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Relatos, historias de warhammer 40,000



LA JUNGLA VERDE

El capitán Aertes Dragmatio avanzó cautelosamente a través de la enmarañada selva. Su Guardia de Honor de cinco hombres y el Sacerdote Sangriento Várem le seguían a corta distancia y más atrás, el resto de su ejército. Hacía tres días que se habían adentrado en aquella maleza llena de plantas y que resonaba por todas partes por los ruidos de animales salvajes en busca de su objetivo: una base orka. Los rastros y huellas encontrados en plantas y veredas evidenciaban indicios de actividad orka en la zona, pero la antinaturalmente espesa jungla no permitía el paso de vehículos de reconocimiento; ni tan solo los land speeders podían sobrevolar los inmensos árboles, y los tanques, exterminadores y dreadnoughts harían demasiado ruido y tardarían demasiado en abrir caminos por la vegetación. Aquel era un trabajo para las tropas de jungla de Catachán, pero el destacamento más cercano hubiera tardado por lo menos dos meses en llegar, y se requería una acción inmediata. Casualmente una fuerza de la 6º Compañía de marines espaciales Ángeles Sangrientos atravesaba aquel sistema y recibió la llamada de la guardia imperial. De modo que las Thunderhawk aterrizaron en el fuerte Hold Mankind y, tras haber sido informados por el Capitán Morris de la Guardia imperial, cuyas tropas mantenían el fuerte, Aertes envió a sus dos escuadras de Exploradores a reconocer la selva. Una hora después salía él con el grueso de sus fuerzas, quedando en el fuerte todos los vehículos y los hermanos exterminadores, que hubieran retrasado la marcha mucho más. Las voluminosas servoarmaduras no permitían a los Ángeles Sangrientos avanzar a buena marcha por los tortuosos recovecos que las plantas dejaban; Aertes empezó a golpear una maraña de troncos que obstruían el paso.

- ¡Esos malditos alienígenas han tenido que venir a ocultarse en la parte más verde del planeta! -dijo con rabia mientras su espada de energía cercenaba troncos como si fueran barras de mantequilla- ¡Esta misión no es para nosotros! ¡El sigilo no forma parte de nuestro credo!

Mientras avanzaba repudinado su propia conducta, echó un vistazo atrás. Vio a sus cinco guardias de honor y al sacerdote sangriento Várem a un metro tras él. Tras ellos vio las escuadras tácticas Crasso y Meranis, de siete hombres cada una; a la izquierda avanzaban los cinco devastadores de la escuadra Fulventos portando Bolters Pesados y Lanzamisiles que podían barrer la jungla en caso de emboscada, y a la derecha marchaban los ocho Marines de Asalto de Dédalo. Todos ellos lucían la servoarmadura color rojo de su capítulo, salvo los Devastadores y los Marines de Asalto, cuyos cascos eran azules y amarillos respectivamente. En último lugar venían el Capellán Sagos y los seis marines de la Compañía de la Muerte con sus armaduras negras cargadas de cadenas y símbolos de su capítulo. Les hizo ir en último lugar para evitar que se sobreexcitasen yendo en vanguardia, aunque él mismo empezaba a sentir una cada vez mayor incontrolable sed de combate. Algunos hermanos habían caído en la Rabia Negra desde antes de llegar al planeta; el último fue el hermano Elmarc, a quien Sagos encontró dos noches atrás temblando espasmódicamente en su lecho y gritando el nombre de su Primarca. Ahora su armadura había sido pintada totalmente en negro por el capellán quien también había trazado varias cruces en las hombreras con su propia sangre.

- Capitán Aertes -susurró de pronto el intercomunicador de su casco, Aertes se detuvo junto a un tronco caído y se arrodilló para cubrirse- aquí escuadra de exploradores Trenos llamando al Capitán Aertes. Cambio.

- Aquí Aertes, ¿habéis encontrado algo sargento Trenos?. Cambio.

- Sí señor, hemos encontrado un rastro claramente orko, es bastante reciente y parece dirigirse hacia el sector Kappa 2.3 Cambio.

- ¿Está seguro de que se trata de orkos?.

- Completamente, señor. Incluso puedo decirle qué ha comido.

- Seguid el rastro, sargento, nosotros nos dirigiremos hacia el sector Kappa 1.1. Informad de cualquier cosa sospechosa que veáis. Cambio y corto.

- Recibido Capitán Aertes. Corto.

Aertes manipuló los controles en el lateral de su casco para contactar con la segunda escuadra de Exploradores.

- Aquí el Capitán Aertes llamando a la escuadra de Exploradores Midian. Cambio... Capitán Aertes llamando a la escuadra de Exploradores Midian, responded escuadra Midian. Cambio...

El comunicador no respondía, el silencio aún duró unos segundos más.

- ¡Escuadra Midian, responded!. Cambio.

- Aquí Explorador Karpla -dijo la radio con una voz jadeante- el sargento Midian ha muerto, señor. Él y el Explorador Genno...

