y días, Ocelot intentó hablar con ella, pero no le hizo caso. Estaba entristecida y se negaba a salir de ese estado.

Hizo un alto para apartarse un mechón de su cabello dorado de la cara y siguió con su tarea. Pensó de nuevo en Remus. Le había visto antes de salir de Tigrit IV siendo arrastrado por el capellán Sagos; inconsciente, con la cara destrozada y cubierto de sangre. Nadie le dijo qué había ocurrido; al seguir su camino había encontrado la celda de Mau destruida y a varios de los Sangrientos que no cruzaron una sola palabra con ella, ni siquiera Manphred, que le había parecido el menos cerrado. Entonces buscó a Rómulus, pero había sido reclamado por la señora Bastet. Tener que pasar toda la travesía encerrada y preguntándose lo que había ocurrido era lo más frustrante que le había ocurrido en su corta vida. Estaba preocupada por Remus; quería saber si estaba bien, si volvería a verle. El capellán Sagos nunca le había caído bien; durante la batalla por la catedral, en Cralti V, casi ls abandonó en medio del combate; y ahora verle arrastrando a Remus por los pasillos de la fortaleza como a un saco sanguinolento...

Ocelot estuvo mirándola un rato. Sus ojos amarillentos estaban perdidos y encogía los labios como una niña enfurruñada. A pesar de ser más joven aún que ella, Ocelot sospechaba lo que le ocurría, pero prefirió no mencionarlo. Aún era su aprendiz y no le gustaba la idea de soliviantar a su maestra aunque nunca se trataban entre sí como tales. Antes de girar la cabeza de vuelta a la pistola que estba limpiando la compuerta se abrió con un suave siseo.

- Dejad eso e id a descansar –dijo la Tigresa Nevada que apareció-. Dentro de poco nos prepararemos para bajar a la superficie.

- ¿Quién necesita descanso? –desafió Nekoi devolviendo un arma a su sitio y recogiendo su propio equipo.

Ocelot suspiró aliviado y también empezó a tomar sus armas. Se alegró de poder dejar al fin aquel trabajo absurdo, pero Nekoi no pareció muy contenta.

Remus volvió a morderse el labio hasta sentir su propia sangre en la lengua y saborearla como una golosina. Había pasado todo el viaje encadenado a la pared de una de las celdas del bloque-prisión del crucero, sin comida ni agua, manteniéndose en forma tensando cada músculo de su cuerpo en estricto orden. Había visto varias veces a su hermano mirarle por la mirilla de la puerta, y le había oido discutir con Sagos. El capellán decía que sus ataques de Rabia Negra se habían hecho demasiado frecuentes y quería ingresarle en la Compañía de la Muerte, pero Rómulus se negaba ello cada vez haciendo valer su rango.

Le traía sin cuidado. Le era lo mismo que Rómulus desafiara a Sagos aún a sabiendas de que algún día estaría a su cuidado, como todos ellos. Ya le era lo mismo caer en la Sed o morir en el campo de batalla. No volvería a preocuparse por sí mismo. Seguiría siendo lo que nunca había dejado de ser: un artillero, un humilde siervo del capítulo. Él no importaba, no era más que dos brazos que portaban un arma y dos ojos para apuntarla. Había llegado a tal conclusión tras aquel período de obligada meditación, y ahora se sentía orgulloso por haberla alcanzado.

Sagos entró en la celda con aspecto furioso y abrió las argollas que le sujetaban las muñecas y el cuello. El capellán no estaba de acuerdo en absoluto con dejarle libre; podía verlo en su fría mirada de cadáver, pero no se lo llevaría esta vez, pensó sonriendo.

- Repara tu armadura y prepárate –le dijo Sagos antes de dejarle salir-. Partimos en misión.

- Justo lo que quería oír –contestó insolente.

Cuando entró en la armería de la nave todas las voces se acallaron y todas las miradas se volvieron hacia él. Ignorando por completo la actitud de sus camaradas, que se le antojaba acusatoria, abrió su taquilla y encontró su armadura completamente reparada y dispuesta. El agujero del costado había sido sellado y repintado y no quedaba rastro de las abolladuras ni salpicaduras de sangre. No dedicó ni un segundo de su tiempo a pensar en quién lo había hecho. Tras colocarse la coraza y ajustarla a las conexiones de su caparazón negro empezó a revisar su bólter pesado antes de colocarse los brazales y hombreras. “Al demonio con los sentimientos de mi hermano; tú eres la única compañera que necesito” pensó hablando con el arma. Luego se dio cuenta del colmillo de tisar que colgaba por debajo del cañón. Un presente de los Tigres por los servicios prestados durante su estancia con ellos...

Remus arrancó el colmillo del arma, lo partió en dos contra su rodilla y arrojó los pedazos al suelo tan lejos como pudo. No quería tener nada que ver con los Tigres; con ninguno de ellos.

Desde aquella torre Calipso podía ver los llanos terrenos de los alrededores, todos erizados de espigas de cereal que se alzaban como bosques de lanzas doradas. Le encantó aquella vista.

A sus pies tenía el cadáver del comandante imperial. Le había encontrado en el interior de la base subterránea, le había preguntado desde dónde había contemplado la batalla, le había llevado allí y entonces le había arrancado el corazón. Aún lo tenía, lo acunaba entre sus manos enrojecidas como si fuera alguna especie de cachorro.

Vio a un grupo de sus motorista dorados buscando a los guardias que se habían ocultado en los campos; exigiéndoles a gritos que se mostraran. Aquella actitud cobarde aburría a Calipso, pero las cortas persecuciones que se creaban cuando alguno de ellos sucumbía al miedo e intentaba huir corriendo resultaban divertidas. Había visto cómo uno de los motoristas enganchaba con su garfio a un hombre y le partía el cuello sin querer; se había reido al oír las quejas decepcionadas del motorista.

- ¡Mi ama!, ¡aquí Luon desde la sala de comunicaciones del complejo! –oyó de pronto en el comunicador.

- ¿Qué ocurre?.

- ¡Transmisión desde el Indomable, mi ama!. ¡Han detectado dos naves de los marines espaciales en rumbo directo hacia aquí!.

Calipso se quedó un momento quieta, luego se humedeció los labios y arrojó el corazón por encima del hombro. - ¿Estás seguro? –preguntó esperanzada.

- Acabo de recibir confirmación, mi ama. Dos naves; un crucero y una nave de ataque. Dicen que pertenecen a dos capítulos diferentes.

- ¡Bien! –susurró ella para sí-. ¡Al fin alguien interesante con quien jugar!.

- Esperan instrucciones, ama.

- Que les dejen tiempo para que sus fuerzas desciendan al planeta y luego les destruyan por completo.

- ¡Sí, ama! –se alegró Luon antes de cortar la comunicación.

Calipsó miró al cielo una vez más como si quisiera ver las naves imperiales aproximándose. – Me encanta este cielo.

Todo sucedía como una procesión de formas y colores. La nave de ataque blanquiazul maniobró con la agilidad de un pez evitando siempre ponerse a los costados del enorme acorazado dorado que custodiaba la gigantesca esfera gris y amarillenta de Cralti IX. Oleadas de cazas y bombarderos abandonaban las bahías del crucero rojo para acosar a la nave enemiga como mosquitos a su alrededor, pero los cazas traidores salieron a su encuentro estableciéndose pronto un combate independiente del de las tres astronaves más grandes. En los laterales de las naves imperiales, escritos con letras de cientos de metros, podían leerse sus nombres; la nave de los Tigres Nevados era la Feline, y el crucero de los Ángeles Sangrientos, el Escudo Infernal.

El Indomable se puso en movimiento, abandonando la órbita de Cralti IX para interceptar el avance del Escudo. La Feline se separó y aumentó su velocidad para atacar al acorazado por detrás mientras el Escudo preparaba un ataque con sus torpedos de proa. El Indomable se alejó aún más del planeta a la vez que sus baterías y lanzas se preparaban para entrar en acción. Sus innumerables torretas giraban en todas direcciones intentando hacer blanco en los bombarderos de los Sangrientos que habían logrado acercarse aún acosados por los cazas de plata de los traidores. Hubo una explosión de plasma cuando un bombardero alcanzó una de las cubiertas. El daño causado a la enorme mole del acorazado parecía insignificante.

Una formación de bombarderos dorados se dirigió directamente hacia la Feline. Puesto que el Escudo Infernal había empleado sus escuadrones de cazas para contener a los cazas traidores, la Feline disponía aún de todas sus naves de ataque tal y como pudieron comprobar los pilotos traidores cuando las rampas de lanzamiento de la nave de los Tigres se abrieron y varias formaciones de cazas blanquiazules partieron de ellas para interceptarles. Los cazas de escolta se adelantaron a los bombarderos para eliminar a las naves imperiales, pero varios de los cazas de los Tigres lograron evadirse y empezaron a ejecutar a un bombardero tras otro con sucesivas explosiones y disparos láser que brotaban como racimos de luz.

El Escudo vomitó una andanada de torpedos telemétricos. El Indomable corrigió su trayectoria arrastrado por sus poderosos motores para ocultarse tras el combate entre cazas, obligando a los torpedos a pasar entre aquel denso y confuso enjambre. Cuando lograron pasar, sólo dos torpedos seguían su ruta fatídica; los demás habían detonado al chocar contra alguna nave o ser alcanzadas por disparos de ambos bandos cobrándose cada uno un fuerte tributo en amigos y enemigos. Los impactos tuvieron lugar en la sección baja del costado de estribor, arrancando pedazos de blindaje que superaban varias veces en tamaño a los cazas más pesados, pero aún quedaba demasiada nave que destruir. El Indomable respondió disparando sus baterías contra el resistente blindaje frontal del Escudo. Tras aquel ataque inicial ninguna de las dos naves parecía afectada gravemente.

Las Thundehawk y las naves de transporte pesado abandonaron el Escudo y la Feline al mismo tiempo. Las fuerzas de ambos capítulos, escoltadas por los últimos cazas de cada nave, se dirigieron al planeta para iniciar el ataque de superficie sin que el Indomable pareciera capaz de evitarlo. Los cazas dieron media vuelta antes de entrar en la atmósfera, momento en el que las naves de desembarco empezaron a iluminarse como cometas.

- Capitán Rómulus, recibo a una de las Thunderhawk de los Tigres.

Rómulus se levantó de su asiento y se puso tras el copiloto de la Thundehawk.

- Aquí el capitán Rómulus. Omicrom-omicrom-alfa-delta-tres. Cambio.

- Omicrom-omicrom-alfa-sigma-uno –respondió el comunicador de la complicada y enrevesada consola de mandos del piloto-. Aquí capitana Panter. Todas nuestras naves han llegado en perfectas condiciones y nos disponemos para desembarcar en 397.0. Cambio.

- Recibido, capitana. También nosotros contamos con el pleno de nuestras fuerzas y nos dirigimos hacia 412.6 para tomar tierra. El plan original sigue inalterado. Con la venia del Emperador nos reuniremos en el objetivo. Os deseo valor y decisión. Cambio y corto.

- Corto.

La nave sobrevolaba un campo de plantas largas y doradas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Pasó haciendo gimotear sus motores sobre una colina, la seguían varias naves más, todas rojas y portando el emblema de la gota alada. Tomaron tierra poco después, vomitando cada una varias escuadras de tropas en servoarmadura y algunas en armadura de exterminador. Los exploradores aparecieron desde una Thunderhawk con sus armaduras de caparazón pintadas en tonos verdes y amarillos que sirvieran de camuflaje en aquel entorno y partieron inmediatamente en dirección norte, perdiéndose entre los maizales como granos de arena en un desierto mientras los tanques bajaban las rampas de desembarco con velocidad calculada a cubierto tras el atento perímetro de seguridad previamente formado por el resto de marines.

