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Relatos, historias de warhammer 40,000



EL NOVEL GRIS

INICIACIÓN DE LOS CABALLEROS GRISES DE LA ORDO MALLEUS

Relato de los caballeros grises de la inquisicion en warhammer 40,000A pesar de saber que su padre ya se encontraba en serio peligro, la lanza seguía apoyada en su hombro a la espera del desarrollo de los actos. Las hogueras parecían encenderse a la par que las discusiones tornaban en serios enfrentamientos. Desde luego no era fácil de defender a un hijo que presuntamente había acabado con la vida del chamán de la tribu en circunstancias inexplicables. “No fue mi intención”, repetía hasta la saciedad su hijo. El halo de hostilidad que el joven Magnac desprendía a su alrededor era ya demasiado para los primitivos pobladores de aquella selva a más de 2.300 kilómetros de la ciudad colmena más cercana.

Al fin, las disputas tornaron a lo físico y el padre de Magnac y sus pocos simpatizantes alzaron sus lanzas bajo gritos de rabia. La educación guerrera del hijo no tardó en notarse y se lanzó al combate con toda la furia posible, aunque muy pocos de los que peleaban se atrevían a usar armas contra sus compañeros de tribu, así que los puñetazos fueron frecuentes. Entre la confusión del combate Magnac pudo distinguir a dos individuos, no muy bien tratados por su familia, que escondidos entre la lucha se acercaban a él con lanzas en mano. Magnac no pudo defenderse contra esto y cuando el combate parecía en su punto culminante, apunto de ser atravesado en carne viva, su mente pareció pararse para empujar y negar todo lo que estaba a su alrededor: Una tremenda onda se expandió alrededor de Magnac dispersando a todos los allí presente unos metros atrás. En ese momento la aldea entera tornó a mirar al joven, que deseaba que lo que acababa de hacer no hubiera pasado, no era su intención, su única opción fue escapar.

Como si fueran los árboles los que pasaban a través de él, Magnac corrió con toda su agilidad hacia lo más profundo de la enmarañada selva, sintiendo como toda una furiosa aldea le pisaba los talones con armas y fuego. Poco tiempo tuvo para frenar cuando se dio de bruces con un gigantesco megalito. El joven se vio ya sin salida, aturdido por el choque y el incidente de la onda expansiva, cansado por la pelea y la huida, decidió que cualquier intento de seguir era inútil.

En su fatiga, Magnac se apoyó en el megalito, extrañándose ante la frialdad de éste. Mayor aún fue su susto cuando pareció que se movía, pero sólo era una tela que parecía colgada de la gigantesca roca; cada vez más intrigante, incluso ornamentadas inscripciones aparecían en talladas en piedra. El joven se volvió a ver cómo se acercaba su destino, como las antorchas ya estaban muy cerca de él. Cerró lo ojos con una deprimente resignación.

En medio de los gritos que ya se acercaban, Magnac sintió un tremendo dolor en su hombro izquierdo, pensaba que ya una lanza lo podía haber alcanzado, pero ni si quiera pudo moverse para cerciorarse; su hombro estaba totalmente aprisionado por algo inamovible. La confusión del joven fue mayor cuando, al tocar lo que le sujetaba, sintió el frío tacto del metal; y no dio crédito cuando, al oír un pitido creciente, alzó la cabeza y vio como se encendían dos luces en lo más alto de los más de dos metros y medio del megalito.

Magnac no podía pensar, mientras se muerte venía hacia él, alguna figura colosal giraba lo que parecía ser su cabeza mirándole con dos fríos ojos rojos. El joven incluso intentó indicarle con la cabeza lo que se aproximaba, ya que ni siquiera disponía de su voz en ese momento. La gran figura echó atrás con una mano la capucha verde oscuro que cubría su cabeza. Todo el esplendor de la luna entre los árboles se reflejó e la figura de metal que se alzaba ante la multitud que se aproximaba. Ante cualquier pronóstico, el gesto del titánico ser que allí se encontraba fue bajar la cabeza; y una profunda voz que parecía creada con graves tambores comenzó a musitar palabras desconocidas para Magnac, pero que produjeron en su mente un sentimiento de lejanía de aquél mundo. Asombrosamente, toda la furiosa muchedumbre pasó a los lados de Magnac y el desconocido sin ni siquiera percatarse de semejante presencia. Las personas que se encontraban a su lado parecían a muchos metros de distancia. En los alrededores también comenzaron a sentirse profundas voces en meditación; hasta que la multitud de la aldea se encontró confundida y mirando asustadiza a todos los lugares de los que provenían los rumores. Fue entonces cuando el extraño ser se movió, tomó a Magnac con un solo brazo y desenfundó una gigantesca lanza con la otra, una alabarda que parecía estar mezclada con algún tipo de artefacto, y adornada con bello metal dorado, como la plata de todo su cuerpo.

El gigantesco guerrero de la alabarda comenzó a dar largos y pesados pasos, lanzando a muchos de los aldeanos a varios metros con un ligero golpe de sus blindadas rodillas. Magnac, sujeto por el extraño, pudo ver cómo varios de sus perseguidores eran abatidos entre una matanza de sangre y voluminosas sombras. En poco tiempo los largos pasos del gran guerrero metalizado dejaron atrás a los pocos perseguidores que quedaban. Al fin, en un descampado, la selva entera se iluminó cuando un plateado pájaro de las estrellas se encendió en la noche. Una pequeña rampa les permitió subir dentro de aquel aparato, y poco después Magnac se percató de que otras cuatro figuras plateadas habían subido con ellos. Los cinco parecían comunicarse entre desconocidas palabras, mientras el joven sentía que quería ser enterrado y desaparecer de aquél mundo, ¿por qué le tenía que pasar a él? ¿Por qué no poder ser como los demás? ¿Por qué unos extraños le habían capturado ahora al borde de su muerte?

Magnac sintió que las preguntas que se hacía en su cabeza fueron escuchadas por el encapuchado que lo rescató. Éste, girando la cabeza entre chirriante metal pronunció una de las últimas frases que el joven iba a oír en su lengua natal en el resto de su vida:

- Lo que se encuentra fuera de esta nave no existe, acostúmbrate a lugares como estos; pues a partir de ahora será lo único que te separe del terror. -

Nadie en la aldea volvió a ve al joven Magnac, a pesar de que muchos estaban deseosos de su cabeza

 

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