- ¡¿Cómo?! ¡Qué es lo que ha ocurrido! -ladró Aertes

- Una especie de planta extremadamente hostil, señor... Una boca inmensa rodeada de espinas ha surgido desde el interior de un tronco hueco cuando el Sargento Midian se detuvo junto a él para contactar con vos... y... lo atrapó por la cabeza. El Explorador Genno trató de separar... las... dos hojas que formaban la boca y un tentáculo le atravesó el estómago... los que quedamos hemos conseguido abatir a la criatura, pero el Sargento ha... muerto...

- ¡Maldición! ¡Los informes no hablan de un organismo así en esta selva! -Aertes miró el tronco tras el cual se estaba parapetando y dio unos pasos atrás- ¿habéis visto algo aparte de ese desafortunado hallazgo, Explorador Karpla?. Cambio.

- Em... No, señor, desde el sector Alpha 1.0 al sector Delta 6.4 no hay ni rastro de orkos. Eh... Cambio.

- Bien, ocultad los cuerpos de los caídos, los recogeremos más tarde. Reuníos con nosotros en el sector Kappa 1.1. Ahora sois el Cabo Karpla, hermano. Cambio y corto.

- Órdenes recibidas, señor. Corto.

Aertes intentó contactar con Hold Mankind, pero, como se temía, estaban fuera del alcance de los transmisores. De modo que, tras advertir a la Escuadra de Exploradores Trenos y al resto de sus hombres del peligro de encontrarse con estas plantas, prosiguió su camino hacia el Nordeste, hacia el sector Kappa 1.1.

Veinte minutos después llegó al renombrado sector y vio dos rocas afiladas una sobre otra y una tercera piedra redonda a un metro de éstas; una señal de los Exploradores. Ordenó a todos que le esperasen allí y avanzó sólo con su Guardia de Honor en la dirección que indicaba la piedra redonda con respecto a las otras dos. Instantes después oyó el silbante y grave canto de un Búho Oxa desde su izquierda, como los que venía escuchando desde hacía tres horas, pero el ritmo especial de este canto permitió a Aertes identificar la especie exacta del ser que lo producía. Al mirar a la izquierda no se sorprendió de ver una cara humana perfectamente camuflada con maquillaje oscuro, pero tan cerca que no se confundía demasiado con su entorno al mirarle directamente. El Explorador les hizo una señal para que lo siguieran. Poco después encontraron a un orko degollado y a un enorme jabalí con un agujero en la cabeza; un centinela eliminado. Se empezaron a oír golpeteos rítmicos y sonidos de maquinaria acompañados de un murmullo, como de cientos de hombres hablando con voz gutural.

La base orka era enorme. Construida en un inmenso claro con madera de los árboles talados y planchas de metal que debían haber traído sus ocupantes consigo. Un profundo pozo lleno de estacas afiladas rodeaba el pie de la empalizada, los orkos lo sorteaban gracias a un rudimentario puente. El recinto, cuadrado, medía unos ciento cincuenta metros de lado y tenía cuatro torres en sus esquinas sobre las que varios gretchins vigilaban los alrededores. A pesar de que varios troncos obstruían su línea de visión, Aertes pudo observar a varios orkos que, con sus habituales andares encorvados, cortaban los árboles de la periferia con espadas y hachas sierra. Los pielesverdes estaban abriendo un gran camino hacia el norte. Esa zona aún no había sido explorada por los hombres de Morris por lo que Aertes no pudo deducir qué iban a hacer por allí. Su primer impulso fue el de lanzarse a la carga contra los pielesverdes más cercanos, pero consiguió reprimir sus ansias de lucha.

Unos metros por delante suyo vio al sargento Trenos, que, oculto tras un árbol, observaba el interior de la empalizada con sus magnoculares mirando a través de la abertura de la puerta sobre el puente. Su armadura de caparazón estaba camuflada con tonos verdes y marrones en lugar del rojo sangre de los marines Angeles Sangrientos, y la hombrera con los colores e insignia del capítulo estaba cubierta con una tela igualmente camuflada.

- Creo que es un taller de maquinaria, señor -dijo Trenos cuando retrocedió hacia su Capitán- veo varias piezas y motores amontonados en una de las esquinas, y he visto una especie de establos que pueden albergar jabalíes de guerra, perfectos para avanzar por esta selva.

- ¿Qué creéis que están tramando con esa carretera hacia el norte, sargento Trenos?

- Como ya os he dicho, he visto piezas de maquinaria y accesorios que podrían instalar en vehículos para que pudieran avanzar mejor por esta vegetación. Esa carretera podría llevar a otra base orka del Norte -especuló el Sargento Explorador- o puede que no sea una carretera sino una zona de aterrizaje.

- Tratándose de orkos no podemos estar seguros de sus intenciones, pero de lo que sí estoy seguro es de que esta base no llegará a ver el atardecer de este día. ¿Habéis hecho un plano? -el sargento explorador asintió- bien, seguidnos hasta nuestros hermanos.