Rómulus hizo esperar a sus fuerzas hasta que los exploradores informaran de que sería seguro avanzar. Se percató de que el cielo azul estaba haciendo extraños: se veían bandas púrpura y anaranjadas moverse y teñir el azul a su paso.

Herófocles estaba ante la entrada al búnker capturado, ahora convertido en un antro de los excesos alimentado con el sufrimiento de los prisioneros. Sólo el grueso blindaje de aquellos muros impedía que los gritos de dolor y agonía fueran escuchados, pero Herófocles podía sentirlos como si estuvieran a su lado y eso hacía que su sonrisa creciera hasta límites increíbles.

El hechicero estaba moviendo rápidamente las manos en una sucesión de pases mágicos ejecutados con precisión. En el cielo, las formas de color que estaba creando parecían querer imitarle y se arremolinaban siguiendo los movimientos que él les marcaba desparramando líneas verdes, rojas, amarillas y púrpura hacia todos los horizontes. De repente hubo mucho ruido a su alrededor conforme las tropas de los Esclavos de Calipso salían del búnker para formar filas, pero eso no alteró su concentración y siguió en su empeño hasta completar el hechizo con una ceremoniosa y sonora palmada que provocó una inaudible explosión en el cielo. El azul quedó de inmediato sustituído por un mar confuso y en constante movimiento que mezclaba todos los colores imaginables.

- ¡Herófocles, deja eso ahora! –le llamó una emocionada Calipso desde lo alto de su trono-. ¡Han aterrizado dos capítulos de marines!. ¡Uno al sur y otra al este de aquí!.

- Lo sé. Confío en que te divertirás con ellos más que con esos palurdos guardias.

Calipso no pareció oírle. Estaba demasiado excitada para prestar atención a nadie. – ¡Yo iré a recibir a los del sur!. ¡Tú encárgate de los del este!.

- Será un placer.

Al poco Calipso de dirigía, o más bien era portada por sus elegidos, hacia el sur tal y como había dicho. Se llevaba consigo la mitad de las tropas de a pie, varios escuadrones de motoristas y a los arrasadores. Excepto estos últimos, los guerreros relumbraban entre el maiz con sus armaduras de oro y plata robando destellos de un sol velado por aquel mágico cielo de color. Calipso sin embargo emergía por encima de las plantas desde su trono y buscaba ya ansiosa el primer atisbo del enemigo.

Los Ángeles Sangrientos marcharon aplastado los enclenques maizales bajo el peso de sus botas y de las orugas de los vehículos. Por donde pasaban, quedaba un claro rastro de plantas caídas y pisoteadas.

Asesorado por los exploradores de vanguardia, Rómulus seguía en camino al complejo antibombardeo que según los informes era donde las fuerzas del Caos habían establecido su base de operaciones. Que el Emperador se apiadase de las tropas imperiales a las que se las habían arrebatado. El paisaje no podía ser más monótono. Aquellas plantas amarillentas bloqueaban la visibilidad, pero cada vez que se subía al Razorback Puño de Marfil para otear el terreno encontraba el mismo mar de espigas bajo un cielo psicodélico que parecía obra de un demente.

- Esta brujería me produce náuseas –se quejó el artillero de la torreta.

- Sólo la impía mano del Caos es capaz de algo así –contestó Rómulus.

El capitán dejó la frase cortada; había visto algo por delante de ellos. Se puso su casco y ajustó los visores para larga distancia con una orden mental al espíritu-máquina de su armadura. Vio una especie de mancha luminosa entre las espigas; una zona en la que el maiz brillaba mucho más que el de alrededor. Y en el centro de aquellos destellos había alguien sobresaliendo del mar amarillo. Parecía una mujer. Estaba ataviada con una sugerente armadura de oro. Le devolvía la mirada directamente.

Cuando la mancha brillante empezó a expandirse, Rómulus cayó en la cueta de que se trataba de las tropas enemigas desplegándose por la zona para atacarles.

- ¡Capitán estoy viendo...!

- ¡Ahí los tenemos! –interrumpió Rómulus al artillero antes de bajar de un salto-. ¡Manphred, los tenemos justo delante!. ¡Intentan envolvernos!.

El paladín se plantó ante Rómulus a la espera de órdenes, aunque pensó que si por él fuera desplegaría a las tropas para evitar que el enemigo les cercase.

- Deplegaremos nuestras tropas –ordenó el capitán-. Formaremos dos grupos. Los exterminadores y el Filo de Arena se situarán entre ambos. Vos, Crasso, Dálcabo, Malenko y la Compañía de la Muerte a la izquierda. Yo me situaré a la derecha con el resto. Avanzaremos para barrer el terreno, de modo que disparad a todo lo que se mueva.

- Sí, capitán –Manphred le ofreció la muñeca antes de partir.

- Valor y decisión –recitó Rómulus chocando la muñeca contra la del paladín.

- Valor y decisión, capitán.

Herófocles se desplazó con su vaporoso caminar por delante del Profanador. Tras algunas horas de camino habían divisado finalmente una pequeña fuerza de marines con armadura blanca y azul. Eran muchos menos de lo que el hechicero había previsto.

- Hechicero –le llamó uno de los paladines, que manipulaba los visores de su casco mediante un pequeño teclado en el antebrazo de su armadura-. No vas a creer esto.

- ¿Qué es lo que ves?.

- Veo a varios de ellos con la cara descubierta. ¡Y todos parecen mujeres!.

- ¿Qué?.

- ¡Lo juro!. ¡Son mujeres con servoarmadura!.

Los Esclavos que alcanzaron a oír a aquel paladín quedaron extrañados, incluido el propio Herófocles. El hechicero se llevó una mano a sus lentes como si por el mero hecho de posar sus dedos sobre el borde fuera a mejorar su visión.

- ¡Es cierto! –exclamó al poco-. ¿Qué clase de broma es esta?.

- ¿Es posible que sólo sean un señuelo? –propuso Khaldar, el paladín aniquilador-. Tal vez las emplean para distraernos. Aunque no me importaría nada ese tipo de distracción. ¿Tú que dices, Golurba?.

El otro paladín dejó de operar en el teclado de su brazo y rió con complicidad. – ¡Sí, por Slaanesh!. ¡No podían haber ideado una treta mejor para llamar nuestra atención!.

- Parece que quieren jugar –susurró Herófocles-. Bien, pues nosotros jugaremos a otra cosa. ¡Minos, Khaldar, exterminadlas!.

El Profanador rugió complacido y empezó a posicionar su cañón de batalla a pesar de los lamentos decepcionados del resto de marines del Caos. Khaldar apuntó a desgana su destructor sónico mientras el resto de su escuadra hacía lo propio con el mismo escaso entusiasmo. Cuando el hechicero volvió la vista de nuevo hacia el grupo de mujeres en armadura, habían desaparecido.

- ¿Dónde están? –preguntó Golurba.

- No las veo –Khaldar miró en todas direcciones como si buscara a un conocido entre la multitud.

El tableteo de bólters les llegó de repente desde la izquierda. Acto seguido también las tropas del flanco derecho fueron atacadas y los comunicadores se llenaron de gritos y órdenes de los paladines. Los muros de maíz que parecían rodearles se abatieron por las ondas expansivas de las explosiones y los Esclavos empezaron a disparar a ciegas.

- ¡Me encanta esto! –afirmó Herófocles posando las manos sobre las empuñaduras de sus espadas.

Karakal y su escuadra permanecieron a gatas mientras varios de sus hermanos y hermanas procedían al ataque inicial a las fuerzas del Caos. Las plantas no les permitían ver, pero les bastaba seguir sus sentidos para encontrarles. Podían oír sus gritos blasfemos y sus armas malditas; oler su extraño aroma, una aroma que resultaba puro y embriagador, pero que sabían provenía de los seres más despreciables que podían imaginar. Era el aroma de los traidores.

Una explosión inmensa peinó el maizal y arrojó a varios de ellos al suelo. El Profanador estaba descargando todo su armamento sobre los alrededores, creando destrucción como si se tratara del ojo de una tormenta de proyectiles y fuego.

- ¡Hemos de detener a esa cosa! –masculló Karakal con una idea ya clara en mente-. ¡Nekoi, Ocelot!. ¡Tenéis trabajo que hacer!, ¡os cubriremos!.

Ocelot quedó un momento inmóvil, asimilando la gran figura del Profanador y buscando algún punto débil en su retorcida estructura.

- ¡Ocelot, múevete! –ordenó Nekoi impaciente separándose de la escuadra en dirección a aquel monstruo.

Ocelot la siguió. La actitud triste y enojada de Nekoi le provocó un mal presentimiento.

Rómulus se desplazó hacia su derecha a la vez que repartía las órdenes al grupo bajo su mando. Los disparos surgían de entre la espesa cosecha y, aunque el enemigo parecía sufrir la misma incapacidad de verles que ellos, algunos impactaban peligrosamente en las armaduras rojas como la sangre arrancando fragmentos de ceramita. El Predator Baal apareció a su lado e hizo entrar en acción sus bólters pesados y su torreta artillada con un cañón de asalto doble. Los trigales parecieron humillarse ante la ensorecedora potencia de fuego del tanque ya que todo el terreno que había ante él quedó despejado como por una invisible guadaña y finalmente pudieron ver a algunos de sus enemigos. Los marines traidores portaban armaduras de oro adornadas con los blasfemos símbolos de sus dioses en plata, aunque los que pudieron ver estaban ya bañados en sangre y con sus corazas destrozadas por los proyectiles del Filo de Arena. Varios traidores más atravesaron el claro recien formado y fueron objetivo del fuego de la escuadra táctica que acompañaba al capitán.

En el otro grupo de Sangrientos, en el extremo del flanco izquierdo, Dálcabo y sus devastadores dispararon una y otra vez a las invisibles fuentes de los proyectiles que se abatían sobre ellos. Remus sostuvo el disparador de su bólter pesado presionado en todo momento enviando oleadas de muerte hacia la espesura. El repugnante olor dulzón que inundaba el aire irritaba al artillero, que trazaba un arco tras otro de izquierda a derecha de un modo similar a como su sargento hacía con su bólter de asalto. Algo más a su derecha, Manphred seguía ordenando fuego a discreción con las espadas de Absóluton lanzando pequeños relámpagos, dispuestas a entrar en combate y destripar la carne del enemigo. Uno de los exploradores de la escuadra Malenko disparaba un cañón automático apoyado sobre su bípode integral. Fue el primero al que Remus vio morir.

Un escuadrón de motocicletas surgió de la plantación desde donde se suponía que estaban los exterminadores y la Compañía de la Muerte y arrasó a los exploradores en una sola pasada. El neófito del cañón automático fue enganchado por el cuello con un garfio unido a una cadena y el motorista se lo llevó arrastrando, gorgoteando por la tierra. Malenko fue atropellado por otro de ellos y cayó a varios metros en la espesura donde ya nadie pudo verle. El resto fueron abatidos a golpes de espada y cuchillo sin oportunidad alguna de reaccionar.

Manphred y la escuadra Crasso estuvieron a punto de hacer frente a los motoristas, pero más marines traidores aparecieron ante ellos y les obligaron a defenderse. El paladín Sangriento cargó hacia delante cogiéndoles por sorpresa; sus espadas decapitaron a dos de ellos y convergieron partiendo por la cintura a un tercero. Un paladín del Caos blandió una espada de plata sobre su cabeza que Manphred detuvo con sus armas. Los energodientes de Mercuria y Plutonia rechinaron hasta destruir por completo el arma del traidor antes de acabar con su dueño atravesando su armadura como el frágil trigo que les rodeaba.

Dálcabo recitó una serie de precisas órdenes en forma de palabras clave que fueron interpretadas de inmediato por su escuadra. En menos de un segundo el bólter pesado, los lanzamisiles y el cañón láser estaban abriendo fuego contra los motoristas que habían arrasado con los neófitos y que ahora estaban maniobrando para atacar por detrás a Manphred y la escuadra Crasso. Dos misiles perforantes atravesaron cada uno a un enemigo: el primero salió despedido de su moto por la fuerza del impacto; el segundo recibió el misil en plena montura y salió despedido por los aires cuando la moto explotó. El haz de luz incandescente del cañón láser destruyó a otro poniendo su armadura al rojo vivo al tiempo que una ráfaga bólter de Remus y Dálcabo acababa con el resto. Remus siguió disparando varios segundos después de que el último de los enemigos hubiera dejado de moverse.

- ¡Remus! –le contuvo el sargento Dálcabo-. ¡Sólo es necesario matarlos una vez!. ¡El enemigo ahora está ahí!.

- No, estamos aquí.

Los devastadores se volvieron hacia la izquierda y vieron a otra escuadra de marines dorados acompañada por una mujer con una ajustada armadura y un látigo rojo entre las manos. Aquellos traidores portaban una mayor cantidad de adornos y parecían estar esperándoles con poses erguidas y orgullosas.

A Calipso le encantaba emplear sus dotes de infiltración para escurrirse por los flancos de un ejército enemigo y atacar a unidades aisladas. Le gustaba casi tanto como contemplar las batallas desde lejos, y sabía que también le gustaba a sus elegidos. Estrechó su látigo sintiendo cómo el demonio atrapado en su interior se impacientaba por catar el sabor de las almas de aquellos marines.

Remus vio que uno de sus enemigos era una mujer y no pudo evitar recordar a los Tigres Nevados. Se enfureció de tal modo que inmediatamente cargó contra ella vociferando. Dálcabo le ordenó detenerse, pero el resto de la escuadra se unió a su carga y no pudo sino acompañarles disparando su bólter de asalto a la vez que tomaba su espada sierra con la otra mano.

Calipso vio cómo el primer Ángel Sangriento venía directamente hacia ella, pero pronto su escolta se adelantó para detenerles preparando sus armas y ella soltó un suspiro. – ¡Apartáos de en medio!, ¡ese es para m...!

Remus blandió su bólter pesado de izquierda a derecha enviando al suelo a dos enemigos con un potente golpe. Acto seguido apuntó a la mujer, pero ella se apartó ágilmente antes de que los proyectiles abandonaran el cañón y sólo impactó al aire. Otro guerrero dorado le lanzó un hachazo; él lo bloqueó con su bólter pesado y luego le estampó el puño en la cara rompiéndole el casco y muy probablemente el cráneo ya que el enemigo cayó a plomo, inerte. Remus manipuló su bólter pesado como una inmensa maza descargándolo contra uno de los que se estaban levantando. El traidor dobló la cabeza de un modo imposible a causa del golpe y volvió a caer, sin duda con el cuello partido. Dálcabo disparó a bocajarro pero el Esclavo le desvió el arma de una patada y le hizo impactar a uno de los Sangrientos en la espalda. El sargento lanzó un vengativo tajo con su espada sierra que tampoco logró herir a su enemigo, quien le repondió haciendo rebotar su espada curva contra su hombrera dejando una profunda mella, pero sin llegar a ser un daño importante. El Sangriento al que Dálcabo había disparado por error fue presa fácil; herido y sorprendido de aquella manera cayó con dos espadas insertadas en su coraza.

Calipso hizo chasquear su arma y uno de los devastadores armados con bólter sufrió un espasmo con una fina raja sangrante en el brazo provocada por el contacto del látigo. Al poco se desplomó inconsciente de bruces. Sus elegidos sostuvieron un magnífico combate que la hizo disfrutar a ella también, luchando con gracilidad ante el salvajismo de los Sangrientos. Sin embargo, cuando un guerrero dorado fue despedido hacia atrás hasta caer junto a ella, la señora del Caos no tuvo tan claro que fueran a vencer en aquella lucha, y eso la emocionó aún más. La incertidumbre de la victoria era mucho más excitante que la certeza, la incertidumbre la obligaba a esforzarse al máximo si quería sobrevivir, la obligaba a ponerse a prueba. La incertidumbre era la verdadera fuente de de su diversión y su placer. Hizo chasquear su látigo de nuevo y otro Ángel Sangriento quedó encogido en posición fetal incapaz de controlar las contracciones de sus propios músculos.

Completamente cegado por la ira, Remus se abrió paso entre los traidores hasta alcanzar a su líder. Empuñó su bólter pesado y golpeó a uno de ellos en el estómago con el cañón antes de disparar y enviarlo volando hacia ella. La guerrera intentó azotarle desde lejos aprovechando la longitud de su látigo, pero Remus interpuso su bólter pesado evitando su contacto. Luego apuntó y disparó pero el latigazo había averiado el alimentador, de modo que saltó hacia ella con un golpe vertical que hundió el terreno en el que ella se encontraba justo antes de esquivarle.

Por su parte, Herófocles y sus tropas hacían frente a los Tigres Nevados. El hechicero aún no se había movido del sitio, contemplando la batalla que tenía lugar a su alrededor con su imborrable sonrisa maquiavélica. Ni siquiera el estruendo que provocaba el ya lejano Profanador parecía perturbarle; la máquina descargaba incansable sus cañones automáticos y su lanzallamas pesado en su avance hacia las tropas imperiales. Varios incendios se habían declarado ya en la cosecha al paso de Minos.

Khaldar disparó y la onda de choque abrió otro amplio camino entre las espigas a la vez que derribaba a dos de las marines. Su escuadra disparó también enviando ondas megasónicas que abatieron al resto de Tigres con impactos tan potentes que las levantaban del suelo. De repente una escuadra de asalto cayó desde el cielo. Khaldar vio a una marine con retrorreactores tomar tierra justo delante de su destructor sónico, de modo que disparó haciendo que su cuerpo quedara prácticamente licuado en el interior de su armadura. El gozo del paladín no fue duradero ya que al instante siguiente la sargento de aquella escuadra le había clavado una de sus garras en el cuello y le sostenía durante un interminable momento antes de retorcer el brazo y destrozarle la garganta, permitiéndole morir ahogado en su propia sangre. Antes de expirar, Khaldar casi dio gracias a Slaanesh por el sumo placer de su propia muerte a manos de tan bella criatura.

Tras haber degollado brutalmente al paladín de los aniquiladores, Tigrit se volvió hacia el resto de la escuadra escrutando el panorama con sus ojos felinos y calculando su siguiente movimiento en un nanosegundo, que fue destruir de un zarpazo el arcano generador dorsal de otro de los aniquiladores permitiendo así a sus hermanas acabar con él merced a su superior velocidad, pero el marine del Caos profirió un ensordecedor chillido que hizo que las Tigresas casi sintieran cómo el alma les era arrancada del cuerpo y quedaran aturdidas por completo. El marine tuvo tiempo de golpear a una de ellas con su amplificador sónico a modo de garrote antes de que una espada sierra pusiera fin a sus heréticas andanzas.

El Profanador giró la torreta que le servía de torso hacia la escuadra de asalto de Tigrit y disparó su lanzallamas, pero las Tigresas activaron a tiempo sus retrorreactores y se elevaron fuera del alcance de la avalancha de fuego líquido. Minos elevó entonces sus cañones automáticos y disparó hacia el cielo logrando derribar a una de ellas, que se precipitó sin control hasta estrellarse. Se preparó para disparar una segunda ráfaga, pero de pronto el ente demoníaco que lo poseía sintió dos golpes sordos contra el blindaje de su costado.

- ¡Diana! –se alegró Ocelot al ver que las dos cargas magnéticas que habían lanzado contra el Profanador quedaban adheridas a su superficie dorada.

El joven Tigre y su maestra se alejaron de un salto justo antes de que las bombas de fusión detonaran, haciendo que el depósito de combustible del lanzallamas se prendiera y reventando el brazo izquierdo de la máquina en una bola de fuego. Todo el terreno alrededor quedó impregnado de fuego como un pequeño infierno.

- ¡No lo ha destruido! –se lamentó Nekoi viendo que el Profanador aún seguía operativo y se volvía hacia ellos con el repiquetear de sus patas.

- ¡Cuidado!.

Minos alzó sus patas delanteras en forma de gigantescas pinzas e intentó aplastar a los dos pequeños responsables de la pérdida de una de sus armas. Los ágiles marines se hicieron cada uno a un lado y no pudo acertarles, pero habrían de arrepentirse por aquel daño.

Nekoi vio que el otro brazo la apuntaba a ella directamente y reaccionó encaramándose por las patas laterales hasta trepar a la plataforma sobre la que descansaba el torso de la bestia mecánica, justo por debajo de los cañones automáticos que empezaron a disparar ensordeciendo por completo cualquier otro sonido pero que por gracia del Emperador no podían alcanzarla donde estaba. Nekoi resistió el dolor de sus oídos y tomó otra carga de fusión, pero cuando fue a situarla bajo el cañón de batalla, el Profanador giró su torreta y ella tuvo que agarrarse al gran cañón para no caer al suelo. Ocelot vio a Nekoi colgada del cañón de batalla y cómo una de aquellas pinzas se alzaba para atraparla.

- ¡Eh, engendro de chatarra! –le gritó al Profanador disparando su pistola bólter contra su cabeza-. ¡Estoy aquí!.

El Profanador pareció resentirse al recibir los disparos de Ocelot en el yelmo e inmediatamente se volvió hacia el joven Tigre, que tuvo que revolcarse por el suelo para esquivar su golpe con la suficiente rapidez. Nekoi sonrió, se encaramó al cañón y situó una bomba en la unión entre éste y el torso antes de saltar. Cuando la carga explotó y la onda de fusión alcanzó a los pesados proyectiles del cañón de batalla almacenados en el interior del torso, el profanador quedó completamente destruido. Pedazos de su blindaje y de su impía maquinaria interna volaron como hoces segando plantas y marines por igual. Sólo las patas de la máquina quedaron intactas, tambaleándose por unos momentos hasta ceder a la muerte del resto de su cuerpo.

Nekoi alzó la cabeza complacida, pero cuando quiso levantarse una de sus piernas no quiso responder. Un pedazo del armazón de la máquina con forma de estaca había empalado una de sus grebas contra el suelo. La sangre que manchaba su armadura la hizo saber que estaba herida pero aún no sentía ningún dolor. Ocelot se acercó moviendo mucho la boca pero no decía nada. Se dio cuenta de que todos los sonidos habían quedado sustituidos por un pitido. No podía oír.

Rómulus oyó un motor a su izquierda justo antes de que otro grupo de motoristas dorados apareciera ante él. Se agachó a tiempo de evitar que un arma parecida a un ancla primitiva le golpease y acto seguido saltó sobre el siguiente motorista haciéndole caer. El mundo dio vueltas a su alrededor mientras rodaba aplastando las vainas de cereal, pero en todo momento logró mantener la orientación de a dónde había ido a parar el motorista del caos. La moto vacía derrapó en el terreno y se estrelló fuera de la vista mientras el capitán se lanzaba sobre su enemigo y le abría en canal con su cuchilla relámpago. Se levantó jadeando por la mera excitación del combate, pero de inmediato fue despedido hacia atrás al ser atropellado por otra motocicleta cargada de blasmemas runas plateadas.