Al llegar al sector Kappa 1.1, donde Aertes ordenó a su ejército que le aguardaran, observó que los supervivientes de la escuadra de exploradores Midian habían llegado. Apartados del grupo, la compañía de la muerte y el capellán Sagos estaban arrodillados y recitando salmos.

- ¡Vamoz! ¡Daroz priza kon ezta zona! ¡Ya debería eztar dezpejada de ezoz eztúpidoz árbolez¡

El kaudillo Rorkrat continuó ladrando órdenes durante un rato más a los orkos que talaban los árboles al norte de la base antes de volverse hacia la misma a beber un poco de agua. Su inmensa musculatura verde dejaba enanos a los orkos que pasaban por su lado mientras iban y venían de dentro a fuera del recinto transportando troncos. Ninguno le miró a la cara. Al pasar por el puente levadizo un gretchin tuvo que saltar fuera del mismo para evitar ser aplastado por la pesada bota de cuero y hierro de Rorkrat. El pequeño ser verde se agarró en el último momento al borde, evitando por poco las estacas del fondo.

En el interior de la base varios gretchins salían y entraban de un profundo pozo hecho en la tierra con capazos llenos de fragmentos de metales y minerales y los llevaban a la herrería, un ezclavizta ataviado con una túnica marrón les instaba para que trabajasen más rápido amenazándoles con su garrapato sabueso. Tras echar un trago de agua en la cisterna, Rorkrat entró en los establos. La salud de los jabalíes de guerra era importante; sin ellos, no podría enviar mensajeros rápidos a la base del zeñor de la guerra Slamkuk, ni podría enviar patrullas suficientemente rápidas a la selva. Fue pasando por los corrales individuales hasta llegar al que ocupaba su jabalí de guerra personal; el más grande y fuerte de todos. Mientras lo miraba, Rorkrat meditó unos momentos, pensando en lo que su zeñor de la guerra Slamkuk le haría si no tenía éxito en esta misión. Intentó imaginarse qué haría si él fuera el zeñor de la guerra y Slamkuk fuera su lugarteniente.

La enorme cabeza del jabalí giró hacia su amo, y de pronto empezó a agitarse violentamente. Todos los jabalíes de los establos comenzaron a gruñir y saltar. Cuando el kaudillo iba a preguntarse qué demonios pasaba, el sonido de una enorme explosión hizo temblar las paredes de madera y hojalata. Los primeros gritos y disparos comenzaron a rasgar el aire.

- ¡Adelante, por la gloria del Emperador! ¡Por la sangre de Sanguinius!.

Los Ángeles Sangrientos habían comenzado su ataque. La escuadra de devastadores Fulventos, apoyada por la escuadra Crasso, abrió fuego contra las torres de vigilancia. Una de ellas se había desintegrado cuando un misil acertó de lleno justo debajo del parapeto. Una multitud de orkos armados con akribilladores salió por el puente para repeler a los agresores. La escuadra de Aertes y la escuadra Meranis abrieron fuego contra ellos. La pistola de plasma del Capitán carbonizó a uno de ellos de pecho para arriba, cinco pielesverdes más murieron por los impactos de bolter y los pesados cuerpos moribundos empujaron a dos más fuera del puente, ensartándose grotescamente en las estacas del foso.

Los orkos que talaban árboles hacia el norte se dispusieron a acudir al lugar del ataque, pero la escuadra de exploradores Trenos, aumentada en tres hombres por los restos de la escuadra de exploradores Midian, surgió de pronto de entre la maleza disparando su escopetas y pistolas bolter a diestro y siniestro. más de diez orkos cayeron al instante, pero los exploradores estaban en una gran desventaja. Un orko se abalanzó sobre el explorador Tars y ambos cayeron al suelo rodando, Trenos abrió en canal a uno especialmente grande tras esquivar el tajo de su hacha sierra, pero, incluso con sus oscuras tripas colgando del abdomen, el orko descargó su arma sobre el hombro del sargento explorador, cortándole hasta el pecho. El orko intentaba sacar su rebanadora del cuerpo inerte de Trenos cuando el Explorador Karpla le segó ambas manos a la altura de la muñeca, haciéndole retroceder unos pasos antes de atravesarle la garganta con su machete de combate. Tars fue inmovilizado por el orko mientras otro pielverde le degollaba entre furiosos gorgoteos. Medinus disparó a bocajarro su escopeta y el orko que cargaba contra él se detuvo y cayó como si hubiera chocado contra un muro. Moviendo frenéticamente la corredera, disparó una y otra vez hasta que uno de elos se acercó demasiado y tuvo que utlizar el arma para detener un hacha dirigida a su cabeza. Tasmel bloqueó otra arma orka con su machete, la apartó a un lado en un duelo de fuerza y disparó en plena cara del orko con su pistola bolter. El orko quedó como atontado y Tasmel lo derribó de una patada antes de buscar a su siguiente víctima; el explorador ni siquiera vio la espada sierra que le rebanó la cabeza desde atrás. Otro orko lanzó a Karpla un golpe a la cara qué éste bloqueó con el machete, pero una espada sierra surgió desde su izquierda y le golpeó en el abdomen; el peto de ceramita le protegió de lo peor del ataque, pero al caer al suelo vio un charco de sangre extenderse desde su cuerpo. Los dos orkos se irguieron alzando sus armas para asestarle el golpe de gracia y sus verdes torsos estallaron en nubes carmesí cuando una ráfaga de proyectiles bolter les alcanzó de lleno. Al mirar hacia atrás Karpla vio a una de las escuadras tácticas que corría hacia ellos disparando a los pielesverdes, entretanto se agarró a la pierna del orko más cercano, le clavó su machete en el estómago y lo retorció en su interior.

Al otro lado de la base, la compañía de la muerte, encabezada por el capellán Sagos, se lanzó a la carga contra el constante flujo de orkos que surgía por la puerta del puente mientras la tercera torre de vigilancia volaba en mil pedazos, víctima de los devastadores. En el interior, los orkos se agolpaban en la puerta para salir cuando seis de ellos cayeron bajo las armas de los marines de asalto, que habían sobrevolado la empalizada. El arrollador empuje de la Compañía de la Muerte arrojó a los orkos fuera del puente, aunque un pielverde consiguió arrastrar a uno de los rabiosos negros hacia el foso con él, y otro insertó su cuchillo justo en la juntura entre el casco y el peto de otro marine.

Los marines de asalto se vieron sorprendidos por más orkos que surgían de los cuarteles y talleres del recinto, los cuales comenzaron a subirse a las empalizadas para dominar mejor el patio. Tres orkos ya se habían subido a la última torre y empezaron a barrer el patio con sus akribilladores pezados. Uno de los marines de asalto cayó con el cuerpo agujereado y el resto activó sus retroreactores para llegar hasta ellos e inutilizar esa torre. La compañía de la muerte irrumpió en la base y se lanzó como una masa de enloquecidos hacia un pelotón de piztoleroz que acababan de salir de un barracón a la izquierda de la entrada. Después aparecieron Aertes y su escuadra, que cargaron directamente hacia más orkos al otro lado del patio disparando sin cesar. En su camino encontraron un grupo de pielesverdes de menor tamaño, pero que no eran gretchins. Aertes partió por la mitad a uno de ellos y embistió a otro, que desapareció por un agujero del suelo mientras su guardia de honor aplicaba el mismo tratamiento a los demás. Segaron a aquel grupo como una guadaña que corta el trigo sin detenerse por nada.

Un marine de asalto fue alcanzado en pleno vuelo y pasó fuera de control por encima de la torre, rompiéndose el cuello contra un árbol. Los restantes cayeron sobre los tres akribilladorez y los gretchins, aniquilando hasta el último pielverde.

La carga de Aertes fue bruscamente interrumpida por un gruñido bestial a la izquierda. Rorkrat salió de los establos montado en su jabalí de guerra y blandiendo una gran rebanadora en forma de hacha de doble hoja. La bestia pasó al galope junto a dos marines y lanzó al sacerdote sangriento a dos metros con un golpe de su enorme cabeza mientras los dos guardias de honor se desplomaban con enormes heridas en el pecho que atravesaban sus servoarmaduras y sus costillas. Aertes y sus hombres se dispusieron para el combate, pero el enorme jabalí volvió a la carga y se llevó por delante a otro marine. El pelotón de akribilladorez al que Aertes iba a asaltar en un principio abrió fuego contra ellos y otro guardia de honor cayó víctima de los proyectiles. El Capitán se había quedado sólo con un hombre en mitad del campamento. Sintiendo la Rabia Negra fluyendo por sus venas, Aertes disparó su pistola de plasma, pero la esfera brillante como el magma impactó en la enorme cabeza de la bestia convirtiéndola en cenizas. El cuerpo del Jabalí siguió cargando sin control aún cuando Aertes se lanzó sobre quien lo montaba y humano y orko cayeron rodando, debatiéndose en un combate a muerte. La gran bestia fue incinerada por el Lanzallamas del último guardia de honor, justo antes de que ésta le atropellase y le dejara tumbado sin sentido antes de derrapar finalmente sobre su vientre al darse cuenta su cuerpo de que su cabeza había desaparecido.

Mientras, los marines de asalto aterrizaron sobre los akribilladorez y comenzaron un nuevo combate. Más orkos montados en jabalíes de guerra salieron al galope de los establos pero fueron interceptados por la compañía de la muerte, que no dejaba de gritar incoherencias más propias de los orkos que de unos marines espaciales.

En el exterior, los exploradores habían perdido a siete hombres, quedando sólo el explorador Karpla. Karpla se debatía entre la vida y la muerte mientras un marine intentaba mantenerle con vida, pero había cumplido su misión, habían impedido que los orkos que talaban árboles participaran en el combate e impidieran el asalto a la base. Sintió profundamente la pérdida de sus compañeros, pero no hubo otra elección que lanzarse a ese combate suicida si querían tener éxito en el asalto.