Los exterminadores de Marcus disponían ya de un amplio claro ante ellos segado con ráfagas de bólter de asalto y lanzallamas pesado. El capellán Sagos habían emprendido una carga contra las tropas que habían surgido a su derecha y ya no les veían, pero seguían disparando sus armas contra todo lo que se moviera manteniendo el centro de las filas Sangrientas inamovible. Entonces los vieron. Eran tres, cada uno mucho más grande que ellos a pesar de su arcana armadura dreadnought. La superficie de sus armaduras, si se podía llamar así a aquella extraña amalgama que los recubría, era negra y brillante. Arrasadores.

- ¡A ellos! –ordenó enérgico el sargento de los exterminadores-. ¡Cargad!. ¡Por la sangre de Sanguinius!.

Marcus sabía que no podían intentar sobreponerse a ellos en un intercambio de disparos. Los arrasadores poseían la blasfema habilidad de transformar sus cuerpos para dar forma a cualquier arma que sus enfermizas mentes pudieran imaginar, de modo que, incapaces de correr por el peso de sus armaduras, los exterminadores avanzaron a grandes zancadas descargando toda su munición sobre las tres abominaciones. Los Arrasadores caminaron también pesadamente hacia ellos; sus brazos empezaron a cambiar hasta dar forma a una miríada de rifles de plasma que vomitaron su fuego incandescente sobre ellos con mortífera letalidad. Dos exterminadores cayeron en el acto como si la santificada protección de sus trajes fuera un mero recuerdo de la pasada gloria de los marines espaciales. Uno de ellos abrió la boca hasta el punto en que la piel de la cara debería de habérsele desgarrado, pero no fue así y vomitó un recto haz de luz como un cañón láser que atravesó a otro de los exterminadores y lo hizo caer como una montaña. El sargento logró ponerse a su altura y lanzó un sesgo sobre el primer enemigo que le atravesó desde el hombro a la cadera. La criatura se quejó con voz gutural en una lengua incomprensible y la espada de energía relampagueó hacia el otro lado cruzándole el pecho de nuevo y arrancándole la vida de golpe antes de que hubiera terminado de alzar su mano en forma de garra. Otro exterminador apareció junto a su sargento y hundió su puño de combate en el vientre del segundo Arrasador, pero éste hizo lo propio y enterró su garra en el cuerpo de su asesino muriendo ambos unidos en un extraño abrazo. Apoyada una contra la otra, las dos enormes figuras cayeron de rodilas y permanecieron así, a modo de testimonio de la lucha eterna del Imperio y el Caos. El sargento se volvió hacia el único arrasador restante y le disparó a bocajarro, pero su bólter de asalto hizo escasa mella en el amorfo caparazón y la criatura hizo mutar sus brazos convirtiéndolos en enormes zarpas erizadas de púas.

Dálcabo había perdido su bólter de asalto y ahora se defendía blandiendo su espada sierra a dos manos. Tres de los elegidos de la señora del Caos le rodeaban y lanzaban fintas sin otro propósito que burlarse de él.

- ¡Vamos, cobardes! –les increpaba el sargento trazando ruidosos mandobles a un lado y a otro-. ¡Atrevéos a dar un paso más y teñiré esas armaduras con vuestra sangre!.

Uno de los elegidos se adelantó. Dálcabo le hizo retroceder de nuevo, pero entonces los otros dos alzaron sus espadas. Bloqueó una de ellas y procuró que la otra golpeara en el blindaje de su hombrera, pero éste ya había sido dañado y la hoja penetró hasta herir su carne mucho más dolorosamente de lo que había podido imaginar. Sin embargo reunió fuerzas para hundir su espada sierra en el vientre del traidor; sin duda habría podido acabar con él si otro más no hubiera desviado su estocada impidiéndole tomar aquella vida de pecado contra el Emperador antes de su muerte. Los elegidos empezaron a golpearle, sólo uno cada vez y nunca en un lugar vital. Estaba claro que no iban a permitirle morir lentamente, sino que le agotarían cada vez más, herida a herida, hasta desear el fin de su miseria. No pudo hacer nada por defenderse. El arma se le escurrió de las manos del mismo modo que su vida escapaba junto con su sangre por las ya numerosas heridas. Sin embargo se mantuvo fuerte y alimentó su odio contra los marines del Caos. Cayó de rodillas y aquel corro de tortura persistió en el macabro juego.

- ¡Sargento!.

Remus cruzó una mirada con el casco inexpresivo de Dálcabo antes de que este terminara por besar el suelo. La señora del Caos le impidió acudir en su ayuda, aunque allí ya no había nadie a quien pudiera ayudar.

- ¡Aparta de mi camino, mujer! –escupió Remus.

- ¿Mujer? –Calipso rió-. ¡Eres el primero en mucho tiempo que emplea esa palabra para insultarme!.

Los elegidos abandonaron al sargento y se reunieron tras su ama, quien les prohibió interveir con un simple gesto. Remus abandonó la esperanza de salvar a Dálcabo. Estaba muerto. Con una mano, el artillero desconectó la cinta de munición de su generador dorsal y dejó caer su bólter pesado al suelo con un estruendo metálico. Lo miró unos momentos sin saber muy bien porqué y sus ojos encontraron el extremo roto de la cadena que antes sujetaba el colmillo de tisar.

- ¿Qué hace? –preguntó ajeno uno de los elegidos.

- ¿Se está rindiendo? –aventuró otro.

En un parpadeo Remus desenvainó un largo cuchillo de combate y arremetió contra la señora del Caos. Los elegidos retrocedieron rápidamente evitando la confrontación y Calipso esquivó con un fugaz giro lateral haciendo que su látigo se enroscara alrededor de ella.

Remus trazó un tajo por la derecha que se estrelló en el mango del arma demoníaca y su enemiga le asestó un revés en plena cara cuya fuerza le hizo trastabillar unos cuantos pasos hacia atrás. El látigo se desenroscó con vida propia y serpenteó hacia Remus, quien rodó por el suelo para evitarlo y lanzó el cuchillo como un arma arrojadiza directamente contra la cabeza de ella. El látigo se contrajo e interceptó el arma antes de que alcanzara a su dueña para luego volver a restallar hacia el Sangriento. Remus sintió el latigazo como una cálida caricia a través del peto de su armadura. Se encogió por la mera sorpresa de aquella agradable sensación y ya no tuvo ganas de levantarse. La señora del Caos le azotó de nuevo y una de sus hombreras autorreactivas fue arrancada de cuajo, pero ni tan siquiera pareció importarle.

- Ooh, tienes un rostro tan hermoso –susurró la señora del Caos ladeando la cabeza-. Sería una pena estropearlo.

Los elegidos rieron y la sangre manó de aquellas heridas pero todo aquello pasó desapercibido para el artillero. Remus alzó una somnolienta mirada hacia el cielo plagado de colores mientras la hereje volteaba su látigo trazando espirales. El tercer chasquido le acertó en plena cara, cruzándole la mejilla y el ojo izquierdos y haciéndole caer lentamente, como en un liviano sopor con su cuerpo convulsionándose ajeno a su apagada mente.

Manphred se encontró solo en mitad del terreno con algunos Ángeles Sangrientos a su alrededor, algunos en pie, otros yaciendo inertes. De las ondulantes paredes de vainas doradas provenían disparos y gritos de batalla desconcertantes. Los clamores blasfemos vencían a los cantos de reivindicación, y hacía un rato que no oía la voz poderosa del capellán Sagos, pero si iba en su busca dejaría solo el flanco izquierdo de sus lineas de modo que se movió junto con los pocos marines hacia la posición de los devastadores.

El sargento exterminador Marcus estaba solo junto al pesado Arrasador. La Compañía de la Muerte había desaparecido entre las plantas y ahora oía pocos sonidos más allá de los bufidos de su oponente. Su espada se hundió hondamente en aquella armadura, pero cuando la retiró no manó sangre alguna y la herida se rellenó con el propio material de su cuerpo fluyendo como una materia negra y viscosa. El arrasador lanzó un zarpazo que Marcus detuvo con su bólter de asalto, quedando el arma destruida al recibir el choque de aquellos dedos espinosos y afilados. La otra zarpa se balanceó por la izquierda y le impactó en el costado, pero la armadura resistió y Marcus pudo ensartarle, hundiendo la hoja de energía hasta la empuñadura en lo que debía ser el pecho de la enorme criatura. El arrasador encogió la cara de dolor, pero aún así le agarró por el hombro con la otra garra y levantó su considerable peso por encima de su cabeza haciedo caso omiso del arma que le atravesaba de pecho a espalda. El exterminador sintió un brutal aumento de presión momentos antes de que su cuerpo fuera desgarrado y lanzado en dos direcciones opuestas dejando dos regueros de abundante sangre. La abominación gritó triunfal alzando su ronca voz al cielo. Su armadura absorvió la sangre que había caido sobre ella como si fuera tierra seca falta de lluvia.

Manphred encontró lo que quedaba de la escuadra de devastadores en forma de tres marines muertos. El sargento tenía la armadura cuarteada hasta tal punto que sin duda era ya inservible por mucho tiempo que se dedicara a su reparación. Otro marine tenía el generador dorsal destrozado por fuego de bólter y dos heridas en el torso, ambas dirigidas quirúrjicamente a cada uno de sus corazones. El tercero no tenía desperfectos graves en la armadura, pero cuando uno de los Sangrientos le quitó el casco encontró que en lugar de cuerpo había una pulpa rojiza en su interior. No encontraron rastro alguno de los demás, sólo las huellas de los traidores que habían hecho aquello alejándose hacia el norte.

Las tropas del Caos se retiraban. Rómulus vio cómo los motoristas daban media vuelta y se perdían de la vista, algunos de ellos arrastrando a Ángeles Sangrientos con cadenas y garfios sin que éstos pudieran hacer nada por evitarlo. Los persiguió descargando hasta el último proyectil de su pistola bólter, luego la arrojó a la espesura preso de la frustración de saberse incapaz de alcanzarles. En su carrera encontró a uno de los miembros de la Compañía de la Muerte semioculto entre las plantas. Estaba muerto. Siguió un rastro de sangre y de repente un Crozius Arcanum apareció por su izquierda intentando rebanarle la cabeza, pero fue lo bastante rápido para detenerlo con su cuchilla relámpago.

- ¡Sagos, soy yo! –chilló instintivamente para evitar un segundo intento del capellán-. ¡Soy Rómulus!.

Sin embargo le faltó confianza y sostuvo sus cuchillas dispuesto a seguir defendiéndose. Sagos se detuvo y bajó el arma mirándole desde detrás de su inmisericorde máscara de calavera. Su armadura estaba destrozada, cubierta de sangre que bien podía ser propia o enemiga.

- ¿Dónde están los demás?, ¿dónde está la Compañía de la Muerte?. –preguntó el capitán.

Sagos le dio la espalda y se arrodilló ceremoniosamente adoptando la misma postura que tenía antes de que Rómulus le sorprendiera. – Todos han caido –respondió con sordidez-. Murieron luchando, murieron bien.

Malenko se despertó sintiendo su cuerpo agitado. Había un Ángel Sangriento acuclillado sobre él, llamándole por su nombre. Cuando el sargento de exploradores se incorporó, vio que sus hombres estaban ante él siendo atendidos igualmente por sus hermanos en servoarmadura. Faltaban dos de ellos.

Los Esclavos que habían acudido a vengar la destrucción del profanador se encontraron con un ataque sorpresa de Karakal y su escuadra que les impidió alcanzar a Nekoi y Ocelot. El Tigre de Fuego causó la primera baja clavando sus garras tisarinas en el estómago de un traidor y levantándolo en el aire hasta lanzarlo hacia atrás por encima de su cabeza. Las garras descendieron sobre otro traidor mellando su casco de oro y su coraza con sendos tajos como si del ataque de un oso salvaje se tratara. Las neófitas que acompañaban a la escuadra de Tigres se lanzaron hacia delante sumando su peso al combate y desbordando a los Esclavos de Calipso. Una de las Tigresas estaba armada con una pareja de cuchillas relámpago en forma de largas garras felinas que atravesaron los cuerpos enemigos como si no fueran tangibles reduciéndolos a despojos despedazados. El paladín del Caos detuvo una de esas cuchillas con una gruesa espada y partió a la marine por la cintura en una habíl maniobra después de haber esquivado la otra. Un disparo bólter impactó en el pecho del paladín sorprendiéndole con un repentino impulso que le hizo perder el equilibrio.

Ocelot volvió a disparar su pistola bólter a aquel siervo del Caos distrayéndole el tiempo suficiente para que Karakal le arrancara la cabeza con sus garras. El Tigre de Fuego asintió satisfecho hacia el muchacho mientras los marines traidores huían hacia el oeste.

- Un gran trabajo –afirmó poniéndose a su altura y señalando los restos del profanador.

Sólo Ocelot asintió.

- Has enseñado a este chico de un modo brillante Nekoi.

- No puede oiros, sargento –dijo Ocelot casi interrumpiendo a Karakal-. Prácticamente tuvo que besar a ese monstruo para colocarle las bombas de fusión. El estruendo de sus armas la ha ensordecido.

- Estoy bien –Nekoi habló demasiado alto ya que no podía medir su propia voz-. Tuve que colocarme junto a sus cañones y ahora no puedo oír nada, pero se me pasará.

El Gran Zaiverino pasó junto a ellos descargando los bólters pesados de sus barquillas en una terrible tormenta de fuego.

Panter segó a dos enemigos al mismo tiempo con un arco de su hacha de energía. Su escolta de marines tisarinas era un oponente imbatible aún para las refinadas artes de la muerte de aquellos seguidores de Slaanesh. Llegó una nueva oleada y Panter hizo avanzar a sus guerreras en una contracarga. Una de las tisarinas amagó un golpe, pero lo que hizo fue agacharse para permitir que la que avanzaba a su lado pudiera trazar un amplio arco con su garra. El golpe destruyó el casco del traidor y la otra tisarina se levantó apartándole a un lado de un rodillazo y atacando al siguiente enemigo. Otro Esclavo bloqueó una cuchilla tisarina y la marine le agarró el brazo permitiendo a otra de sus hermanas rematarle a placer.

Aún con sus unidades separadas y aisladas en el mar de trigales, los Tigres Nevados hacían retroceder a sus enemigos actuando cada grupo de un modo completamente autosuficiente.

Cheetah y sus motoristas sorprendieron a un grupo por detrás y los arrasaron a golpe de espada sierra. La capitana de motoristas cercenó un brazo dorado con su espada de energía y luego disparó los bólters de su moto acribillando al siguiente marine del Caos antes de llevárselo por delante. Otra motorista apuntó un rifle de fusión con una mano y redujo a su objetivo a metal fundido de cintura para arriba. Las motos modificadas derraparon sobre el terreno al dar media vuelta y detenerse para contemplar con orgullo los restos de lo que había sido una escuadra enemiga.

Desde detrás de la mordaza metálica de su respirador, Tigrit gritó sus alabanzas al Emperador mientras los marines dorados huían de ellas. Habían caido sobre ellos desde el cielo con tal ímpetu que los habían desmoralizado en el acto. Entonces hubo un movimiento a la derecha de su escuadra de asalto. Había otro traidor entre los trigales, pero éste cubría sus piernas con un faldón rojo y llevaba una pareja de espadas aún envainadas al cinto. Las estaba mirando desde detrás de sus lentes rojizos y sonreía como un majadero. Por alguna razón Tigrit no se sintió impulsada a dar la orden de atacar a aquel personaje, y las marines de asalto tampoco parecían querer tomar la iniciativa.

Herófocles salió al claro sin dejar de mirar a la marine que parecía ser la sargento. Al igual que de costumbre, sus poderes influían en ellas como en cualquier otra criatura, eliminando de sus mentes cualquier intención de atacarle mientras él no se comportara de modo amenazador. Caminó con las manos sobre los pomos de sus armas hasta quedar enfrentado a la escuadra. La diferencia de seis contra uno no le importaba, se sabía bien capaz de acabar con todas ellas pero antes quería deleitarse con su belleza. Los ojos de la sargento eran dos preciosos iris anaranjados. Le gustó aquel color en los ojos de una mujer. Una mujer marine, se recordó a sí mismo susurrando una risa. Justo cuando estaba a punto de pasar al ataque aparecieron muchos más marines con armaduras blanquiazules. No se esperaba aquello: creía que sus tropas habrían acabado ya con aquel contingente imperial, pero estaba claro que no era así. Dedicando una mínima parte de su mente en buscar las almas de sus hombres, descubrió que la mayoría estaban huyendo, y los que no, estaban muriendo bajo las armas de aquellas guerreras.

Karakal se encontró con la escuadra de Tigrit frente a un traidor de aspecto extraño. inmediatamente se le erizaron los cabellos de la nuca. “Brujería”, pensó, “un hechicero”. La sonriente figura dio media vuelta y se alejó como paseando. Nadie hizo amago de detenerle o perseguirle, y ningún arma se alzó en su dirección.

Los Tigres Nevados habían hecho retroceder a las tropas del Caos. La actuación de Nekoi y Ocelot destruyendo aquel profanador sin duda había sido una inestimable ayuda para el logro de tal victoria, y así les elogió la propia Panter ante todos sus hermanos y hermanas.

Mientras Rómulus reunía a sus fuerzas, se dio cuenta de que la razón de la retirada del Caos era incomprensible. Habían perdido demasiados hombres y tenían a varios desaparecidos, capturados por las fuerzas del Caos para algún propósito mezquino e inimaginable. El Predator Baal se había extraviado a las primeras de cambio y sólo fue capaz de acabar con pequeñas unidades enemigas aisladas. Su potencia de fuego había sido muy necesaria, pero no para acabar con algunos marines del Caos extraviados.

Habían encontrado al sargento Marcus al borde de la muerte. Su armadura de exterminador estaba despedazada y esparcida por todos los alrededores y le faltaban el brazo y el costado izquierdos. Manphred ordenó llevarlo de inmediato al campamento base con fe en que su resistencia le permitiría sobrevivir. Marcus era fuerte, no podrían acabar con él, se dijo el paladín.

- Manphred –oyó que le llamaba la voz de Rómulus a sus espaldas-. Informe.

- Hemos perdido a los exterminadores, la Compañía de la Muerte y a los devastadores, capitán –respondió el paladín con pesadumbre-. La escuadra...

- ¿Qué queréis decir con que hemos perdido a los devastadores? –interrumpió Rómulus agitado a pesar de su aspecto exhausto.

- Hemos encontrado a tres muertos, señor –Manphred no varió su tono aunque pareció consciente de que la noticia no era fácil para Rómulus-: el sargento Dálcabo y dos hermanos más. No hay ni rastro de los demás. Méranis ha sufrido muchas bajas y el Nefasturris está inmovilizado a unos viente metros en aquella dirección. No encontramos tampoco a la escuadra de asalto ni a los motoristas; perdimos el contacto con ellos y con el Filo de Arena nada más comenzar el enfrentamiento. El Filo de Arena y el Puño de Marfil están siendo reparados en este momento.

- ¡Debemos ponernos en movimiento ahora mismo!. ¡No consentiremos que nuestros hermanos sean sus prisioneros!.

- ¡Por supuesto, capitán!.

Los Ángeles Sangrientos reiniciaron la marcha en un orgulloso desfile. Las muertes y las heridas no habían mermado en absoluto a los hijos de Sanguinius. Seguirían adelante, como siempre habían hecho.

El Escudo Infernal había perdido varias de sus torres y capiteles. Su costado de babor estaba marcado por gigantescas heridas incandescentes que habían arrancado las torretas de su casco y ahora una miríada de cazas debían pugnar por que los bombarderos enemigos no aprovechasen aquella zona desprotegida del crucero espacial. El acorazado del Caos también lucía numerosos daños. Sus lanzaderas de torpedos de proa habían sido destruidas por la Feline mientras que la nave de los Tigres Nevados apenas tenía daños visibles.

Con sinuosos movimientos, la Feline se situó frente a la parte trasera del Indomable y disparó sus torpedos de fusión directamente contra los motores del acorazado. Las maniobras del navío traidor fueron entorpecidas por una descarga de las baterías del crucero de los Sangrientos, no pudiendo evitar que los torpedos impactaran de lleno e hicieran reventar toda la parte posterior del indomable en una explosión de fuego que se consumió rápidamente en el vacío espacial. La onda expansiva impactó a la Feline y la alejó de allí como un barco de papel movido por una tormenta mientras los restos del acorazado se precipitaban a la atmósfera de Cralti IX.

Los cazas y bombarderos que acosaban al Escudo adoptaron de inmediato estrategias suicidas. Sabiéndose muertos a todos los efectos al haber perdido su nave nodriza, los corruptos pilotos hicieron precipitar sus naves contra el crucero en un afán de causar el mayor daño posible. El flanco desarmado fue el objetivo primordial y los cazas rojos tuvieron que redoblar sus esfuerzos en destruir las naves enemigas antes de que se estrellaran contra el casco torturado. La Feline volvió desde la oscuridad del espacio y envió a sus cazas para ayudar en la erradicación completa del enemigo.

Una vez fue un hecho, ambas naves quedaron inmóviles, recibiendo a sus escuadrones en silecniosa bienvenida y congratulación. Sin duda ahora ambos capitanes de navío estaban felicitándose mutuamente por la destrucción del acorazado. Si bien el Escudo había recibido la mayor parte de la atención del enemigo, la Feline había hecho efectiva la aniquilación del acorazado. Reposaron tranquilamente, flotando en la nada y aguardando a la resolución de la batalla de superficie.

De repente ambas naves empezaron a maniobrar encarando al espacio exterior. Una nave se aproximaba. Era más grande que el Escudo pero no guardaba similitudes con ningún acorazado. Toda la superficie de su casco parecía oxidada, pero las naves imperiales no tuvieron tiempo de contemplarlo. Una espesa batería de lanzas abrió fuego desde la recién llegada nave haciendo converger sus haces de energía sobre el crucero Sangriento. El rayo atravesó una tras otra las maltrechas cubiertas hasta emerger por el costado de estribor y alcanzar el planeta en alguna localización indeterminda, dejando al Escudo convertido en poco más que una carcasa cubierta de crecientes explosiones.

La Feline se apartó rápidamente del ángulo frontal de aquella nave mientras ésta se aproximaba al planeta. No parecía interesado en seguirla a pesar de que sus baterías de estribor lanzaron una brillante lluvia sobre la fragata que no logró alcanzarla. Varias naves surgieron de los recovecos más insospechados de su superestructura y se dirigieron al planeta. La Feline asistió al desembargo sin poder hacer otra cosa que preparar sus armas, pero la monstruosa diferencia de tamaño entre ambas naves dejaba poco lugar a la esperanza de victoria. El Escudo cayó al planeta siguiendo al cadáver del Indomable, que ardía ya en la atmósfera, desintegrándose pedazo a pedazo.