Mientras tanto, la escuadra Crasso había entrado en la base y sus Bolters comenzaron a hacer estallar cabezas de orko por doquier. El capellán Sagos blandía su crozius arcanum con ambas manos y golpeaba a los jinetes de jabalí, que caían como moscas ante el enloquecido ataque de la compañía de la muerte. Un pielverde puso su montura a la espalda del capellán y lanzó un golpe mortal sobre su casco; una esfera de energía azulada envolvió de pronto al humano y detuvo la espada del orko en el aire; Sagos se volvió y ejecutó un hábil molinete que cortó el brazo orko a la altura del codo y acabó su movimiento partiéndole la cabeza. La escuadra de asalto fue derrotada perdiendo a dos marines en el proceso y el resto saltó fuera de la base con sus retroreactores, entonces la escuadra Crasso avanzó hacia aquellos pielesverdes y comenzó un intercambio de disparos en el que ambos bandos comenzaron a sufrir bajas, pero los orkos caían mucho más rápidamente merced a la superior habilidad de los marines en el manejo de las armas de fuego y a sus servoarmaduras. Las escuadras Meranis y Fulventos también entraron en la base, incapaces de mantener posiciones de tiro ante su creciente necesidad de derramar sangre enemiga con sus propias manos, y se enzarzaron en una serie de combates cuerpo a cuerpo con los orkos que corrían de aquí para allá por todo el patio.

Y en el centro de todo, Aertes y Rorkrat continuaban su combate cuerpo a cuerpo. Los incesantes y salvajes gritos de ambos líderes parecían sobreponerse a los disparos y explosiones que devastaban toda la base orka.

Aertes esquivó otro tajo vertical de la gran rebanadora e intentó cortar al pielverde por la cintura pero éste bloqueó el golpe con su arma, que despedía chispas azules al contacto con la espada de energía. Acto seguido Rorkrat golpeó al humano con el mango de su arma y éste fue derribado con facilidad, Aertes rodó sobre sí mismo para evitar que el orko le partiera en dos y la gran rebanadora volvió a incrustarse en la tierra.

- ¡No puedez venzerme, eztúpido humano! ¡Yo zoy invenzible! -El kaudillo intentó cortarle la cabeza al humano, pero éste se agachó rápidamente- ¡No puedez ganar a Rorkrat en kombate, te voy a kortar komo a un eztúpido árbol! ¡Te klavaré a un eztúpido árbol y luego lo kortaré!

La pistola de plasma de Aertes había volado lejos durante su choque con el colosal jinete de jabalí. Lanzó un tajo vertical sobre Rorkrat que el orko bloqueó con facilidad y ambos quedaron enzarzados en un duelo por ver quién era el más fuerte. Aertes intentaba hacer bajar su Espada de Energía sobre el cráneo del pielverde pero, a pesar de su servoarmadura, los músculos del kaudillo empujaban su arma hacia él, acercando el filo de la gran rebanadora a su casco. Sus caras estaban muy cerca y el orko gruñó a Aertes, pero sólo encontró la inexpresiva faz de su casco como respuesta. Mientras tanto, orkos y marines corrían en todas direcciones por toda la base disparando y mutilando a sus oponentes, los dos marines de asalto que vivían volvieron al combate y se enzarzaron en un combate que mantenía el Capellán Sagos con tres pielesverdes. Uno de los pocos supervivientes de la Compañía de la Muerte blandió su espada sierra sobre un pielverde, pero sólo alcanzó su pierna. La hoja se atascó al clavarse en el espeso hueso, pero el marine se negó a soltarla. El orko le lanzó un golpe al costado que el marine detuvo de una patada antes de descargar su pistola bolter en el pecho de su enemigo. Consiguió arrancar su arma de la pierna en una desgarradora explosión de esquirlas de hueso y trozos de carne y atravesó el maltrecho torso del orko con un tajo ascendente que lo lanzó hacia atrás. El cadáver golpeó a Rorkrat en la espalda; Aertes, aprovechando ese impulso, lo lanzó por encima de él y lo tiró de espaldas al suelo. Desde esta posición desaventajada, el Kaudillo apresó el cuello del Capitán e intentó arrancarle la cabeza, pero sólo consiguió quitarle el casco descubriendo la faz y las cicatrices de Aertes, quien volvió a fallar en su intento de partir el cráneo del orko. Su cara sudada no mostraba más que un profundo salvajismo animal. Su mandíbula sangraba, herida por la poco ortodoxa forma de deshacerse del casco.

Rorkrat estrujó el casco de ceramita con una sola mano como si fuera una bola de papel, y a continuación amagó un tajo vertical para terminar con una patada al pecho de su oponente, que volvió a caer. Con un grito ensordecedor, el kaudillo acabó de ejecutar el tajo, la rapidez del movimiento sólo permitió a Aertes bloquearlo con su arma entablando un nuevo duelo de fuerza. Tumbado en el suelo, Aertes estaba en desventaja mientras la Gran Rebanadora se acercaba a su rostro, ahora descubierto. Con un veloz movimiento, el humano agarró el arma orka soltando su propia arma y puso un pie en el estómago del pielverde, que fue de nuevo proyectado por encima del capitán humano. Aertes le arrancó el arma al orko y la lanzó lejos antes de recoger su espada de energía; el orko sacó un gran cuchillo de su cinturón y dio unos amenazadores pasos alrededor de su adversario, inconsciente de su desventaja. Los ojos de Aertes estaban rojos de ira y su cara estaba empapada de sudor por su frenesí de combate, sin embargo, el pielverde observó extrañado cómo una leve sonrisa se dibujaba en sus labios. De pronto Rorkrat se encontró rodeado por tres enemigos más; el Sacerdote Sangriento y dos de los Guardias de Honor a los que creía haber matado, pero que habían sido sanados por las soberbias habilidades de Várem. La cara descubierta de este último mostraba una rabia sólo comparable a la de Aertes mientras blandía una engalanada hacha. Rorkrat consiguió evitar el primer golpe de uno de los guardias de honor, que sujetó su arma firmemente. El orko pudo sentir con frustración cómo una espada se le intercalaba entre las costillas, cómo una segunda hoja le atravesaba la espalda para surgir por su vientre y cómo un hacha se le clavaba entre el hombro y el cuello hundiéndose profundamente en su cuerpo. Su sangre se le vino a la garganta y empezó a vomitarla irremediablemente. Aertes gritó uniéndose a los gritos de sus hermanos de sangre mientras su espada se hundía justo donde debería haber un corazón en el pecho del Kaudillo con su campo de energía crepitando levemente. Rorkrat sintió cómo más sangre fluía por su tráquea hacia su boca y nariz. La cabeza empezó a darle vueltas y ya no veía bien. La fuerza de sus brazos y piernas desaparecía rápidamente y era incapaz de luchar. Poco a poco, se dio cuenta de que estaba muriendo, herido de muerte por enclenques humanos. Volvió a sentir una enorme frustración.

Atravesado por cuatro sitios, el enorme e inerte cuerpo de Rorkrat cayó cuando los marines espaciales retiraron sus armas. La cara de Aertes estaba completamente cubierta de su sangre; respiraba con dificultad mientras intentaba serenar su rabia negra y dobló una rodilla, incapaz de continuar de pie con la maldición de su Primarca royéndole las tripas. Várem acudió a socorrerle. El explorador superviviente entró en la base tambaleándose y con el estómago completamente enrollado con vendas enrojecidas, pero la batalla ya había terminado. La escuadra Crasso había eliminado al pelotón de akribilladores sufriendo cuantiosas bajas, El capellán Sagos estaba cantando sus salmos para refrenarse a sí mismo y a los dos marines de la compañía de la muerte que quedaban. Los devastadores habían sufrido una sola baja, su sargento, que cayó al intentar detener una carga de los orkos contra su escuadra. Aertes miró a los cadáveres de su guardia de honor entonando para sí mismo una plegaria al Emperador por sus almas. Cuando hubo acabado observó que más allá un profundo agujero descendía hacia el subsuelo. La escuadra Crasso bajó para reconocerlo. Durante la espera se oyó un disparo y unos gritos de dolor.

- Es una mina, señor -informaron a su regreso- las paredes están cubiertas de metales y minerales. Parece que los orkos los estaban extrayendo, hay herramientas y vagonetas allá abajo, y varios faroles aún encendidos. Por cierto, un orko joven, de esos que ellos llaman niñatos, estaba escondiéndose allá abajo -añadió mientras un pielverde bastante menos musculoso que la mayoría a los que se habían enfrentado subía por las escaleras encañonado por el Marine. El hombro del joven orko estaba atravesado de un disparo y su sangre, de un rojo vivo, chorreaba por el brazo.

- Quizá descubrieron este yacimiento con sus Garrapatos Sabuesos y montaron esta base para defenderlo -supuso el Capitán antes de dirigirse al orko-. Veamos, pequeña muestra de alienígena, vas a empezar a contarme todo lo que sepas y hayas oído decir sobre esta base vuestra -le dijo al orko. Sus ojos rojos se clavaron en los del humano con una expresión desafiante llena de rabia.