De vuelta en los pasillos del búnker imperial convertidos en corredores de tortura, Calipso podía estar bien orgullosa. Había capturado a varios Ángeles Sangrientos capturados y ahora podía decidir entre volver a su nave para sacrificarlos ante un altar apropiado o permanecer allí para capturar al resto. Meditó sobre ello acariciándose su melena y paseando por el complejo carcelario del búnker, donde cada celda estaba atestada de rehenes civiles. Los Sangrientos habían sido encerrados en el pabellón de máxima seguridad, el único lugar capaz de contenerlos.

- Mi ama –dijo el comunicador-, Herófocles ha llegado.

- Estoy en la zona de las celdas –respondió ella-. Que acuda al pabellón de seguridad de inmediato.

- Sí, mi ama.

El pabellón de máxima seguridad no era sino una ancha sala flanqueada por las puertas de adamantio de las celdas. En el centro había una cámara semiesférica con una única ventana de cristal que permitía ver una voluminosa silla en su interior. Tenía todo el aspecto de una cámara de ejecución, o quizá de interrogatorios; poco importaba.

Herófocles llegó un rato después. Llevaba la armadura impecable, ni un signo de lucha, mientras que había tenido que hacerse limpiar las manchas de tierra y sangre.

- Te saludo, Calipso –reverenció con su mueca perenne.

- ¿Y bien? –la señora del Caos puso los brazos en jarras y miró por encima del hombro del hechicero, pero no le acompañaba nadie más-. ¿Cuántos prisioneros has hecho?.

- Ninguno –contestó sin más-. No hemos podido hacer ningún prisionero. Sin embargo hemos hecho un descubrimiento muy interesante: las fuerzas de marines que avanzan desde el este están compuestas en su práctica totalidad por mujeres.

- ¿Mujeres, has dicho?. ¿No acabas de decir que son marines?.

Herófocles asintió lentamente. Sus dientes de plata destellearon a la luz de las lámparas del techo.

- ¿Mujeres convertidas en marines espaciales? –se extrañó la señora del Caos casi riéndose-. ¡Eso es irónico!.

- Y que además nos han sometido a un soberano vapuleo –Herófocles parecía divertido por sus propias palabras.

- ¿Os han derrotado?.

- Completamente. Antes de darme cuenta mis hombres estaban huyendo de ellas.

Tanto la señora como el hechicero rompieron a reír. Remus les oyó desde su celda. Había sido encerrado solo, en la oscuridad, con su armadura desprovista de generador dorsal lo cual dificultaba sus movimientos.

- ¿Y cómo son? –se interesó ella.

- Son preciosas –la voz de Herófocles se ralentizó por la emoción-. Bellas y letales como una fina espada. Envidio a todos los que hoy han muerto a sus manos.

Calipso caminó contoneándose hasta quedar a escasos centímetros de la cara del hechicero. Le rodeó el cuello con los brazos y fijó sus grandes ojos en sus lentes.

- ¿Son más bonitas que yo? –susurró casi en un desafío paseándole un pulgar por su mejilla estirada.

- Nadie es más bonita que tú, Calipso.

- Herófocles... ¿porqué te sigo consintiendo que me llames por mi nombre?.

- ¿Quieres que te llame de otro modo?.

Ella negó con un suave cabeceo. – No.

Remus oyó la voz sensual de la mujer y eso le irritó. El oírla le recordaba a Mau cuando estaba con Rómulus. Mau... esa....

Herófocles desvió la vista hacia una de las puertas blindadas. - ¿Quién hay ahí? –preguntó.

- Uno de mis prisioneros –presumió Calipso-. Era un artillero, pero se defendió como un jabato.

- Siento algo extraño ahí. Un sentimiento extraño.

Herófocles caminó hacia la celda atusándose su puntiagudo mentón.

- ¿Un sentimiento extraño? –se interesó ella.

- Sï, para ser de un marine –dijo absorto en su concentración-. Ni siquiera puedo precisarlo, y sabes que los sentimientos son mi especialidad. El odio parece predominar, pero está mezclado con otras trazas. Odio... envidia... arrogancia... cizaña... orgullo... ¿y amor?.

- ¿Amor?. ¿Un Ángel Sangriento?.

- No, creo que no es amor. Necesitaría examinarlo más exhaustivamente.

Calipso sintió una enorme curiosidad y dispuso que sus elegidos llevaran al prisionero a la cámara central. Hicieron falta los seis para entrar en la celda, reducirlo y arrastrarlo hasta la enorme silla, que disponía ya de correajes para inmovilizar al sujeto. Los Esclavos se marcharon y les dejaron a solas, contemplando al Sangriento desde fuera de la cámara a través del cristal. Él les devólvía la mirada con toda la ira que su ojo sano podía irradiar.

Herófocles centró sus poderes en la mente del marine. Había drogado al marine clavándole la aguja de uno de sus anillos en el cuello, pero aún así le llevó un tiempo reunir los fragmentos dispersos, como piezas flotando en un confuso mar de tornados, que le proporcionaran la clave para comprender sus pensamientos.

Remus intentó hacer saltar las ataduras, pero eran lo bastante resistentes a su pesar. Mirando a las dos figuras al otro lado del ventanuco vio su propio reflejo contra el cristal. El lado izquierdo de su cara estaba surcado por una fina herida y su ojo ahora no era más que un pequeño y horrible muñón. Sintió un hormigueo en la nuca y supo por ello que el hereje de los anteojos debía de ser un brujo. ¿Qué era lo que estaba haciéndole?. Entonces recordó. Su mente ocultaba el secreto de la unión de Rómulus y Mau. Aquello no podía ser descubierto por fuerzas del Caos, ya que podrían emplearo para lanzar a la misma inquisición imperial contra ellos. Pese al odio que le ahora le profesaba, no iba a vender a su hermano.

- Me ha cerrado su mente –anunció Herófocles-. Es sorprendente. parece estar acostumbrado a proteger sus pensamientos de los poderes psíquicos. Y eso que las mentes cuadriculadas de los marines suelen ser presas fáciles para mí.

- ¿Estás diciendo que el gran Herófocles es incapaz de leer la mente de un marine?.

- Claro que no. Sólo que me resultará más dif... más interesante de lo normal. He determinado que no siente amor, pero tiene envidia de él. Sabe lo que es amar pero su condicionamiento de marine no le permite asimilar ese concepto.

- ¿Entonces cómo sabe lo que es amar?.

- Conoce a alguien que sí lo sabe. Alguien muy cercano. Envidia a ese alguien y a su conocimiento. Este hombre quiere saber lo que es el amor. ¿No es peculiar, Calipso?. ¡Este marine quiere conocer el amor!.

- La única persona cercana a un marine espacial es otro marine espacial. ¿Estas diciendo que hay un marine espacial por ahí que está enamorado?.

- Todo indica que sí. Este sujeto podría ser una fuente de información inapreciable. Deberíamos extraer cuanta información podamos de él.

- Extraer información es mi tarea favorita –Calipso acarició su látigo y miró con ardiente maldad a Remus.

- ¿Torturar a un Ángel Sangriento?. Eso es como intentar ahogar a un pez en agua, no lograrás hacerle hablar así.

- Bien, ¿qué sugieres?.

- Ya que este hombre desea conocer el amor, alimentemos su curiosidad.

Remus siguió sacudiéndose, pero las sujeciones eran tan firmes que ti tan siquiera podía semarar los miembros de la silla. El hormigueo de su cuello se había convertido en picazón, pero no sentía nada extraño en su mente. Si estaban empleado hechicería sobre él, no podía notarla, y eso le hizo pregutarse si podría proteger su mente de lo que ni siquiera podía sentir. Le dolía la cara, toda la cara. El contacto de aquella arma demonio aún pesaba sobre ella aunque la marca que le había dejado era mucho menor que la sensación que producía. Entonces vio perplejo que la mujer empezaba a cambiar. Su armadura de oro ganó volumen y se volvió blanca, su melena oscura se acortó y cambió de color. Sus rasgos cambiaron también haciéndose más infantiles.

- ¿Qué le pasa? –preguntó Calipso al ver que el odio del marine se convertía en asombro.

- Estoy haciéndole proyectar el objeto de su deseo en ti. No puedo leer en su mente pero puedo hacer que te confunda con aquella a la que él desea amar, aunque yo no sepa quién es.

- Y entonces yo podré hacerle hablar. Si no podemos entrar en su cabeza, dejaremos que sea él mismo quien nos diga lo que queremos saber.

- Exacto. Entra en la cámara, Calipso. Deja que te hable y síguele la corriente.

Remus empezó a sentirse desorientado. Las estrecheces de aquella estancia semiesférica perdían sus dimensiones y las recuperaban como por capricho de la propia realidad. ¿Qué era lo que le estaban haciendo?. De repente la puerta se abrió y entró la última persona que esperaba ver en aquel momento y lugar. Servoarmadura blanca a rayas azules decorada con figuras de tisares. Un rostro femenino, joven e inocente. Ojos de gata que reflejaban preocupación y alegría a partes iguales.

- ¿Tú? –empezó a decir con voz cansada.

- Sí, soy yo –respondió ella interrumpiéndole.

- ¿Qué estás haciendo aquí?.

Remus agitó la cabeza como si empezara a tener dudas de dónde era “aquí”.

- He venido para estar a tu lado.

- ¿A mi l...?

- Claro que sí –interrumpió de nuevo agachándose a su lado.

Herófocles asintió complacido. Mientras Calipso le mantuviera distraido y evitara responder a sus preguntas él podría escrutar sus pensamientos con más y más profundidad. Había descubierto que el objeto de su odio y envidia, aquella a quien ahora veía en la señora del Caos, era una marine espacial del mismo capítulo que acababa de derrotar a sus tropas. Aquello le pareció de todo punto fascinante.

- ¡Oh!, ¿qué han hecho con tu cara? –dijo Calipso fingiendo preocupación con tal eficacia que ella misma podría haberse convencido de que estaba afectada.

- ¿Desde cuando te ha importado a ti mi cara? –espetó el artillero.

Aquella respuesta sorprendió a la señora del Caos. No se esperaba que el marine se pusiera a la defensiva de aquel modo. Realmente actuaba como si tuviera sentimientos humanos, increíble.

- No hables así –ahora Calipso fingió sentirse herida-. Tú me importas...

Algo iba mal. El hechicero sintió la rabia del Sangriento explotando en su interior como una bomba. Se había equivocado en algo. En efecto ahora veía a Calipso como al amor de aquel a quien envidiaba, pero no la amaba. De echo se sentía enormemente furioso con ella. Incluso sentía deseos de acabar con su vida.

- ¡Qué mente tan compleja! –se dijo Herófocles a sí mismo, meditando sobre el asunto-. ¡Tal parece un humano!.

Hubo un temblor. La estructura entera pareció agitarse. Cayó polvo de los techos y una lastimera alarma inundó todos los corredores. La puerta de la celda en la que antes estaba el prisionero se cerró de forma automática, y también la salida del pabellón de máxima seguridad. Calipso se levantó y empujó la puerta de la cámara, pero también se había atrancado. Calipso le gritó algo desde el interior, pero la cámara se había insonorizado y fue gracias a sus poderes que pudo entenderla. Le preguntaba qué demonios estaba ocurriendo.

Calipso sintió otro temblor y golpeó sonoramente la puerta con los puños, pero aquel espacio parecía diseñado para contener a criaturas de gran fuerza. – ¿Y bien, Herófocles?. ¿Es que voy a tener que acudir a mi látigo demonio para salir de esta estúpida trampa?.

“Estamos siendo atacados desde la órbita”, informó el hechicero mediante sus habilidades telepáticas.

- ¿Qué?. ¡Dijiste que mientras matuviéramos a la población viva no nos atacarían con...!

“Lo sé, pero éstas no son fuerzas imperiales. Están atacando la entrada, ahora se abren paso por el corredor”.

- ¡Maldición!. ¡Sácame de aquí ahora mismo!.

“El bombardeo del exterior ha activado el dispositivo de seguridad del complejo. Toda la zona de las celdas ha sido sellada, estamos atrapados”.

- ¿Y los elegidos?.

“Están al otro lado de esa puerta. Intentan abrirse paso”.

- ¡Pues que se den prisa!. ¡No pienso molestar al demonio de mi látigo sólo para que me saque de aquí!. Parece que vamos a estar encerrados juntos durante un rato –añadió volviéndose hacia Remus, que ahora podía ver la verdadera forma de la señora del Caos.

La misma que le había dejado tuerto, y que había intentado engañarle con sus sucios trucos de brujería. Hizo un nuevo e inútil intento de liberarse.

Calipso se acercó de nuevo a él y se arrodilló sobre sus muslos, quedando su cara muy cercana a la de él. – Nunca había conocido antes a un marine espacial con sentimientos tan humanos como los tuyos –le dijo soplándole-. Tus emociones sólo pueden significar una cosa: que ya estás harto del Imperio y sus normas. Las correas del Emperador te asfixian más aún que estas ataduras, ¿no es así?.

- ¡Aléjate de mí, bruja!.

- Ni siquiera necesito los poderes de mi hechicero para saber que tengo razón. Tu búsqueda del amor es algo prohibido, pero que igualmente te cautiva. Sabes, hace mucho tiempo yo no era distinta de tí ni de ningún otro marine espacial –le guiñó un ojo-, pero Slaanesh me enseñó a cambiar mi apariencia y explorar nuevos modos de vivir. Lo prohibido es tentador, ¿verdad?.

Remus se agitó de nuevo.

- No te canses –dijo ella separándose de él-. Este lugar está tan bien construido que ni yo puedo salir. Pero pronto mis hombres acabarán con este ataque y vendrán, no te preocupes.

Un golpe resonó al otro lado de la compuerta de entrada al complejo de seguridad. Herófocles se volvió. Su sonrisa permaneció imborrable aún cuando las figuras que estaban doblado las planchas del grueso metal no eran sus elegidos de dorada armadura. Eran figuras abotargadas, llenas de pústulas y cuyo hedor penetró rápidamente en la estancia. Marines de plaga. Entraron rápidamente encañonando al hechicero con sus bólters carcomidos, pero no efectuaron un solo disparo sobre él.

- ¡Vaya, vaya, vaya! –dijo alegremente alzando la voz a la vez que ponía las manos sobre sus espadas-. ¡Nada menos que adoradores de Nurgle!. ¿Puede saberse a qué debemos esta visita?. ¿A qué señor servís?.

- ¡Disparad! –gruñó uno de ellos a través del respirador de su casco.

Los marines no obedecieron. A pesar de sus denodados intentos de apretar los gatillos de sus armas no fueron capaces de hacerlo; algo les impedía abrir fuego.

Herófocles negó con la cabeza. – Siempre lo he dicho: uno nunca tiene porqué molestarse si sus hombres pueden encargarse del trabajo. Pero cuando no pueden...

Desenvaninó sus espadas y saltó sobre el marine que había hablado. Con su salto cubrió en un parpadeo los seis metros que lo separaban de su objetivo y le asestó una patada en pleno pecho manchándose la bota con el viscoso recubrimiento de limo. Se impulsó en aquel cuerpo para saltar hacia el siguiente sin haber tocado aún el suelo. Su faldón ondeó por el veloz movimiento cuando su segunda patada rompió el cuello del segundo enemigo. Empleó sus poderes para redirigir su trayectoria hasta caer frente a otros dos adoradores de Nurgle que pronto murieron apenas las espadas curvas, una ascendiendo y la otra descendiendo, hubieron lamido sus carnes corruptas. Otro enemigo se acercó con un cuchillo oxidado e intentó apuñalarle. Herófocles cruzó los brazos haciendo bailar sus armas y al instante siguiente el marine de Nurgle ya no tenía brazo con que sostener el cuchillo ni cabeza en la que sostener su casco. Entraron más armaduras purulentas por el agujero y el hechicero siguió despachándolas con su intrincado estilo. Uno de ellos se puso a su espalda. Herófocles ejecutó un giro en el que detuvo su cuchillo de plaga con una espada y le cortó el cuello con la otra antes de alejarle con una patada. El marine giró sobre sí mismo y se dio de cara contra la cámara de aislamiento, emponzoñando con su sangre negra el cristal de la ventana e impidiendo que Calipso pudiera seguir viendo lo que ocurría.

Siguió acabando con un enemigo tras otro. Era invencible, lo sabía, pero estar demasiado tiempo así podría resultar monótono. Se agachó evitando la boca del cañón de un bólter y ensartó a su portador. Con la otra espada bloqueó un cuchillo y giró abriéndole en canal a la vez que extraía su hoja del otro cuerpo. Llegó un alto paladín blandiendo un pesada maza de hierro a dos manos. Atacó a Herófocles con un golpe vertical que éste detuvo cruzando sus espadas a modo de tijera. Mientras sostenía la maza en alto con una de sus armas, el hechicero destrabó la otra y la hundió en el costado hinchado de su enemigo. El marine no se dio por vencido: apartó a Herófocles empujando con el mango de su arma y trazó un sesgo por la izquierda. Saltó permitiendo que la maza pasara de lado a lado, volteó sus espadas hasta empuñarlas del revés y las hundió en el cuello del paladín, que ahora sí cayó de rodillas y luego de costado con una cascada negra manando de las heridas.

- Quietos –ordenó una voz profunda y autoritaria.

Los marines de plaga desistieron en su empeño de atacarle y dejaron paso a una nueva figura que debía de ser el señor de aquella hueste podrida.

- ¡Yo te conozco! –afirmó Herófocles apuntándole con uno de sus filos-. Tú eres...

- No sirve de nada conocer el nombre de tu propia muerte –interrumpió el otro.

Herófocles asintió relamiéndose los dientes. – Bien. En tal caso no me presentaré.

Calipso golpeó el cristal ennegrecido con el codo una y otra vez, pero sólo conseguía resquebrajarlo levemente. Tardaría horas en romperlo. El Sangriento no había dejado de intentar liberarse desde hacía un rato, convulsionándose sin parar.

- ¡Estate quieto de una vez! –le ordenó.

Luego tomó su látigo y lo sostuvo ante ella ordenando despertar al demonio de su interior. Sin era sólo mediante su poder que podría escapar de allí, que así fuera. Algo golpeó desde el exterior. Una mano se deslizó sobre el cristal limpiándolo del asqueroso icor. Era Herófocles. Se había apoyado sobre la cámara como si no pudiera tenerse en pie. Algo se movió tras él y un marine de plaga le mordió en el cuello succionando con avidez la sangre del hechicero. Le obligó a separarse y Calipso pudo ver que Herófocles tenía un agujero en el vientre por el que le colgaban las tripas. El marine siguió bebiendo del manantial carmesí y luego tiró a Herófocles al suelo. El hechicero aún estaba vivo, o puede que los leves movimientos de su cuerpo no fueran más que sus últimos estertores de muerte. La señora del Caos reconoció al instante al personaje que había hecho aquello. Nunca antes le había visto pero había oído hablar de él. Un señor de Nurgle que se nutría de la sangre de otros y por ella se mantenía libre de la putrefacción. Le miró a través del sucio cristal lanzándole su repulsa.

Cuán fue la sorpresa de Calipso cuando el Ángel Sangriento hizo saltar las correas que le sujetaban y le enroscó su propio látigo al cuello. La señora del Caos se asfixió mientras veía en el reflejo del cristal que ahora el marine tenía su único ojo completamente rojo y el otro le sangraba profusamente.

“¡¿Qué estás haciendo?!”, pensó gritando al demonio del látigo.

“No sabes cuánto tiempo he esperado a esto”, le respondió el arma introduciendo las palabras en su mente. “Nuestro vínculo me impedía acabar contigo yo misma, pero que este marine imperial me utilice para matarte es algo mucho más exquisito de lo que me atreví a soñar”.

Remus levantó a su presa. El látigo empezó a latir con vida propia y se estrechó a sí mismo aplastando aún más el cuello de la impotente Calipso, que sintió cómo el demonio drenaba su energía vital rápidamente y la dejaba sin fuerza que oponer a la del Sangriento. Poco después la gran señora de la legión de los Esclavos de Calipso no fue más que un cadáver colgando de un látigo.

El señor del Caos de Nurgle vio cómo el Sangriento del interior arrojaba el cadáver contra la silla y empezaba a aporrear el cristal blindado completamente preso de la Rabia Negra. Una mano enfundada en un guante del color del cobre oxidado se posó sobre la ventana. Unos ojos perdieron rápidamente su severidad. El Sangriento le miró a la cara y pareció calmarse. Dejó de golpear y acercó la cara despacio, como si no creyera lo que veía.

Los Tigres Nevados pudieron ver al fin la enorme silueta hexagonal de la pista de aterrizaje, que a la vez era la única entrada al búnker. Estaba completamente destruida, plagada de cráteres humeantes que sin duda eran el resultado de las tremendas explosiones que habían oído pocos minutos antes. El cielo se había llenado de estelas de fuego y la Feline acababa de informarles que, tras la destrucción de la nave del Caos, el crucero de los Sangrientos había sido derribado por un segundo acorazado que en estos momentos se alejaba del planeta sin presentar batalla.

- Capitán Rómulus llamando a Capitana Panter. Cambio.

- Aquí Panter –respondió ella a su comunicador en el mismo dialecto en clave-. Cambio.

- Acabamos de recibir una transmisión del Escudo Infernal, pero hemos perdido contacto.

- El Escudo ha sido destruido, capitán –informó Panter sin más-. Un segundo acorazado del Caos ha sorprendido a nuestras naves en la órbita después de que derribaran al primero.

- ¿Qué?, ¿hemos perdido nuestras naves?.

- Sólo el Escudo. La Feline se ha visto obligada a un repliegue estratégico. No es rival para enfrentarse en solitario a un acorazado. Además, según parece hace poco tuvo lugar un desembarco desde la nueva nave. Deberíamos estar alerta.

- Ya casi hemos llegado al complejo. Estamos a doscientos metros. Parece haber sido objetivo de un ataque orbital.

- Lo vemos. También estamos aquí. Reuníos conmigo en la entrada principal. Cambio y corto.

- Corto.

Las gigantescas compuertas de acceso habían sido reventadas por impactos de artillería. Los marines no encontraron rastro alguno de vida en el exterior; sólo un apestoso enjambre de moscas. Los Sangrientos se acercaron sorteando las barricadas manchadas de sangre seca; los Tigres hicieron lo propio siguiendo la pared derecha de la estructura en dirección a la compuerta. Cuando se encontraron, no intercambiaron ni una palabra. Los Sangrientos cubrieron el avance de los Tigres mientras éstos se internaban en el túnel.

Tras una larga y exhaustiva inspección no encontraron a nadie vivo tampoco en el interior. Lo único que encontraron fueron cadáveres esparcidos por todas las habitaciones, salas y pasillos. La mayoría eran la población civil a la que se suponía que iban a rescatar. También encontraron varios marines de armadura dorada. Quien fuera que había llevado a cabo aquel ataque había aniquilado a todo el que encontró y tampoco se había preocupado de distinguir entre sus objetivos, ya que marines del Caos y civiles habían caido por igual. El ataque orbital había desperndido pedazos de plastocemento del techo del tamaño de motocicletas de ataque que habían aplastado a más de un desdichado.