Uno de los rabiosos negros estaba jadeando profundamente, pero comenzó a calmarse mientras el capellán continuaba con sus rezos. Poco después los Ángeles Sangrientos habían amontonado a todos los orkos en el claro al norte de la base y les habían prendido fuego con los lanzallamas. Una gran pirámide verde de más de veinte metros se consumía entre lenguas de fuego mientras los Ángeles Sangrientos utilizaban la base para sanar a los heridos, antes de inmolarla como a los orkos. El explorador Karpla, ahora repuesto gracias al sacerdote sangriento Várem, se dirigía de vuelta a la base para contactar con el cuartel imperial. Ahora que el sigilo era innecesario, los tanques podían empezar a hacer carreteras arrasando los árboles y los Dreadnoughts, Land Speeders, escuadrones de motocicletas y exterminadores podrían encontrarse con ellos allí para seguir explorando la zona norte hasta que llegaran las tropas de jungla de la guardia imperial. Mientras tanto graves rugidos de dolor salían de uno de los barracones mientras Aertes intentaba convencer al niñato de que le contara todo lo que sabía. Aertes aprendió técnicas de interrogación de un capellán Ángel Oscuro que él mismo rescató de un ataque eldar a una de sus bases en el sistema Harimok. A pesar de que el Ángel Oscuro no dejó de reprocharle su acción ni de decirle que nadie le había pedido auxilio durante un largo rato, más tarde le permitió presenciar el interrogatorio de un eldar capturado.

PLEGARIAS ESCUCHADAS

Algunos meses después, en el planeta Baal, hogar del capítulo de los Ángeles Sangrientos, el Hermano Capitán Tycho, comandante de la 3ª Compañía de los Ángeles Sangrientos, se encontraba postrado de rodillas ante la imponente imagen dorada de su Primarca situada al final de la Capilla de Sanguinius.

- Mi señor Sanguinius, padre los Ángeles Sangrientos, salvador del Emperador, os suplico que extendáis vuestras santas alas sobre mí. Bendecidme con una nueva misión de combate antes de que esta rabia acabe conmigo. Os pido que me otorguéis un medio de desencadenar esta ansia de combate defendiendo todo lo que vos defendisteis, a costa de mi vida si también es necesario, al igual que vos disteis la vuestra...

Como siempre que no era reclamado a un campo de batalla, Tycho estaba rezando a Sanguínius para que le fuera asignada una nueva misión. Desde la segunda batalla de Armageddon contra los orkos, su estado de ánimo empeoraba semana tras semana, y cada vez era más difícil aguantar su sed de sangre enemiga. Al levantar su rubia cabeza, se hizo visible la semimáscara dorada que llevaba en el lado derecho de su cara, cortesía de un señor de la guerra orko que por poco no le partió la cabeza en dos, pero que le dejó una imborrable cicatriz. La expresión de su cara era seria, pero humilde a la vez.

Varios Ángeles Sangrientos más, oficiales a juzgar por los ornamentos dorados de sus servoarmaduras, ocupaban otros bancos también de rodillas, rezando a su Primarca.

El sonido de una gran puerta al abrirse se oyó tras él. Un sirviente vestido con una túnica blanca y marrón con el símbolo de la gota alada entró en la Capilla con una hermosa caja de madera que apenas podía sostener. Antes de avanzar más, se detuvo y se puso de rodillas en el suelo del santuario para después inclinarse hacia la estatua dorada. Tras permanecer así unos momentos se levantó y se acercó al Capitán Tycho.

- Disculpadme por interrumpir vuestras plegarias, señor, pero ha llegado esto para vos con carácter muy urgente -el hombrecillo le mostró un disco de datos- su contenido no nos ha sido revelado. Puede que vuestras plegarias hayan obtenido respuesta.

La faz de Tycho no mostró cambio alguno. Permaneció unos minutos más absorto en sus oraciones mientras el siervo le aguardaba. Por fin, el Comandante de la 3ª Compañía del Capítulo de los Ángeles Sangrientos se incorporó. Su gran cuerpo ataviado con su armadura artesanal de color bronce dorado le hacía parecer un titán al lado del sirviente. Nunca se la quitaba, para no perder un sólo segundo cuando le llamasen a una misión. Tycho tomó el disco.

- Esto también es para vos -continuó el siervo moviendo ligeramente la gran caja- lo envía el Capitán Aertes, que ya ha regresado a nuestra base en Horamnis tras su campaña contra los orkos. El capitán ordenó que no se os interrumpiera durante vuestras plegarias para que esto os fuera entregado.

- Bien.

La voz de Tycho sonó grave e imponente incluso cuando había hablado bajo por respeto al lugar donde estaban.

El Capitán salió de la Capilla por la puerta principal acompañado por el siervo, llevaba la caja cogida por abajo con una sola mano. Ambos se arrodillaron una última vez en dirección a la imagen antes de salir. Una vez en la red de pasillos de la base, Tycho se dirigió hacia la zona de dormitorios, hacia sus aposentos, y el siervo se encaminó de vuelta a la sala de comunicaciones. Tycho avanzaba con paso firme por el pasillo ricamente decorado con cuadros y retratos de algunas de las personalidades más importantes del capítulo; cada uno bajo el símbolo de los Ángeles Sangrientos. Pasó por delante de su propio retrato, pintado antes de que su cara quedase desfigurada. Ni siquiera dirigió una mirada a su antes hermosa faz.

Al llegar a sus aposentos; una gran habitación cuyas paredes, techo y suelo mantenía en monótono color gris del plastiacero de los pasillos de la zona de dormitorios, dejó la caja sobre el escritorio de madera que utilizaba para escribir sus informes de batalla y sus memorias de vez en cuando. Después introdujo el disco en una ranura que había bajo una gran pantalla empotrada en la pared y pulsó un botón. Mientras la imagen tomaba forma tomó la butaca del escritorio para sentarse frente a la pantalla.

La imagen al fin mostró a un Ángel Sangriento ataviado con su servoarmadura roja. Los detalles y decorados en oro de la misma le proclamaban como alguien importante.

- Saludos hermano capitán Tycho, soy el comandante de ejército Epsanon, líder de nuestras fuerzas en la galaxia Branam nombrado por nuestro ilustre señor, Dante. Vos tenéis una larga experiencia de combate contra pielesverdes, no cabe duda, y por ello habéis sido recomendado y elegido para dirigir un ataque masivo al sistema Huna. Dicho sistema está casi totalmente invadido por orkos, pero aún quedan algunos focos de resistencia de la guardia imperial en dos de sus planetas. Os ruego os presentéis lo antes posible con vuestra compañía en la base espacial Macharius VI, desde donde lanzaremos una ofensiva a estos dos planetas combinando nuestras fuerzas con el 24º regimiento de rifles de Cadia la guardia imperial que nos aguarda allí y varios oficiales de otros Capítulos que están en camino con sus tropas. Hasta pronto Capitán. Que el Emperador y Sanguinius guíen nuestros pasos.

La imagen se extinguió. Tycho se dirigió rápidamente a un panel en la pared con varios botones y un comunicador que le podía poner en contacto con cualquier lugar de la base o con toda ella en caso necesario. Su estado de agitación era evidente. El capitán tecleó el código que le permitiría ser escuchado hasta en el último rincón de Baal.

- ¡Atención! ¡Atención! ¡A los hermanos marines pertenecientes a la 3ª Compañía, misión de emergencia! ¡Repito! ¡Misión de emergencia para los hermanos marines pertenecientes a la 3ª Compañía! ¡Esto no es un simulacro! ¡Que la 3ª Compañía al completo se presente de la zona de despegue con el equipo dentro de veinte minutos, incluidos vehículos y tropas de apoyo!

Antes de salir, Tycho miró a la caja y la abrió apresuradamente. Dentro había algo tapado con un paño blanco con una nota encima que decía:

SÉ QUE VUESTRO ANIVERSARIO PASÓ HACE MESES HERMANO TYCHO, PERO AQUÍ OS ENVÍO MI PRESENTE PARA VUESTRA COLECCIÓN

CAPITÁN AERTES

Al quitar el lienzo apareció la enorme cabeza disecada de un orko. Tycho la cogió por la nuca y la sacó de la caja. Al sacarla vio que estaba fijada a una peana de madera con una pequeña placa dorada en la que había grabado: “SEÑOR DE LA GUERRA SLAMKUK”

Una leve sonrisa apareció en los labios del Hermano Capitán Tycho. Aertes era un buen amigo además de un camarada inestimable en la batalla.

Sin perder un segundo Tycho pulsó un interruptor y una de las paredes de seis metros de largo y cuatro de alto se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto enormes repisas de color rojo sangre que soportaban el peso de docenas de cabezas de algunos de los señores de la guerra orkos más temidos. El color rojo de aquella zona contrastaba fuertemente con el gris de las paredes. El capitán colocó rápidamente su nueva pieza en un lugar vacío, volvió a cerrar la pared y salió rápidamente de sus aposentos en dirección a la armería.

La armería tenía siete plantas conectadas con enormes escaleras. Sus paredes estaban cubiertas de taquillas y vitrinas que contenían las bendecidas armas de los Ángeles Sangrientos. Algunos Ángeles Sangrientos de su compañía estaban haciendo las comprobaciones finales de sus armas pesadas mientras algunos Exterminadores salían por otra puerta con pesados pasos de sus armaduras. Tycho pasó entre los devastadores en dirección a su taquilla.

- Saludos, Capitán Tycho -dijo uno con un gesto marcial antes de amartillar su bolter pesado- ¿Podéis decirnos cual es la misión, señor?

Tycho no respondió. Abrió su taquilla, se quitó los guanteletes ornamentales que llevaba y se puso sus guantes de láseres digitales. A continuación sacó su combiarma bolter-rifle de fusión y empezó a comprobarla descargada y cargada.

Una vez con todo su equipo preparado, volvió la cabeza en dirección al marine Devastador.

- ¿Qué importa eso mientras haya enemigos que aplastar? –fue su cortante respuesta.

Al instante siguiente salió por la puerta por la que se habían ido los Exterminadores. Los Devastadores se apresuraron en preparar sus equipos y salieron tras él a paso ligero. Uno de ellos dijo con aflicción:

- Ya ni siquiera le importa el objetivo de las misiones. Temo que la Rabia Negra le esté consumiendo.

Uno de ellos asintió y le respondió:

- Nos consumirá a todos. Pero hasta que ocurra, he incluso cuando ocurra, tenemos un deber que cumplir. Y el Hermano Capitán Tycho nunca lo olvidará.

 

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