- Capitán Rómulus. Aquí Panter. Acudid a la zona de prisiones.

La gigantesca sala de paredes plagadas de rejas había sido el campo de batalla más cruento. No había una sola porción de suelo que no estuviera cubierto de los cuerpos de traidores o civiles. La mayoría estaban ya putrefactos y apestaba pero no era posible en el poco lapso de tiempo que habían sido retenidos.

Más adelante, en el complejo de máxima seguridad, Rómulus encontró a Panter y varios Tigres más inspeccionando las celdas de plastiacero y adamantium. En la cámara central encontraron a la líder de los marines del Caos. Estaba muerta. Se habían llevado su cabeza.

- ¿Dónde están los Ángeles Sangrientos que capturaron? –inquirió Rómulus mirando con escaso interés a la señora del Caos.

- No están aquí. Hemos registrado todo el lugar. También debería haber muchos más prisioneros civiles de los que hemos encontrado.

- ¿Qué? –volvió de inmediato la cabeza hacia la Tigresa-. ¿Queréis decir que se los han llevado?.

Panter inclinó la cabeza a un lado como si se escamara por lo estúpido de la pregunta. Rómulus se apresuró a negar aquella respuesta.

- ¡No!. ¡Tienen que estar aquí, registradlo todo de nuevo! –ordenó a sus hombres.

Panter aguardó unos segundos antes de volver a hablar. – Ya hemos recorrido todo este complejo de arriba abajo. Si estuvieran aquí los habríamos encontrado, vivos o muertos.

Rómulus empezó a perder la paciencia con la irritante altivez de la capitana. Ella pareció percatarse de eso y adoptó una extraña expresión como si se preparara para cualquier cosa por parte del Sangriento.

No estaban allí. Eso significaba que fueran quienes fueran los que habían arrasado el lugar se habían llevado también a los prisioneros. Había perdido a Remus... tal vez para siempre. Rómulus empezó a respirar con dificultad. Miraba al suelo con ojos como platos. – ¡No!.

Manphred pudo sentir el dolor de su capitán a través de sus ojos. Observó que su reacción parecía exagerada ya que, a ojos de un oficial, Remus debía ser como cualquier otro hermano de batalla, pero comprendía bien lo que aquella pérdida significaba para él. Ya había perdido a Aertes, que era un padre para él; perder ahora a Remus era un golpe contra el que nada podía prepararle.

Rómulus se lanzó de improviso por los pasillos del búnker gritando el nombre de su hermano. Durante horas el capitán deambuló por todos los corredores desgarrándose la voz sin que ningún Sangriento se atreviera a interponerse en su camino. Los ecos de sus bramidos y sus golpes contra las paredes de plastiacero y rococemento recorrieron aquel laberinto como si lo habitara alguna clase de bestia. Cuando un marine informó de que el capitán rómulus había caído en la Rabia Negra, Sagos acudió en su busca con aquella mirada fría, casi muerta, que hacía que los mismos Ángeles Sangrientos desearan no tener que ser buscados nunca por él.

Cuando la guardia imperial se hizo cargo de la situación en Cralti IX, los Tigres Nevados se retiraron a una base de operaciones en el cercano sistema Segopaa. Se llevaron consigo a los restos de la 6ª Compañía de los Ángeles Sangrientos, ya que habían sido desprovistos de su crucero estelar y por el momento parecía que el destino unía su camino al de la 3ª de los Tigres.

Había sido una terrible campaña para los Sangrientos. Muchos de sus hermanos habían perecido y otros sufrirían sin duda un destino mucho peor a manos de los siervos de lo caótico.

Manphred se valió de los astrópatas de la Feline para informar a la Fortaleza-Monasterio de Baal de lo ocurrido. El ataque llevado a cabo por fuerzas desconocidas poco antes de la llegada de los marines imperiales al búnker había sido ejecutado con rapidez, precisión y letalidad; tal y como habrían procedido ellos si el enemigo no hubiera contado con el escudo de cientos de civiles encerrados en aquel lugar. Así lo expresó el paladín del Emperador en su mensaje. Fueran quienes fueran, se habían llevado a los marines invasores y a buena parte de los prisioneros, incluyendo los Ángeles Sangrientos capturados. La conclusión que Manphred obtuvo, corroborado por el informe de los tripulantes de la Feline, era que el segundo acorazado era una fuerza de rescate. Sin embargo, la razón por la que huyeron cuando fácilmente podrían haber acabado con la fragata de los Tigres y bombardeado el planeta hasta aniquilar a las fuerzas del Imperio era una incógnita irresoluble.

Rómulus hizo todo el viaje hacia la base remota de los Tigres en el interior de una de sus Thunderhawks empleada como improvisada celda en los hangares de la Feline. Arrodillado, sin coraza ni brazales y encadenado por Sagos en la bodega de carga tal y como su hermano hiciera el viaje de ida a Cralti IX. Se atormentó a cada momento, preguntándose qué había hecho mal para haber obtenido un resultado tan desastroso. Media compañía había caído... Remus capturado por las fuerzas del Caos... ¡por las alas de Sanguinius, no podía haber resultado peor!. ¡El que hubieran encontrado a los marines de asalto y los motoristas con bajas mínimas no alteraba en absoluto las cosas!. ¿Había el Emperador finalmente desatado su justo castigo por amar a una mujer antes que a Él?. Se resistió a aquella dolorosa idea, pero la humillación que le suponía permanecer allí encerrado no era de ninguna ayuda. En aquel momento se percató de que Remus había sido mucho más fuerte que él; sin duda su hermano no se autocompadeció de aquella forma. Había tantas cosas que admiraba en Remus, y ahora ya nunca podría decírselas.

Nekoi estuvo también encerrada durante la travesía, si bien por propia voluntad. Se quedó en el interior de una recámara, acuclillada contra un rincón con la frente sobre las rodillas, intentando recordarse a sí misma que era una marine espacial, que las bajas sufridas debían ser fuente de sentimientos de reivindicación y venganza, no causa de llanto. Pero lloraba, lloraba porque Remus había desaparecido. Ya no tendría nunca ocasión de decirle lo que sentía por él. Se maldijo a sí misma por no haber reunido el suficiente valor para decírselo cuando Remus estuvo sirviendo con los Tigres. Podía encaramarse a las fauces de un Profanador para colocar una carga de fusión, pero no se había atrevido a declarar sus sentimientos a un hombre. En aquel momento deseó no ser una Tigresa Nevada; deseó que, al igual que en casi todos los demás capítulos que conocía, sus sentimientos humanos hubieran sido suprimidos y enterrados; arrancados de su alma, pues ellos la a torturaban con más atrocidad que la más horrible de las heridas.

El cielo estaba plagado de colores ondulantes que chocaban entre sí como las olas de un mar luminoso. Las naves de desembarco descendieron emitiendo humo negro por sus motores. Sus superficies estaban tan oxidadas y cubiertas de limo que era increíble que hubieran soportado el descenso a través de la atmósfera. Todas ellas portaban un único emblema: tres cráneos formando un triángulo.

Tomaron tierra y sus rampas descendieron entre un concierto de sonidos húmedos y repugnantes y una cascada de viscosidades que caían de las juntas de las compuertas. Ante ellas se alzaba un gigantesco palacio reluciente como el oro. Su arquitectura era enormemente compleja; columnas, estatuas y soportales que formaban un intrincado diseño diferente desde cada punto de vista. De sus portales emergió toda una legión de marines con armaduras de oro y plata con sus armas dispuestas para repeler cualquier agresión de aquellos intrusos.

La primera figura que descendió de la primera nave provocó que los paladines dieran orden de no disparar. Era Herófocles. El hechicero caminaba costosamente en contraste con sus andares etéreos a los que todos estaban acostumbrados; tenía una enorme brecha en su coraza a la altura del estómago y su sonrisa parecía menos amplia. Momentos después aparecieron el resto de los Esclavos de Calipso que pocas semanas antes habían abandonado aquel mismo lugar. Habían perdido a todos los esclavos recolectados a bordo del Indomable, pero aún traían varios centenares de su última campaña.

- ¡Esclavos de Calipso! –gritó Herófocles ante las formaciones doradas-. ¡Nuestra legión tiene un nuevo señor!.

Después de que el último de los guerreros dorados hubo abandonado las naves, los siguientes en bajar fueron voluminosas, inconfundibles figuras de los marines de plaga que se reunieron con ellos como si fueran un solo ejército ante el palacio de oro.

- ¿Qué significa esto, Herófocles? –gritó uno de los paladines ante ellos, uno que llevaba dos tentáculos sonrosados en lugar de brazo izquierdo-. ¿Nos has vendido a los siervos de Nurgle?. ¡Nosotros sólo servimos a Calipso!.

- ¡Calipso está muerta! –tronó una voz desde las naves.

Dos figuras más bajaron por la última rampa. Uno de ellos llevaba una armadura verdosa y una capa negra que ondeaba al son de los caprichosos vientos de aquel mundo gobernado por el Caos. Se apoyaba en un alto báculo con una mano y con la otra sostenía la cabeza de Calipso, que alzó para que todos pudieran verla antes de arrojarla hacia donde Herófocles se encontraba. El hechicero la vio caer rodando por el suelo rocoso con un suspiro sostenido.

- ¡Ahí tenéis a vuesta señora! –anunció el del báculo posando su otro brazo en la hombrera del otro-. ¡Ahora me pertenecéis, Esclavos de Calipso!.

- ¡Es nuestro código! –le apoyó Herófocles-. ¡Aquel que matara a nuestra líder podría reclamar su puesto siempre que nos lidererase en la lucha contra el imperio!.

El paladín de los tentáculos saltó sobre la baranda de una escalera que hasta ahora le había servido de cobertura y se acercó. – ¿Quieres decir que ese pútrido siervo de Nurgle fue capaz de matar a Calipso?.

El hechicero guardó silencio y bajó la cabeza temeroso de hablar sin permiso. Fue el del báculo quien habló, con cierta burla por cierto: – ¡No yo!. ¡Éste es vuestro nuevo señor!.

La otra figura se adelantó. Llevaba una servoarmadura roja cubierta de emblemas imperiales y de los Ángeles Sangrientos y se había enrollado el látigo de Calipso alrededor del brazo. Una cicatriz le cruzaba el ojo izquierdo, pero el derecho aún era capaz de ver y recorrió el contorno de aquel palacio con un reflejo de ambición.

- Ahora ellos te pertenecen –le dijo el del báculo tendiéndole algo.

El tuerto de armadura roja tomó el objeto. Era un colgante rojo en forma de escorpión. Se lo puso al cuello enchido de satisfacción.

- Se lo entregué a tu hermano en los días en que mi mente estaba embotada por servir a un falso Emperador, pero ahora puedo corregir mis errores ya que siempre fuiste tú el mejor de los dos, hijo mío.

- Gracias –el tuerto recibió el abrazo del otro-, padre.

- ¡Salve Remus, nuestro nuevo señor! –gritó Herófocles.

Los gritos del hechicero pronto fueron coreados por los Esclavos de su fuerza de combate. Poco después los que habían permanecido como guarnición en el palacio aceptaron también a su nuevo líder y vitoreraron igualmente su nombre. Era un griterío ensordecedor, una coordinada cacofonía que hacía temblar el mismo suelo. Remus... Remus... Remus...

 

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